Opinión | Reflexión
Ana María Díaz Santana
Lo cercano y lo lejano: la proximidad sin presencia

Archivo - Archivo.- El Papa León XIV / Stefano Spaziani - Europa Press - Archivo
Algunas de las preguntas que me han formulado sobre la próxima visita del papa León XIV a Canarias me han alertado sobre una curiosidad impropia referente a su intimidad –su talla de ropa, su número de calzado o su menú preferido– que resulta del todo reveladora. Este afán por lo anecdótico pone de manifiesto, una vez más, la peligrosa distorsión entre «lo cercano» y «lo lejano» que respiramos en nuestro mundo globalizado.
Al encender la televisión por inercia, personajes que geográficamente habitan en las antípodas entran en el salón de casa y se integran en nuestro entorno íntimo. Esa familiaridad mediática nos engaña: creemos conocer al papa o al presidente de cualquier país porque se introducen en el hogar y parecen seguir los pasos de nuestra propia rutina. Sin embargo, en ese proceso perdemos de vista la distancia real y la trascendencia institucional que representan. Confundimos la compañía televisiva con la cercanía real, transformando a la figura universal en un acompañante habitual cuya cara vemos a diario, pero cuya presencia es, en realidad, inexistente.
Esta «cercanía de lo lejano» nubla el concepto de institucionalidad. Antiguamente, la distancia física garantizaba el respeto; hoy, al arrastrar a un papa, a un rey o a un presidente a la pantalla del móvil, «descafeinamos» su relevancia e incluso la empequeñecemos. El mundo digital fomenta así una relación parasocial donde el espectador siente una conexión íntima con alguien que ignora su existencia. Este fenómeno conlleva el riesgo de sustituir la comunidad real por la compañía virtual, dejando sobre la mesa uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: la soledad. La distancia física ya no garantiza la desconexión, ni la proximidad física asegura el vínculo.
El teórico de la Comunicación Marshall McLuhan predijo que el mundo sería una «aldea global», pero no necesariamente una comunidad en armonía. Sentimos una conexión emocional intensa con tragedias lejanas que se vuelven virales pero que no exigen compromiso, mientras ignoramos los problemas estructurales de nuestro entorno. Estamos «cercanos» a quienes están físicamente lejos mientras permanecemos ausentes para quienes son nuestros vecinos.
Esta distorsión se traslada de forma crítica a nuestros hábitos de consumo y a la cadena de suministro. Nuestra percepción del origen de las cosas está hoy totalmente fracturada: vivimos en una cercanía económica de lejanía ética. Compramos en una aplicación un producto que llega en 24 horas –generando una sensación de disponibilidad absoluta–, pero desviamos la mirada ante el hecho de que el origen de sus materiales y la mano de obra están a miles de kilómetros en condiciones que desconocemos. Es el costo invisible: lo que percibimos como cercano por su inmediatez posee una huella ecológica y humana que recorre todo el globo. En la globalización, lo lejano y lo cercano se solapan, alterando profundamente cómo empatizamos, cómo consumimos y cómo entendemos nuestra propia identidad.
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