Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Un carrusel vacío

Marina casado

Cine y ego

Cine y ego

Cine y ego / La Provincia

A finales de abril murió, con ochenta y dos años, el genial Adolfo Aristarain, el cineasta argentino que ha dirigido películas como Un lugar en el mundo (1992), Martín Hache (1997), Lugares comunes (2002) o Roma (2004). Federico Luppi, Cecilia Roth o Juan Diego Botto fueron algunos de sus actores más recurrentes. Su estrecha relación con España lo llevó a dirigir varias coproducciones, a obtener dos Goya –uno por Un lugar en el mundo y el otro por Lugares comunes– y a recibir la nacionalidad española en 2003.

Su obra contiene mucha crítica social; frecuentemente refleja las consecuencias de la dictadura militar argentina: ese poso de tristeza que marca a determinados personajes y sobre el que tanto se reflexiona, por ejemplo, en Martín Hache, que trata también el tema del exilio. El propio Aristarain nunca tuvo pelos en la lengua, como demostró en su última aparición en público, cuando criticó el actual gobierno argentino. Pero no solo mira al exterior: también enfoca las emociones íntimas: el paso del tiempo, la vejez, la desilusión o la aceptación de la muerte, e imprime en estas expresiones una naturalidad que solo pueden conseguir los grandes maestros.

Sin embargo, al contrario que otros de esos «grandes maestros», no se esfuerza por dejar su sello visible: este brota de manera espontánea. Una de las mayores virtudes del cine de Aristarain es su falta de pretenciosidad. Hace poco he tenido ocasión de ver en el cine la última de Sorrentino: La gracia, que no me ha parecido mal, dentro de lo que es el cine de Sorrentino.

Sorrentino no puede evitar ser Sorrentino: le encanta serlo, proclamarlo a los cuatro vientos, declarar: «Esta película es lenta, pero te compensa verla, porque es muy profunda e intelectual, dirigida a un público igualmente intelectual y elevado; así que debes pagar ese peaje». Pasa también –de otra forma– con Woody Allen, Pedro Almodóvar o Quentin Tarantino, por citar distintos ejemplos. Para bien y para mal, se trata de directores a los que les importa que sus obras sean muy reconocibles, porque el hecho de que aparezca su nombre ya implica un prestigio. Ojo, que tanto Sorrentino como Woody Allen tienen películas muy buenas. Y es casi imposible encontrar una carrera artística impecable, en la que todo sean obras maestras –incluso Stanley Kubrick fracasó en su primer largometraje–. También influyen mucho los gustos particulares del espectador; por ejemplo, yo no conecto con Almodóvar ni con Tarantino, y mucho menos con algún otro caso claramente sobrevalorado, como Christopher Nolan.

El extremo negativo de este «ego cinematográfico» llevaría a catástrofes del estilo de Ocho, la última película de Julio Medem, que es una especie de autoparodia, como si Los amantes del Círculo Polar –su mejor obra, en mi opinión– fuera pasada por un filtro de absurdez. La sutileza del azar que va tejiendo una red poética en Los amantes del Círculo Polar se convierte en algo burdo y ridículo en Ocho. Me pareció una película tan absurda que, en el género de la comedia, habría tenido su punto. Recuerdo que, cuando salía de la sala de cine, un chico que estaba partido de risa –lo cual, en principio, no encajaría con el dramático final– le comentaba a su compañero: «Esta tengo que venir a verla con Pepe la semana que viene».

Los directores con «ego» generan amores y odios. A mí me encantan Kubrick, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock… Pero detesto la obra de Nolan, Tarantino, Almodóvar o Isabel Coixet. Y valoro enormemente la naturalidad y ausencia de pretensiones en la filmografía de Billy Wilder, John Huston, Elia Kazan, Clint Eastwood… En España, la percibo en Mario Camus, Juan Antonio Bardem, Fernando Fernán-Gómez, José Luis Cuerda, Montxo Armendáriz, Itziar Bollaín… Supongo que a cada uno nos emocionan cosas distintas, y no significa que consideremos “malo” lo demás. Ocurre también con la música y con la literatura: podemos sentirnos más inclinados hacia un género o hacia otro: me gusta más el flamenco que el jazz, y más Luis Cernuda que Miguel Hernández, pero eso no impide que pueda disfrutar de un disco de Ella Fitgerald o del Cancionero y romancero de ausencias.

A pesar de que la personalidad de un cineasta, si es muy fuerte, pueda predisponernos negativamente, deberíamos intentar superar los prejuicios. A veces, nos encontramos con sorpresas inesperadas, como Érase una vez en Hollywood, la única película de Tarantino que me ha gustado. Del mismo modo, los numerosos reparos contra el cine de habla hispana, en general, no tendrían que impedir a nadie acercarse al cine de Aristarain, que es uno de los grandes aciertos de las últimas décadas.

Tracking Pixel Contents