Opinión | Observatorio
Joan Cañete Bayle
Dieta socialdemócrata de acelgas

El primer ministro británico, Keir Starmer / Europa Press/Contacto/Tayfun Salci
Después (o a pesar) del festival de despropósitos del Partido Conservador británico desde David Cameron hasta Rishi Sunak, pasando por Liz Truss y su lechuga, al Partido Laborista le costó varias elecciones generales y varias crisis ligadas directa o indirectamente al Brexit, llegar al poder desde que el leave ganó el referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE en 2016. Lo hizo de forma aplastante, con 411 escaños sobre 650. Fue una victoria muy amplia sustentada en el rechazo al Partido Conservador y en la dispersión del voto conservador entre los tories y las huestes de Nigel Farage, pero no en el entusiasmo.
Al contrario: la principal baza electoral de Starmer fue el aburrimiento. El hoy primer ministro borró todo rastro de Jeremy Corbyn en el partido, evitó las grandes promesas y la épica ideológica, y se comprometió a trabajar y a gestionar desde la moderación. Hoy afronta una crisis desde sus propias filas (¡ay, la lechuga!), básicamente porque los problemas del país siguen siendo los mismos (en resumen: el fenomenal tiro al pie del Brexit) y el aburrimiento acaba… aburriendo. El Reino Unido sigue teniendo un Estado del bienestar en crisis, un gran problema de acceso a la vivienda, una agria discusión sobre la inmigración azuzada por la extrema derecha y un primer ministro con una comodidad parlamentaria indiscutible sin ninguna capacidad de ilusionar no ya a su país, ni a sus votantes, sino a su propio partido.
En tiempos de incertidumbre, asediada por el caos de la extrema derecha en su asalto al espacio conservador y al poder en general, la socialdemocracia se ha abrazado a la gestión y la previsibilidad como sus principales bazas electorales. Es cierto que no le quedan muchas otras: el voto de clase lo ha perdido a manos de la extrema derecha, y a su izquierda menudean partidos y movimientos de vocación identitaria y maximalista que han enterrado las antiguas banderas por nuevas enseñas de todo tipo, desde el queer al papeles para todos. Pero, aun así: igual no hace falta ser insípido como una acelga hervida, como es el caso de Starmer.
La gestión, la tranquilidad y la fiabilidad como únicas bazas para alcanzar o mantener el Gobierno no llegan muy lejos en tiempos de conversación pública muy emocional. Al Partido Socialista español los buenos datos macroeconómicos y aventar el espantajo de la extrema derecha no le dan más que para cosechar derrota tras derrota en Extremadura, Castilla y León y Aragón, con María Jesús Montero en capilla en Andalucía. Es ciertamente poco ilusionante basar una campaña electoral en frenar la mayoría (vista como inevitable) de una derecha a la que se acusa de querer suprimir la sanidad pública. Como en el fútbol, destruir a la contra nunca será tan emocionante como jugar con la línea defensiva en campo rival.
En el resto de Europa, a la socialdemocracia tampoco le va muy bien. La pinza de extremos la ha borrado del mapa en Francia y casi en Italia. Sobrevive en los países nórdicos, con casos como el danés, donde en temas como inmigración e inseguridad abraza los postulados de la derecha y en los económicos y sociales mantiene posiciones más tradicionales de su espectro político. Solo de esta forma parece que la socialdemocracia puede aspirar a renovar la magia perdida: cuando bajo un mismo techo podía albergar a los trabajadores y a los estudiantes universitarios, cuando apelaba al mismo tiempo al eje de clase y al identitario en términos ideológicos.
Eran tiempos en los que, al hablar del futuro, el discurso del centroizquierda no se conjugaba en términos de miedo. Perdido en gran medida el voto de la izquierda tradicional, a los Starmer y compañía cabe preguntarles qué ofrecen para mañana, además de frenar a la extrema derecha en su empeño de destruir nuestros derechos y libertades. Porque la mezcla de gestión hoy y miedo mañana no parece la fórmula más excitante e ilusionante con la que dirigirse a un electorado al que parece que la gestión no le importa tanto (véase Donald Trump) y que no piensa que la extrema derecha sea para tanto (a la luz de sus resultados electorales). En el trecho que va del Hope de Barack Obama al aburrimiento de Starmer se resume la crisis global de la socialdemocracia.
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