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Opinión | Isla Martinica

Fernando Clavijo o el moderno Acab

El presidente Fernando Clavijo durante su intervención en el Parlamento de Canarias.

El presidente Fernando Clavijo durante su intervención en el Parlamento de Canarias. / María Pisaca

No se conoce que Fernando Clavijo, presidente de Canarias, sea renco, paticorto o, directamente, cojo. Tampoco se adivina en su impecable figura la presencia de una pata de palo oculta a los ojos de los curiosos. Quiero decir que no es el moderno émulo del capitán Acab, el del Moby Dick, de Herman Melville, pero, por lo que se ha difundido en los últimos días, la sensación de un déjà vu es más que notable. Algo de cierto hay en la conexión entre la tragedia del Pequod, el ballenero de la novela, y la del MV Hondius. Ambos navíos surcaban el mar en busca de aventuras, tanto las que alimenta la naturaleza como las propias del alma.

El intruso letal en el crucero polar sitúa a la misma altura lo vivido en el Pequod con lo detectado en el barco de bandera holandesa. La muerte rondaba a los dos buques como el buitre a la carroña. Cuando Clavijo sentencia que el Hondius era un «barco que nadie quería» tiene la razón de su lado por más que algunos, en su alegre alegato buenista, intenten afearle el discurso con tintes insolidarios. Es verdad que el crucero era un navío condenado, apestado, como El holandés errante de la tradición histórica y marinera, desde el mismo instante en que se supo que llevaba la muerte en sus bodegas.

Así que el presidente de Canarias salió a enfrentarse con su particular Moby Dick, ese desprecio finisecular hacia las tierras de ultramar, las colonias que aún quedaban en la época de León y Castillo, como si fueran un lastre para el Estado, y que todavía perdura entre determinados políticos del continente. En las Islas, y no es por sostener el argumento de Clavijo, estamos hasta la coronilla de que vengan, sin conocer nuestra idiosincrasia ni nada del mar, que es nuestra casa, a decirnos cómo tratar las cosas relacionadas con ella. Sin apenas saber lo que es un «duque de alba» o distinguir un «amarre a puerto» de un fondeo en la dársena, cómo pretendían dar lecciones a los canarios de lo que es un proceso infectocontagioso a bordo de un navío.

La historia de los puertos insulares está plagada de episodios de denodada lucha contra la declaración de puerto sucio, que condenaba a los isleños a un doble aislamiento, tanto el sanitario como el comercial. Y lo digo porque lo he estudiado en primera persona, y, por ello, estoy en perfectas condiciones de acreditar que la medicina canaria estuvo muy por delante de la peninsular, casi al mismo nivel que la europea, en la contención de las enfermedades contagiosas sobrevenidas por el arribo de una embarcación con pasaje sintomático.

Con total seguridad, esta realidad histórica tuvo que pesar sobre nuestro máximo representante político a la hora de evaluar la situación y, especialmente, en el posterior diálogo con las autoridades estatales. Tal es así que no daba su brazo a torcer, ni se dejaba convencer hasta que la información fiable y documentada estuviera sobre la mesa, cosa que nunca sucedió, y a sus palabras me remito, ya que la suerte de Canarias y sus habitantes guiaba sus pasos. Y uno, y creo que no haya necesidad de justificarlo, se lo reconoce y premia. El que otros, llegados de tierra extraña, no lo entiendan, es su problema. Confundir la salvaguarda de los canarios con el alarmismo sanitario es un dislate que ha cundido entre algunos de los medios del continente y también en cierto sector de la política, incluida la insular, a la que sólo le importa el rédito electoral.

Dicho lo cual, hay otros aspectos a tener en cuenta en los que Clavijo ha comprometido seriamente la imagen de las Islas y el destino de sus habitantes. Los canarios solemos emplear las palabras justas, preferimos el silencio al exceso de verbosidad, por esa prudencia heredada en el estrecho contacto con los foráneos y el manejo con la política colonial de antaño, y, en el «episodio del hantavirus», el presidente de Canarias se ha dejado llevar por el ambiente de confrontación más propio del continente.

En algún momento, entre el viernes 8 y el sábado 9 de mayo, el lagunero perdió la brújula. Fruto de esta pérdida de rumbo, el Estado intervino la autonomía, como si fuera la ejecución sotto voce del artículo 155 de la Constitución Española, hasta ridiculizar a todo un pueblo. Clavijo debería haber sido más cauto y, sobre todo, no haber olvidado un principio que muchos políticos ignoran, el de reconocer que los canarios importan infinitamente más que sus representantes. Por otra parte, cuando el operativo internacional de repatriación de los pasajeros del Hondius ya estaba en marcha, lo mejor hubiera sido callar. De nuevo, el silencio se echó en falta. Sin embargo, la mayoría de la población canaria, atendiendo a su naturaleza oceánica, optó por la calma, esa serenidad que forma parte consustancial de nuestra identidad.

La conclusión es la que avanza Melville en su obra, el futuro rumbo de Clavijo está ya indisolublemente ligado al del crucero holandés que, si Dios no lo remedia, será su tumba política… o quizás no. En palabras del autor de Moby Dick: «Acab será siempre Acab».

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