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Opinión | Observatorio

Mierdificación de la IA acrítica

La IA impulsa la inteligencia humana.

La IA impulsa la inteligencia humana. / Placidplace en Pixabay.

La inteligencia artificial forma parte del presente de nuestras vidas y ya incide en la manera en que decidimos, trabajamos y educamos. El verdadero reto no está en el acceso a la tecnología, sino en la capacidad de cada organización y de cada persona para usarla con criterio, adaptarse y tomar decisiones en contextos que cambian rápido, sin olvidar que en el centro del cambio están las personas.

Desde que Cory Doctorow acuñó el término enshittification (mierdificación) para describir la decadencia de las plataformas digitales -no su desaparición-, hemos visto cómo la IA se expande como un torrente de debates sobre nuestra propia capacidad mental, generando una IA acrítica. Hoy se presenta como un gran oráculo del conocimiento, pero corre el riesgo de convertirse en el mayor motor de mierdificación de la historia de la educación.

En este escenario, donde la inmediatez parece haber desterrado el pensamiento crítico, debemos reaccionar de forma coherente. Los tiempos cambian, pero el ser humano evoluciona con ellos, y no podemos permitir que los contenidos moldeados por algoritmos diluyan la creatividad y la comunidad humana. Los neurocientíficos hablan de “deuda cognitiva”; personalmente lo entiendo como un “sedentarismo cognitivo”. No podemos pedir a la IA un resumen de un texto que no hemos leído, ahorrando energía mental -lo veo en mis clases-. No podemos ser espectadores de nuestro propio pensamiento.

Uno de los efectos más preocupantes de la mierdificación de la IA es la atrofia del pensamiento crítico. Si hemos diseñado gimnasios para el cuerpo, también necesitamos gimnasios para el cerebro: espacios para pensar y debatir, para superar la atrofia algorítmica que olvida lo humano.

La solución no es prohibir la IA, sino cambiar nuestra relación con la tecnología y educar. Aprender a convivir con máquinas que aprenden de lo humano.

La metáfora de los “gimnasios para el cerebro” recuerda que, así como ejercitamos el cuerpo para evitar su deterioro, necesitamos espacios educativos y culturales que fortalezcan la atención, el pensamiento crítico, la memoria, el diálogo y la reflexión.

Por ello, el problema no es la inteligencia artificial en sí misma, sino la forma en que nos relacionamos con ella. El gran desafío pedagógico del siglo XXI consiste en aprender a convivir con máquinas que imitan procesos cognitivos humanos sin renunciar a lo que nos hace propiamente humanos: la ética, la experiencia, la creatividad, la empatía y la capacidad de construir sentido.

La IA no es inteligencia humana; es una herramienta creada por humanos para facilitar determinados trabajos. Su mierdificación no es un error de código: es una decisión humana. Es el resultado de usar una tecnología para fines mediocres, perezosos o puramente económicos.

En educación, la mierdificación se manifiesta como pérdida cognitiva. El aprendizaje requiere esfuerzo, duda y síntesis. Cuando un estudiante usa la IA para hacer un trabajo, copiarse o justificar una evaluación tradicional, el conocimiento muere en el proceso. No es solo un problema de trampas o chuletas académicas -con pinganillo o con IA-. Es un problema de valor humano. La educación se mierdifica cuando la tecnología sustituye el pensamiento crítico en lugar de potenciarlo.

No podemos culpar a la IA de los toletes tecnológicos. Daniel Kahneman nos dejó una frase que nos obliga al cambio de opinión ante los retos sociales y culturales: “la lección más importante de la vida es que debemos estar lo suficientemente abiertos para cambiar de opinión”. Debemos estar listos para cambiar nuestra forma de comunicarnos, desafiar creencias y poder evolucionar y crecer. Kahneman hablaba de un cerebro de dos velocidades: uno rápido, intuitivo y automático, y otro más lento, racional y reflexivo. Hoy podríamos añadir un tercer modo: un cerebro con IA que nos reta a pensar o simplemente a emocionarnos con ella.

De lo contrario, estamos condenados al fracaso ante esta sociedad posmoderna que surfea la ola del transhumanismo. Del Homo sapiens al Robot sapiens.

Estamos viendo una explosión de IA que llega a asumir el rol de psicólogos, entrenadores o médicos. Un chatbot puede simular empatía, pero no tiene conciencia. Puede recitar manuales de psicología, pero no puede sostener la mirada de alguien que necesita al otro.

Lo mismo ocurre en salud y cuidados. En una sociedad longeva, la soledad es la nueva epidemia. La tentación política es usar robótica e IA como parche para la dependencia, olvidando que la tecnología se compra, pero las relaciones humanas se crean y se sienten. Sólo la tecnología en positivo puede mejorar la calidad de vida, pero no reemplazar la presencia humana. El médico opera con robots, pero decide según sus pacientes; hay un historial clínico, pero humanizado.

Si una residencia instala robots de compañía para reducir personal humano, no está innovando: está automatizando la soledad.

Esto exige que los políticos no compren tecnología como si fuera un “amazon político”, sino que la evalúen por su impacto en el bienestar real. Y exige educadores que enseñen a pensar mediante un diálogo socrático que recupere la mayéutica, donde la IA no clausure las preguntas. El reto no es evitar su uso en el aula, sino integrarlo de forma pedagógica, crítica y significativa. Debemos pasar de una pregunta técnica -¿qué puede hacer la IA? - a una antropológica: ¿qué significa educar en presencia de inteligencias no humanas?

La historia, la filosofía y las humanidades nos ayudan a cuestionar la lógica utilitarista de la IA que domina la existencia actual, donde se prioriza el rendimiento y la rentabilidad económica sobre el bienestar humano.

Necesitamos una nueva PedagogIA: no para digitalizar lo existente, sino para rediseñar las experiencias de aprendizaje. La clave no está en demonizar los avances científico-tecnológicos, sino en construir una relación pedagógica que los integre sin perder lo esencial de la educación. El profesor seguirá siendo esencial. Igual que en el deporte, donde la tecnología y la IA ayudan a batir récords, pero quien corre es un humano. La IA amplifica el deporte sin dejar de ser deporte (Deporte Figital). No lo destruye, pero sí obligará a cambiar y a formarse. Y en ese cambio hay una oportunidad.

El maratoniano Sebastian Sawe se ha convertido en el primer atleta en correr un maratón por debajo de las dos horas. Esa marca se ha construido desde capacidades humanas junto a la ciencia y la tecnología. Su mierdificación aparecería si se usara para amplificar las posibilidades del dopaje deportivo.

Como ciudadanos, la mierdificación de la IA acrítica es la renuncia a nuestra propia excelencia. Es el resultado de un uso acrítico de la tecnología. Solo quien tiene criterio sabe cuándo una respuesta algorítmica abre una puerta o la cierra.

No podemos dejar de pensar, de curiosear, de ser creativos y de tener ideas propias.

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