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Opinión | La Calle Nueva

El Sur y la utilidad de lo inútil

La ciudad italiana de Calabria

La ciudad italiana de Calabria

Estoy ahora en el sur de Italia, en Calabria, donde en junio de 2023 murió uno de los grandes escritores y filósofos de los años recientes, Nuccio Ordine, el autor de La utilidad de lo inútil. Tenía 64 años y una vitalidad que parecía indestructible.

Entonces, cuando murió Nuccio, escribí de él que era apreciado en todo el mundo de las letras como alguien que venía a reanudar la lucha contra la ignorancia y a favor de la lectura. En ese emprendimiento parecía un titán, alguien invencible. Viajaba a América, a las capitales de Europa, a las islas de Italia, de donde venía, y a cualquier lugar donde se le requiriera su energía, su pasión, su alegría de leer y de hacer leer en un mundo que descendía a las tinieblas de la ignorancia.

La vitalidad de Nuccio parecía hecha de papel y de hierro, y de entusiasmo y de libros, pero sufrió un desmayo fatal que lo llevó a la muerte. El estupor de la noticia rompió en llanto su memoria y ahora, este fin de semana de mayo, los que lo aman y lo recuerdan en esta hermosa isla del mundo en la que nació le dan el abrazo que merece su recuerdo. Y me han invitado aquí a hablar de él, a recordarlo.

Es un viaje raro, es decir, extraordinario, porque de pronto he descubierto que esta isla que es como las nuestras, y por tanto algo que nosotros, los isleños de Canarias, deberíamos conocer para remedarlo: con qué pasión se cuidan aquí las islas, la isla concreta de Calabria, hasta qué punto lo que aquí se hace se cuida como si fuera para siempre la tierra que tienen.

En el camino vine pensando en lo que ahora nos ha pasado a partir de la enfermedad que viaja en barco y que recaló en el mar que vive cerca, precisamente, de la casa en la que habito desde hace más de treinta años. Se trata del Médano, al sur de Tenerife, enfrente del mar, y del muelle, que nos mira a los que vivimos justo enfrente de donde durante unos días ha estado fondeado el barco que ha andado sin rumbo cierto hasta recalar donde tuvo sitio.

Ya sabemos qué ha pasado, qué ha habido detrás, y delante, de este periplo que parecía que no iba a tener fin, metido en una controversia que ha desunido (o unido) a los que en las islas y fuera de ellas han decidido que, aparte del desastre humano que constituye una enfermedad, tenía que ser tratado como una riña de gallos o de gallitos.

Ahora, que ya se están calmando las aguas calientes que han juntado a unos y a otros, porque al fin y al cabo lo que se calma siempre es la vida a no ser que venga la muerte, me apetece decir qué he pensado siempre acerca de ese mar en el que han ocurrido las recientes diatribas y, sobre todo, el miedo a la muerte.

Vivo, como les decía antes, frente al mar del Médano, donde hace años Adán Martín, entonces fructífero presidente de Canarias, decidió crear un nuevo muelle que compitiera de alguna manera con los muelles de Santa Cruz. El Médano iba a ser, y lo fue, un nuevo muelle al que iban a arrojarse, cuando se pudiera, los barcos del futuro. El futuro nunca ha venido a esa parte del Médano, pues el lugar que había soñado Adán jamás ha sido más que un sueño que ha nadado en nada.

Ese muelle está justo enfrente de mi casa, y yo lo miro todas las mañanas mientras contemplo, con alegría y sosiego, lo que ese mar me da. Miro hacia Gran Canaria, me fijo en las sombras de La Gomera, encuentro a los extranjeros viviendo el sol o el aire de ese mar que a veces refleja la pasión de los inviernos o el sosiego sin fin de las noches quietas. Y, enfrente, siempre, esa construcción que me parecía inútil y que se llama muelle.

Al venir a este lugar tan hermoso de Calabria, cuyos mares tanto me han llevado a los nuestros, sentí que aquel título que hizo como emblema literario el inolvidable Nuccio, La utilidad de lo inútil, puede servir ahora para explicar qué ha pasado ahora mismo con ese trozo de mar. Resulta que gracias a ese muelle del sur que miro todas las mañanas y que admiro todas las tardes, cuando me fijo en el enorme horizonte, ahora se ha podido guarecer a un grupo de personas que han vivido ahí, amparados por ese azar marítimo, una incertidumbre que no le deseo a nadie y que nadie debe desear en esta vida.

Desde lejos, porque ahora no estoy en la isla, pero estoy en otra isla del mundo, he vivido todas las vicisitudes que se han producido enfrente de mi casa, y las he vivido con la incertidumbre que atraen los sucesos ajenos que se producen cerca de nosotros, o en nuestras propias casas.

He imaginado, sin ver, todo lo que les ha pasado a estos seres humanos que, habiendo salido de un territorio marino que parecía llevarlos a la felicidad, los conducía a una muerte posible, y fatal, en lugares que ellos no concebían como parte de su trayecto y, por tanto, de su vida.

Sentí todos estos días la solidaridad a la que obliga el sufrimiento ajeno, imaginé los debates que debían tener consigo mismos esos ciudadanos que permanecen en el limbo al que conduce la incertidumbre. Ese lugar al que yo me asomo todas las mañanas para contarles a mis amigos de lejos de qué se viste cada día el amanecer en el que vivo era la penúltima esperanza de un barco humano que iba a la deriva.

Sentí, muchas veces, en estas jornadas de incertidumbre, que tenía que haber estado allí para ayudar, aunque fuera con la mirada, o con la utilidad de lo inútil, a los que han vivido en las aguas de mi tierra la triste soledad del que no tiene otro camino que el de la incertidumbre.

Pero, ahora que estoy en tierra de Nuccio Ordine, aquel poeta de esta tierra, me congratulo de todo lo que han hecho la isla de Tenerife y su gente para impedir que estos seres humanos que han visitado este lugar que siempre me pareció un muelle sin porvenir hayan hallado entre nosotros el principio del fin de un viaje que parecía interminable.

Ojalá donde estén sientan que les ayudó a sobrevivir la tierra que tanto amo.

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