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Opinión | Ida y vuelta

Donald y el preceptor perverso

El presidente de EEUU, Donald Trump, comparece ante los medios tras regresar de su viaje a China.

El presidente de EEUU, Donald Trump, comparece ante los medios tras regresar de su viaje a China. / Eric Lee / POOL / EFE

Los griegos y latinos fueron gente conocedora y prudente. Como preceptores de niños y adolescentes se guiaban por la filosofía, el humanismo, la ética, el respeto a los demás. Ahí tenemos los ejemplos de Platón, Aristóteles, Sócrates, Séneca, etcétera. No eran cristianos pero el cristianismo se fijó en los ejemplos morales que los clásicos nos facilitaron a lo largo de la historia y tomó abundantes referencias de ellos. La relación entre Aristóteles y el cristianismo es profunda, ya que según los expertos, sus ideas influyeron significativamente en la teología, especialmente a través de Santo Tomás de Aquino. El griego era alumno de Platón, enfatizaba la educación empírica y la formación del carácter, priorizando la observación del mundo real sobre las Ideas abstractas. Estos valores y métodos educativos han dejado huella en la educación occidental, forjaron nuestros valores y continúan siendo relevantes.

Aristóteles es considerado un pilar de la filosofía, y sus conceptos sobre la ética, la virtud y la naturaleza del ser han sido adoptados y adaptados. Su enfoque en la razón y la observación empírica proporcionó un marco que muchos pensadores utilizaron después para desarrollar sus doctrinas.

Los preceptores griegos enseñaban valores fundamentales que influyeron en la formación de ciudadanos virtuosos y críticos. Sócrates, a través de su método, fomentaba el autoconocimiento, promovía la búsqueda de la verdad y la virtud. Platón, en su obra «La República», propuso un sistema educativo que incluía la educación elemental y superior, enfatizando la importancia de la educación para el desarrollo de la ética y la moral.

La película The Apprentice, de Ali Abbasi, retrata el ascenso de un joven Donald Trump en los años 70 y 80, marcado por su relación con el influyente y corrupto abogado Roy Cohn. Un aprendiz ansioso por dominar toda suerte de estrategias para hacerse notar y un abogado ruin que afirmaba que el fin justifica los medios. Así que, querido Donald, para sobresalir en el mundo que te ha tocado vivir tienes que mentir y atacar, atacar y mentir. De este modo llegarás a ser envidiado y te convertirás en un hombre millonario con un patrimonio incalculable. Y si llegas a presidente, no tengas empacho en iniciar guerras y en aplastar el viejo orden internacional ya que la ONU no te sirve, igual que tampoco te sirve ya la OTAN, ni los aliados tradicionales, América es lo primero y los inmigrantes son unos parias. Para que tu América sea grande de nuevo has de desconfiar de todos. Tienes que fabricarte un mundo según tus deseos. Olvídate de los valores del pasado, construye tus propios valores, alíate con caudillos que se parezcan mucho a ti y lánzate a conquistar el planeta. Si pierdes unas elecciones, denuncia fraude electoral.

Las tres normas que Donald ha de practicar hasta el fondo son tres: atacar siempre, no admitir nunca el error y cantar victoria, incluso si es derrotado. Lo estamos comprobando en todos los telediarios.

La cinta mezcla drama biográfico y crónica política para explorar ambición, poder y corrupción, con gran recreación de época y actuaciones destacadas de Sebastian Stan y Jeremy Strong. Aunque no aporta grandes revelaciones, resulta un retrato intenso y bien interpretado que fascinará a muchos. No en vano Trump preside el país más poderoso de la Tierra y es aficionado a meterse en guerras de las que después no sabe salir. Tiene mucha conexión con la Iglesia Evangélica, y es frecuente verlo acompañado por una buena parte de sus miembros que rezan junto a él para pedir la protección de Dios en los distintos conflictos que tiene emprendidos. A fin de cuenta, todos los dictadores han buscado la protección divina cuando han encendido conflictos de largo alcance. Porque, obviamente, es fácil prender la mecha en Gaza, Irán, Venezuela, Cuba o cualquier otro lugar. Y luego lavarse las manos como Pilatos.

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