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Opinión | En el vagón de cola

Salirse de una guerra

Putin y Trump, al inicio de su reunión en Alaska.

Putin y Trump, al inicio de su reunión en Alaska. / Kremlin / DPA

Hay una máxima que uno aprende con el cine de abogados: no se te ocurra hacer una pregunta de la que no conozcas la respuesta. De lo contrario, corres el riesgo de perder, literal y literariamente, el juicio y que se te vea el cartón. Podría pensarse lo mismo de las guerras, que uno no debería meterse en ellas si no tiene pajolera idea de cómo salir después. Las últimas contiendas que afectan a nuestra (privilegiada) existencia son un buen ejemplo, porque, claro, hay otras cuantas, pero ocurren convenientemente lejos, en Sudán, en Somalia, en el Congo, y por eso no parecen afectarnos. Sin embargo, ahí están Ucrania e Irán (ya, el estrecho de Ormuz no nos pilla de camino, pero tiene la llave de la despensa y el invierno es tan largo) desangrándose y, por aquello del consabido efecto mariposa, desangrándonos a todos. Los dos mayores iluminados de la historia reciente, Donald y Vladimir, Putin y Trump, se levantaron un día con el pie izquierdo y se lanzaron a conquistar territorios creyéndose tocados por la mano de los dioses. Pero los dioses, ay, tienen debilidades, no solo el héroe Aquiles. Sus madres tuvieron que agarrarlos por alguna parte para poder sumergirlos en la bañera con la sustancia que los haría invencibles. Y he aquí que esa parte, en este caso el tiempo, quedó expuesta ante sus enemigos. Nuestros líderes pensaron que sus incursiones serían cosa de cuatro días, coser y cantar y, si bien cosieron como jabatos a bombazos, ahora, cuando se les oye, resulta que desafinan cosa bárbara. Sirva el introito para una teoría que me lleva rondando algunas semanas. No pretendo mezclar el culo con las témporas, pero resulta obvio que algo subyace en todo este despropósito. Son hombres. Aquella imagen del zar ruso (arrebol de los geranios) a caballo, con el pecho descubierto o esta del aprendiz de emperador americano (y sonrisas con rubor) burlándose del tamaño de las orejas del jefe de la NASA no se explican de otra forma. Son hombres. Igual que sus comparsas kamikazes de la razón y la moral, Netanyahu y Xi Ping. E igual que los barbudos ayatolas y Pedro I, el enamorado, y Santiago cierra España Abascal y el sentimental Ábalos y el bruto Koldo. No se salva ni el papa de Roma. Hombres todos. No es mi intención sumarme al feminismo de la cuarta ola ni pretendo soltarles la sandez de que las mujeres no harían lo mismo o incluso peor, les invito a leer a Patricia Highsmith o a Fred Vargas o a Giménez Bartlett. Creo que incluso Meloni o Díaz Ayuso, si supieran escribir (novela negra, ¿eh?, no la jodamos) y las dejaran, serían capaces de arramblar con todo. No obstante, ellas sin duda habrían previsto cómo salir del lío. Porque la previsión tiene ojos de mujer, no en vano las madres siempre encontraban el libro, la mochila, la chaqueta de pana que nos pasamos días buscando en los recovecos de la casa de infancia. No sé si se habría metido en ellas, pero una madre habría sabido salirse de estas guerras.

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