Opinión | Aula sin muros
No estamos solos

Fragmento de la película 'Encuentros en la tercera fase' / La Provincia
La película Encuentros en tercera fase avivaron el deseo y la imaginación de aquellos que desean ser transportados por seres inteligentes y pacíficos, tan lejos como para no volver a este perro mundo. La penúltima de Trump, aspirante a monarca, sin descendencia de sangre azul o nuevo “elegido” (mesías), inspirado en el coro de sus leales, corifeo de evangelistas y otras iglesias que le soplaron aquello de que “no vine a traer la paz sino la espada”: intenta desclasificar miles de documentos referidos a avistamientos de ovnis que anuncian revelaciones que “ponen los pelos de punta”. “Imágenes nunca vistas”, anuncia un portavoz de la Casa blanca. Politólogos de Estados Unidos piensan que se trata de otra estratagema para descalificar a Obama. Al final, ninguna revelación sensacional de vida extraterrestre. Solo cortinas de humo, desviar la atención de sus guerras, invasiones de amo mundial y perfilar su liderazgo ante las próximas elecciones. La fiebre de supuestos contactos con extraterrestres comenzó en los Estados Unidos en junio de 1947 cuando el piloto privado Kenneth Arnold informó del avistamiento de una fila de objetos volando sobre el monte Rainer. A partir de entonces comenzó un aluvión de testigos que identificaban cualquier objeto volador en el cielo nocturno con una nave de procedencia extraterrestre. Noticias sensacionalistas o “serpientes de verano” en la prensa. Cientos, miles de libros, imágenes truculentas sobre supuestos avistamientos y películas entre las que se lleva la palma, Encuentros en tercera fase que avivaron el deseo y la imaginación de aquellos que desean ser transportados por seres inteligentes y pacíficos, tan lejos como para no volver a este perro mundo. Para imaginación la del alemán Erich von Dániken, un vintage del Retorno de los brujos, una obra de esoterismo y fantasía publicada en los años sesenta. Se hizo de oro con una serie de documentales en los que afirmaba, con total convencimiento y rotundidad, que las pirámides de Egipto fueron obras de extraterrestres, (sólo la de Keops empleó a cien mil esclavos trabajando, sin parar, día y noche), igual que la ciudad escondida, entre inaccesibles cumbres de Machu Pichu, (yo mismo tuve la oportunidad de ver la cantería de donde se extrajo la piedra) o que en una pirámide maya del Yucatán existe un relieve de un piloto manejando un aparato procedente de una lejana galaxia cuando se trata del Señor de Palenque ofreciendo culto a sus dioses. Los hay que, por ejemplo, escriben y afirman que el carro de fuego que transportó a los cielos al discípulo del profeta Elías, Eliseo (una de las tantas ficciones de la Biblia en ambos escritos testamentarios, Reyes, 2,11-12) en realidad era una nave venida del exterior terráqueo. Un sin número de “caballos de Troya” en los que se esconde pura especulación y subjetividad. Los hay más atrevidos, en extremo iluminados: afirman que ya están hace tiempo entre nosotros y que manejan la política del mundo. Quizá asistan a una de esas reuniones periódicas, de alto secreto como si fueran consejos masónicos o rosacruces, a las que asisten sólo una élite compuesta por millonarios de la banca, petrodólares, exjefes de Estado, siempre en la órbita del “sistema” y gente de la realeza. En la ciencia ficción siempre se está yendo hacia Alfa Centauro o Ganimedes que, en caso de regreso a la Tierra, si antes no ha sido arrasada por un meteorito gigante o por una tropa de enloquecidos y avaros mandamases, ya habrían pasado miles de años. Todavía hoy persiste la fiebre alucinógena a través de programas televisivos, milenaristas, conspirativos, en los que se muestran paseos a lugares de supuestas apariciones, extrañas luces en el cielo (cerca del 99% tienen origen conocido, terrestre) y voces metálicas de médiums cacofónicos. Cierto que los humanos se siguen preguntando, desde que los astrólogos mesopotámicos, griegos, incas y mayas precolombinos escudriñaban los cielos para preguntarse qué hay más allá de las estrellas. ¿Qué hay ahí fuera? Se lo preguntó el inteligente y mediático astrónomo Carl Sagan. Le puso en excelsa música la banda Pink Floyd. No estamos solos es la obra del astrónomo Walter Sullivan escrita en 1964 en plena investigación sobre la posible vida en Marte. Un año más tarde se llevó un desengaño. La sonda Mariner comprobó que los casquetes polares del planeta Rojo estaban compuestos por dióxido de carbono incompatible con la vida. Nubes de polvo, cráteres cuyo origen se sigue investigando y que otro de los tantos alucinados interpretó por murallas u obras de marcianos. Ni siquiera eran los supuestos canales desmentidos por Sagan. En su juventud se hizo eco del programa Libro Azul de la fuerza aérea de Estados Unidos en el que se informaba que algunos ovnis eran naves especiales, llegadas de otros mundos. Más tarde reconoció la debilidad acerca de las pruebas de la existencia de los ovnis cuando dicho proyecto alienígena confundió una nave extraterrestre con una luciérnaga que se estrelló contra el vidrio la cabina de un avión. La “prueba del algodón” para Carl Sagan de que la visión de ovnis eran fenómenos naturales o mal interpretados le llegó cuando, después de una cena, contempló dos luces brillantes que se movían y parpadeaban en el horizonte. Se sumaron varios asistentes y paseantes del lugar. Tuvo tiempo para buscar sus primaticos y enfocar al fenómeno celeste. Se trataba de un avión del servicio meteorológico de la NASA. La decepción fue general. Sagan se ratificó en que en la percepción de supuestos ovnis nunca existieron testigos a los que dar crédito ni prueba física alguna convincente. No obstante, se sigue al acecho de esporas que vienen incrustadas en pedruscos del exterior planetario o no se sabe de dónde. La nueva ciencia en boga llamada exobiología. Lo de un encuentro con extraterrestres venidos de galaxias lejanas, hoy por hoy, es como buscar a papa Noel en Laponia. El científico Fermi inventó una paradoja que lleva su nombre: dada la existencia en miles de años del universo ya tendrían que haberse dado a conocer. Mas realista y mejor crítica contra tantas ilusiones ópticas y alucinaciones es la famosa frase del poeta francés Paul Eluart luego convertida en una obra escrita por periodistas y científicos especializados en rastrear la historia de fenómenos raros o paranormales: hay otros mundos, pero están en este.
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