Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Retiro lo escrito

La dulce sonrisa

José Luis Rodríguez Zapatero, en una imagen de archivo.

José Luis Rodríguez Zapatero, en una imagen de archivo. / José Luis Roca

Lo que más he escuchado en las últimas horas es eso de que José Luis Rodríguez Zapatero jamás le ha movido el dinero. El exsecretario general del PSOE sería un hombre sencillo, un alma trapense incapaz de encontrarse cinco euros en los bolsillos. Según esta imagen, incluso tendría dificultades para encontrarse los bolsillos. Claro que si a Rodríguez Zapatero no le interesa la pasta, ¿por qué se ha metido a asesor aúlico y a lobista que no osa decir su nombre? Como expresidente del Gobierno tiene derecho a una pensión de unos 80.000 euros anuales. En calidad de tal puede ocupar, si lo desea, el cargo de consejero del Consejo de Estado, lo que suponen entre sueldo y complementos unos 90.000 euros anuales. Ambas asignaciones son compatibles, lo que significa que, en el caso de optar por el Consejo de Estado, Rodríguez Zapatero, como el resto de los presidentes, podría cobraría unos 170.000 euros mensuales. No está mal para un hombre con 65 años y las hijas ya emancipadas y la (nueva) casa en Las Rozas con 537 metros cuadrados ya (casi) pagada. Pero ningún presidente, incluido nuestro héroe, ha aceptado esas condiciones. Y no lo han hecho, simplemente, porque quieren ganar más y no marchitarse como una flor solitaria en un despacho sin ventanas abiertas al reconocimiento, a la admiración, al aplauso. Otra cosa realmente excéntrica es que Rodríguez Zapatero no haya constituido ninguna empresa. Es más preocupante incluso que si lo hubiera hecho. El expresidente ha sido y sigue siendo autónomo. Cualquier asesor fiscal le explicaría que a partir de los 60.000 u 80.000 euros anuales de ingresos es más rentable constituir una sociedad limitada. ¿Qué hace como autónomo ganando el doble o el triple –que se sepa -- de esa cantidad? Es algo raro, realmente raro, aunque Rodríguez Zapatero sonría interminablemente. Para el presidente Rodríguez Zapatero sonreír no es un simple gesto, sino el principio y el fin de su identidad política. Tal vez leyó alguna vez el apelativo con el que Joaquín Arrarás, un periodista, aludió a Franco en la primera hagiografía del dictador, publicada antes de acabar la guerra civil: «el timonel de la dulce sonrisa».

Algunos años atrás Rodríguez Zapatero, el de la sonrisa de pato, se permitió un ridículo pringoso al publicar un libro sobre Borges: sesenta páginas de naderías perfectas, de vulgaridades impecables. Como dirigente político no fue mejor que como crítico literario, simplemente lo que vino después lo ha agrandado. Por supuesto está la ley de matrimonio igualitario, la reclamación de la memoria histórica, el aumento de las becas universitarias. Pero también el error de la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña y la aplicación brutal de recortes en inversión estatal, salarios públicos y pensiones cuando España se despeñó en la crisis económica de 2008. El 15 marzo de 2011 y las acciones de protesta siguientes articularon un movimiento social también contra Rodríguez Zapatero, que no supo sobrevivirse a sí mismo y abandonó la política activa. El sufrimiento social que produjo la segunda legislatura zapaterista fue terrible y dejó huella en la economía española y en sus servicios públicos. Por supuesto jamás se ha referido a lo que hizo entonces. Porque el zapaterismo fue buenismo insustancial, ñoñería metodológica, irresponsabilidad marketinera, reducción de la Historia a una historieta, cinismo impermeable y voluntad de tensionar ideológicamente la sociedad española. Una anécdota retrata al líder: cuando visita a Eduardo Madina, que acaba de perder una pierna en un atentado de ETA, y le dice voy a regalarte un Euskadi en paz. Esa combinación insoportable de frivolidad, narcisismo y bonachonería pueril: Zapatero.

El auto del juez es alarmante. Y solo es el auto. Conozco buena gente que recuerda e invoca la sonrisa de Zapatero para reforzar su convicción: es un hombre honesto e inocente. A mí, en cambio me basta recordarlo riendo, cenando, abrazándose con Nicolás Maduro o Delcy Rodríguez para esperar lo peor, porque un hombre decente, no cuarteado moralmente, no sonríe a esas malas bestias. n

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents