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Opinión | La columna

Emma Riverola

La mirada de una niña

La mirada de una niña

La mirada de una niña / La Provincia

Por mucho que algunos se esfuercen en relacionar un color de piel o un acento a las agresiones contra las mujeres, la realidad es tozuda. Y desoladora. Basta con hacer una búsqueda rápida de noticias sobre «violación», «agresión mujer» o «violencia machista» para constatar un variado catálogo de nacionalidades, clases sociales o municipios. Solo cuando la violencia es extrema o cuando el agresor se ajusta a un determinado perfil o notoriedad, las noticias adquieren mayor relevancia. La violencia de género es la desesperante realidad de cada día. Tan cotidiana como el empecinamiento de algunos en negar el término. «Violencia intrafamiliar» es la expresión preferida de la ultraderecha, una forma de negar el carácter estructural y sistémico de la violencia machista, ignorar sus cimientos culturales y, de paso, diluir la contundencia de las estadísticas. Quizá temen que las mujeres, contagiadas de su vileza, en un ataque de estulticia, de androfobia o de tacticismo, se líen a organizar cacerías de hombres o clamen por «las mujeres primero» o la «prioridad mujer».

Un hombre golpeó a su pareja en plena calle el pasado viernes en Valladolid. Una niña de 11 años oyó los gritos de la mujer, corrió hacia ella, la abrazó para protegerla y llamó a la policía con su móvil. El presunto agresor aún trataba de procesar lo que estaba ocurriendo cuando fue detenido. La niña sintió el impulso de frenar la violencia y lo hizo. El hombre cesó la agresión ante la determinación de una cría. Cada discurso que banaliza o cuestiona la violencia de género, cada humillación machista que se celebra, es cómplice de los agresores. El horror continuará hasta que el conjunto de la sociedad sepa mirar como miró esa niña.

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