Opinión | Un carrusel vacío
Eric Clapton: sobre Cornettos y proyectiles

Eric Clapton: sobre Cornettos y proyectiles / Adae Santana
El pasado 7 de mayo vi a Eric Clapton en directo. Llegó al escenario del Movistar Arena y, sin saludar, comenzó un concierto tan brillante como efímero, igual que una estrella fugaz. Al despedirse, justo antes de los bises, alguien del público le lanzó un proyectil y le dio –luego supimos que era un vinilo con un mensaje de admiración–. Nos quedamos esperando esos bises, que no llegaron. Las luces se encendieron y prevaleció la misma sensación que cuando llegas al final de un Cornetto –la parte del chocolate en el cucurucho– y se te cae al suelo. Así o peor, porque siempre puedes comprarte otro Cornetto, pero Clapton tiene ochenta y un años y no viene a España todas las semanas.
En este tiempo, he podido reflexionar acerca de lo ocurrido, sobre lo que se ha escrito bastante, insistiendo en la calidad del concierto, así como en su brevedad. En mi opinión, a pesar de ser una de las afectadas, su respuesta fue muy razonable. Imaginaos hacer una gira a los ochenta años y que un maleducado te lance algo y acierte. Imaginaos, además, ser Eric Clapton, que ha vivido bastantes experiencias terribles: su propio alcoholismo, la muerte por un accidente de su hijo de cuatro años, el suicidio de otro hijo a los diecinueve… Lógicamente, el buen señor pensaría: «Que les den». Y así fue. No debía nada a nadie. En todo caso, el tipo que le faltó al respeto tendría que habernos indemnizado al resto.
El concierto estaba siendo magnífico. La voz de Clapton permanecía intacta, así como su virtuosismo con la guitarra. Regaló al público dos de sus éxitos más célebres: Layla y Tears In Heaven, ambos en acústico, pero en el set eléctrico fue donde demostró todo su potencial: «Hoochie Coochie Man», «I Shot The Sheriff», «Holy Mother», «Crossroads», Cocaine»… Se decantó, sobre todo, por el blues. Además, supo rodearse bien, porque cada uno de los músicos que lo acompañaban podría dar un espectáculo por sí mismo –y lo dieron, pues Clapton les permitió sus solos, sus momentos de gloria, en las últimas canciones–.
Fue un espectáculo sin espectáculo. Me refiero a que no hubo luces estroboscópicas, efectos de ningún tipo; tampoco él intentó caer bien al público. Apareció, interpretó cada uno de los temas y se marchó tras una inclinación de cabeza. Dicen que, después del desafortunado proyectil, lo vieron unos minutos hablando con sus músicos y después se marcharon todos. Él no tenía nada que demostrar. Como mucho, que «el dios Clapton» no está para estupideces. Y el público pudo concentrarse en la música, nada más que en la música, a pesar de las lámparas que colgaban del techo –imitando el ambiente de un garito de blues–, que tapaban la pantalla.
He pensado varias veces, desde entonces, en el idiota que lanzó el proyectil y en lo egoísta que es a menudo la gente cuando ejecuta acciones sin ponerse en el lugar de los demás. Primero, del propio Clapton: un octogenario. Segundo, en el de todos los que llevábamos meses esperando ese concierto. Pero gente así la hay por todas partes: en las comunidades de vecinos, en los grupos de amigos, en los trabajos… No hacemos más que sufrir las consecuencias de los actos de otros. Y esos otros suelen mirar exclusivamente por sus propios intereses.
Creo que yo habría hecho lo mismo que Clapton, en su lugar. Y probablemente también en el mío. Últimamente, mi paciencia con la gente ha disminuido. Hace un tiempo, soportaba agravios, desplantes y acciones improcedentes con una serenidad derivada de pensar, por una parte, que no quería que esa persona se enfadara conmigo, fuera quien fuese, y, por otra, que me aterraba que alguien pudiera salir de mi vida. Al ver que ese miedo no es compartido por casi nadie –ni siquiera por quienes se consideraban grandes amigos míos– estoy empezando a darme cuenta de que no vale la pena sufrir o perder la dignidad por conservar una relación con alguien que, llegado el momento, no tendrá ningún problema a la hora de tacharte de su lista y hacer como si nunca hubieras existido.
Clapton no se esforzó por ser simpático ni por quedar bien con nadie. Sin embargo, no se le puede reprochar falta de profesionalidad, pues su actuación resultó impecable. La simpatía está sobrevalorada, en general; al contrario que la buena educación. Desprecio a la gente maleducada, pero también a la hipócrita. Prefiero a alguien sobrio, educado y sincero que a una persona falsamente risueña que te llama «cariño» y «amor» aunque no te conozca de nada. Clapton no fue simpático, pero reaccionó adecuadamente ante un fan maleducado. Y los demás nos tuvimos que aguantar. Viva la solidaridad humana.
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