Opinión | Isla martinica
Los pechos de marichús

El presidente del Partido Popular de Andalucía (PP-A. / Francisco J. Olmo / Europa Press
El próximo 13 de junio se celebra en Dublín el Molly Malone Day, festividad en la que se reconoce todo el pueblo irlandés, pero, especialmente, su capital. Dicta la tradición que, una vez se visita la localidad y se desea volver a recorrer las populosas calles que pasearon Oscar Wilde o James Joyce, es requisito imprescindible tocar los generosos pechos de la estatua erigida en honor a la famosa pescadera en Suffolk Street. Cada cierto tiempo, el ayuntamiento de la ciudad se ve en la necesidad de repintar el monumento por el constante sobeteo de los turistas, quienes terminan afeando el conjunto escultórico en su ánimo de guardar para el recuerdo una instantánea del momento de lujuria.
No sé qué parte del cuerpo de María Jesús Montero, en caso de que le pongan un monumento en Sevilla, habrán de palpar los que deseen exorcizar el maleficio provocado por esta mujer al socialismo. Tampoco conozco si le han dedicado alguna cancioncilla, como a Molly Malone, y, por no saber, ignoro si la que fuera todopoderosa vicepresidenta de España llegará a disfrutar del grato recuerdo de sus paisanos. Lo que sí es cierto es que la candidata a las últimas elecciones autonómicas ha hundido al PSOE hasta confirmar unos resultados jamás vistos en la comunidad andaluza.
En el preciso instante en que Montero calificó de «accidente laboral» la muerte de dos guardias civiles en su lucha contra el narcotráfico sentenció su futuro y el de la formación a la que aún pertenece. Doloroso habrá sido constatar que para el gobierno de nuestro país el asesinato de un par de agentes de la autoridad en acto de servicio no pasa de ser una circunstancia ajena al Código Penal, pero todavía lo es más la tácita defensa de la delincuencia como forma de vida legítima que ello entraña. Algo que, con independencia de la ideología que se profese, repugna al entendimiento y a la propia moral. La gente no es tonta, aunque así se lo parezca a determinados partidos del arco parlamentario, y sabe reaccionar ante semejante carta de principios. Ocurrió con los ERE, con Ábalos, el cortador de troncos, con el navarro de Milagro, la «amada esposa» y otros tantos aquí y allá, sin excluir al que fuera Fiscal General de Estado. Del primero al último, escenifican una concepción muy particular del ejercicio político como, asimismo, ensalzan la corrupción como medio lícito para sobrellevarla y obtener un beneficio personal de las arcas públicas.
Cuando un votante percibe que la papeleta que ha de depositar en la urna correspondiente es una patente de corso para que el político de turno delinca a su gusto se lo piensa dos veces. Lo de María Jesús Montero con la Guardia Civil no es una anécdota más dentro de la vorágine de una campaña electoral, sino la jerarquía de valores que ostenta el conjunto de la izquierda en el marco de la convivencia social, como así quedó demostrado en uno de los debates televisados en los que participaron las formaciones que se cobijan bajo ese paraguas ideológico. Por esta razón, la sociedad andaluza, como la española, se aparta de un gobierno que presume de la corrupción y justifica según qué tipo de delitos cometidos en su nombre, amén de obviar los antecedentes policiales -quién sabe si los penales- en el masivo proceso de regularización de los inmigrantes ilegales llegados a nuestras costas.
María Jesús Montero es la puntilla del socialismo sanchista, el necesario sacrificio para que el PSOE, o lo que queda de él, tome conciencia de su actual situación, casi abocada a la extinción. Quizás fuese eso lo que desease el Puto Amo, aunque me resulta difícil de entender en señalados representantes de la vieja guardia. Algún día, esa imaginaria estatua de Marichús será el testimonio imperecedero de la debacle del sanchismo y los supervivientes a tal hundimiento abracen con alegría su figura por haber superado el peor momento de la socialdemocracia en España. n
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