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Opinión | En el vagón de cola

José Luis Correa

Madrid y el Madrid

Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, tras ganar las elecciones del año 2000.

Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, tras ganar las elecciones del año 2000. / MANUEL H. DE LEÓN / EFE

Yo, lo saben quienes conocen mis pasiones futboleras, soy como los huevos duros: amarillo por dentro y blanco por fuera. Aunque después de viejo ya no me tomo las cosas tan a pecho y procuro dedicar mi tiempo a otros menesteres menos agitados, sigo sufriendo y (a veces) gozando cosa bárbara cuando veo jugar a la Unión Deportiva o al Madrid. Por cierto, para los malpensados, he de señalar que cuando mis dos equipos se enfrentan entre sí soy más amarillo que el pájaro Piolín, ¿estamos?, no vayamos a tenerla por un quítame allá esas pajas. Dicho esto, y a falta de que el equipillo acabe la temporada peleando por el ascenso (nos va a venir bien la visita del Papa León a la Virgen del Pino), de lo que quiero hablar es de otra cosa. Dicen que los ídolos están para tirarlos de los pedestales a martillazos. Pues el mío se riscó él solito. Bastó una comparecencia pública con luces y taquígrafos para descabalgar a Florentino Pérez de su caballo blanco. ¿En serio es necesario salir a la palestra a decir todo lo que le salga a uno de las entrañas? ¿Tanto se contagia el coronavirus narcisista? ¿Y ese “A ver, que hable esa niña que vosotros sois muy feos”? “Tu quoque, presi mii?” “Noli me ludere (no me jodas, en román paladino)”. Cuánta razón tenían las abuelas con aquello de que calladito estás más guapo. Ya no más presumir de presidente sensato frente a los tantos zafios y macarras que en el mundo han sido. ¿En qué distingo ahora a Pérez de Laporta, Gil, Mendoza, Lopera o los Del Nido? El más laureado del mundo mundial no solo tiene que ser cuerdo, también debe parecerlo. Y a mí me sonó su rueda de prensa al canto del cisne de un hombre desconectado de la realidad. Solo le faltó defender a Hernán Cortés como la baronesa del oso y el madroño, otra que tal baila. Por suerte, la nueva Isabel de Castilla jamás fue mi ídolo así que no se me resienten las expectativas cuando suelta por esa boca suya que México no existía hasta que llegaron allí los españoles. Acabáramos. Creo de veras que ingleses, franceses, portugueses y, sobre todo, belgas (nadie tan cruel como Leopoldo II) colonizaron con tanto o mayor sadismo que nosotros, pero la conquista de América, señora mía, fue de todo menos una kermés. La cosa es que siempre he sentido míos Madrid y el Madrid, pero, ¿qué quieren?, sus dirigentes, los nuevos dioses, no hacen más que expulsarnos del edén. Qué daño ha hecho el tahúr del Misisipi a este tiempo que nos ha tocado vivir, un tiempo en el que todos a todas horas parecen necesitar estar en el candelero. Olvidan que candelero hace referencia al utensilio que mantiene derecha la vela. Y que las velas no solo arrojan luz, también provocan incendios. Y los incendios los maneja el diablo. Pues eso.

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