Opinión
¿Está lista Canarias para ser el centro del mundo?

Archivo - Archivo.- El Papa León XIV, en la Ciudad del Vaticano / Evandro Inetti/ZUMA Press Wire/d / DPA - Archivo
Las calles comienzan a cambiar de ritmo. Hay pintura fresca en algunas fachadas, operativos de seguridad, reuniones de coordinación, rutas definidas, estructuras temporeras, voluntarios organizándose y ciudades enteras entrando poco a poco en modo de acontecimiento histórico.
Todavía faltan días para la llegada del Papa León XIV. Sin embargo, Canarias ya empezó a transformarse.
Y quizás la verdadera pregunta no sea si las islas están listas para recibir a un Papa. Tal vez la pregunta correcta sea otra: ¿están listas para lo que significa que, durante dos días, el mundo mirará hacia aquí?
Porque eso es lo que ocurrirá.
Durante décadas, las Islas Canarias han ocupado un lugar particular en la imaginación internacional. Para algunos, destino turístico. Para otros, puerto atlántico, frontera europea, tierra de emigrantes o punto de encuentro entre continentes. Pero esta vez será distinto. Por unos días, el archipiélago dejará de ser periferia para convertirse en el centro de la conversación global.
Las imágenes recorrerán el planeta. Las plazas llenas, el papamóvil, los puertos y las calles canarias aparecerán en transmisiones internacionales, periódicos y noticieros en decenas de idiomas. Más de seis mil periodistas acreditados -muchos de ellos internacionales- lo registrarán todo.
Ese alcance es mucho más profundo que el estrictamente religioso.
Pero hay algo más significativo que la cobertura o las multitudes: el motivo por el que León XIV eligió terminar su viaje apostólico precisamente aquí.
No viene a Canarias porque sean las islas más grandes o las más cercanas a Roma. Viene porque en el puerto de Arguineguín desembarcan cayucos. Porque en el Centro de Acogida de Las Raíces viven personas que cruzaron el Atlántico con lo puesto. Porque estas islas llevan años siendo la primera tierra europea que muchos seres humanos tocan después de semanas de océano y miedo.
El último mensaje de su viaje no saldrá desde un gran palacio europeo, sino desde una frontera atlántica.
Eso cambia la pregunta que debería hacerse una sociedad en estas semanas. No es solo qué imagen se proyecta. Es también qué ha sido, realmente, y qué quiere seguir siendo.
Esta no es una visita pensada únicamente para una mayoría católica practicante. Buena parte de quienes seguirán cada detalle quizás no pisen regularmente una iglesia. Pero los grandes acontecimientos históricos funcionan de otra manera: trascienden la fe individual y se convierten en experiencias colectivas.
Ocurrió en Polonia con Juan Pablo II. En Cuba, Puerto Rico, Venezuela, México. En todos esos lugares las visitas papales entraron en la memoria popular mucho más allá de la religión.
Décadas después, la gente aún recuerda dónde estaba, con quién fue, cómo se sentía la ciudad.
Porque las visitas de un Papa rara vez se recuerdan por las homilías o los protocolos. Se recuerdan por cómo hicieron sentir a un pueblo.
Hay un dato que lo coloca todo en perspectiva: ningún pontífice había pisado jamás estas islas. León XIV será el primero. Eso, por sí solo, ya basta para que el momento sea irrepetible.
Dentro de algunos años, alguien recordará el silencio de una plaza llena. Otro hablará del ambiente en las calles. Una familia conservará fotografías. Un abuelo contará que estuvo allí. Un niño crecerá escuchando que una vez el mundo entero miró hacia las islas.
Quizás también alguien recuerde haber visto al Papa detenerse en un muelle ante personas que llegaron sin maleta y sin certeza de nada, y que ese gesto, transmitido en directo a todo el planeta, le dijo al mundo algo que los canarios llevan tiempo sabiendo desde dentro: que estas islas, antes de ser postal, son lugar.
Eso es lo que queda después de que se desmontan las tarimas, desaparecen las cámaras y el papamóvil se marcha.
Memoria.
Y conciencia.
Porque aunque la visita dure apenas dos días, la sensación de haber estado en el centro de la atención mundial -y de haber sido vistos por lo que se ha hecho con quienes llegaron sin nada- permanecerá mucho más tiempo.
Quizás ahí reside el verdadero significado de este momento. No en recibir a uno de los líderes más influyentes del planeta, sino en verse a sí mismos desde otro lugar. En comprender que estas islas, acostumbradas durante siglos a mirar hacia el horizonte, serán ahora observadas desde todos los rincones del mundo.
No como destino. Como ejemplo.
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