Opinión | El lápiz de la luna
Saber irme

Saber irme / Jordi Otix
Llevo once años asistiendo puntualmente a mi cita de los miércoles con este medio y con ustedes. Ha habido épocas en las que los temas se me enredaban en las yemas de los dedos y me veía tecleando ávidamente sobre esto o aquello y otras en las que esos mismos temas estaban en barbecho, pero, al final, la vida, la muerte, lo humano o lo divino se abría paso y el artículo llegaba puntual al café del desayuno de los miércoles.
Quizá crean que hoy es uno de esos días en los que no sé de qué escribir y por eso estoy dando todo este rodeo. Puede ser, en cambio, una vez más, la vida, la muerte, lo humano o lo divino se ha hecho presente para que comparta con ustedes esta reflexión.
A lo largo de mi vida he tenido serias dificultades para irme de algunas personas y de algunos lugares. Cuando hablo de personas no me refiero solo a parejas, sino a amistades, compañeros de trabajo e, incluso, familia. En cuanto a los lugares aludo a trabajos o proyectos.
No es que yo no fuera capaz de darme cuenta de cuándo sobraba en algo o en alguien, tengo una antena para detectar cuándo estorbo, era más bien una lealtad infantil.
Nunca había puesto en duda muchas de las cosas que aprendí en mi infancia. El saber estar, el hablar bajo, el no llamar la atención y el serle fiel a mi palabra.
«Una persona vale lo que vale su palabra», decían. «Lo que se dice y lo que se hace deben ir de la mano», decían también.
Y con cada una de esas sentencias yo iba apretando el corsé pueril que me ahogaba y hacía que fuera rectita como una vela. Como debía ser. Y entre tanto debes de y tienes que… perdí mi voz en medio de lealtades que no sé muy bien a quién se las debía, pero, desde luego, no a mí misma.
De esta forma me veía en situaciones o ante personas que ya habían caducado y olían a rancio (a lo mejor la podrida era yo), en las que permanecía porque les había dado mi palabra y, claro, ahora cómo voy a hacer lo contrario si a la gente que donde dije digo, digo Diego, no la respeta nadie y yo tengo que ser respetable.
Hasta que un día me di cuenta de que a la única que estaba faltando al respeto con esa honradez llevada a un extremo insano era a mí misma y ¡qué dolor!, tomar conciencia de cómo me había dejado al final de la cola del amor propio.
El otro día, hablando de esto con mis amigas, una de ellas comentó que su problema era que no se daba cuenta de cuándo debía irse, que no sabía detectar las señales. Yo sonreí amargamente. Al menos ella se quedaba por despiste, yo, en más ocasiones de las que hubiese deseado, me quedé por elección.
Le comenté que mis señales de alarma eran muy rojas y ruidosas: donde no te ven, no te quedes. Donde no te escuchan, no te quedes. Donde te ridiculizan bajo un cruel velo llamado «broma» a través del que solo se ríe la otra parte, no te quedes. Donde tu crecimiento se convierte en amenaza, no te quedes. Donde condenan toda tu esencia solo por un hecho concreto, no te quedes. Donde no puedes ser tú misma, no te quedes. Donde continúan viendo solo tus versiones pasadas y no las nuevas versiones que han nacido gracias al aprendizaje y a la vida, no te quedes. Donde ser sensible es un problema, no te quedes. Donde creen saber mejor que tú de tu historia, no te quedes.
Sí, es duro que te rechacen. Todos necesitamos sentirnos parte de algo, de alguien. Que nos vean, que nos validen. Ok a todo esto, pero ¿a qué precio?
Con esto no estoy diciendo que ahora debamos ir por la vida diciendo lerele y haciendo larala, ojito, que la responsabilidad emocional con los demás es importante. Sin embargo, la responsabilidad con uno mismo lo es aún más.
Y saber decir «esta relación, amistad, proyecto o trabajo no va a funcionar» aunque en un principio hayamos dicho que sí, no está mal si lo hacemos de una forma respetuosa.
Es curioso porque nos han enseñado a irnos de los sitios que consideramos que nos quedan grandes, pero nunca nos han abierto la puerta para que huyamos de los sitios que nos quedan pequeños.
O tal vez siempre ha estado abierta y, como el elefante encadenado a una estaca de madera que no cree poder arrancar, nosotros sentimos que no podemos salir de donde sabemos que ya no podemos, simplemente, ser o estar.
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