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Opinión | Punto de vista

¿Primero lo nuestro? El lenguaje importa

Vista de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.

Vista de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. / José Carlos Guerra

Los lemas Primero lo nuestro o Primero lo de aquí pretenden conectar con una sensibilidad mantenida durante muchos años y muy presente en Canarias: la sensación de abandono institucional, de lejanía respecto a Madrid y de cansancio ante decisiones tomadas desde la península sin comprender la realidad del archipiélago. Ese malestar existe, es legítimo y merece representación política. Sin embargo, precisamente por la importancia de ese propósito, conviene reflexionar sobre si el eslogan escogido ayuda realmente a construir un proyecto amplio e integrador o, por el contrario, introduce una lógica emocional peligrosa capaz de confundirse con una política basada en el resentimiento.

Primero lo nuestro no es una frase inocente. Aunque pueda interpretarse como una llamada a priorizar los intereses de Canarias, también contiene una carga simbólica basada en la división entre un «nosotros» y un «ellos». Y ahí aparece el problema. Cuando la política empieza a construirse sobre fronteras emocionales, aunque sean sutiles, corre el riesgo de alimentar dinámicas excluyentes que terminan deteriorando la convivencia.

En el caso de Canarias el peligro puede resultar aún mayor cuando «lo nuestro» se interprete, tal cual ha sido hasta la fecha, como «lo de mi isla» en contraposición a los intereses de las otras siete. Basta una tournée por las islas para llegar a esa conclusión.

Canarias es una tierra diversa. Aquí vivimos personas nacidas en las islas, peninsulares que hicieron de Canarias su hogar, migrantes de múltiples países y generaciones enteras mezcladas culturalmente. Todos formamos parte de la sociedad canaria. Todos trabajamos, pagamos impuestos, educamos a nuestros hijos y contribuimos al bienestar colectivo. Reducir el debate político a «lo nuestro» puede transmitir, aunque no sea la intención explícita del nuevo partido, la idea de que existen ciudadanos más legítimos que otros. Y eso nunca debería tener cabida en un proyecto progresista.

Es precisamente ahí donde el lema resulta contradictorio con la imagen de centroizquierda que el nuevo movimiento pretende proyectar. Porque, aunque el partido pueda defender medidas sociales razonables y una agenda territorial justa, el lenguaje importa. Y Primero lo nuestro tiene un tono que recuerda a consignas identitarias utilizadas históricamente por movimientos nacionalistas duros o incluso por discursos ultras en distintos lugares del mundo. No porque el partido sea ultra, sino porque el mecanismo emocional del lema se parece demasiado: primero los nuestros, primero los de aquí, primero los que pertenecen al grupo.

Las palabras crean marcos mentales. Y cuando un lema político normaliza la idea de priorizar identidades frente a una ciudadanía compartida, abre una puerta difícil de controlar a largo plazo. Hoy puede usarse con una intención moderada; mañana, otros pueden utilizar esa misma lógica para justificar posiciones más agresivas o excluyentes. La historia política europea demuestra que muchas fracturas sociales comienzan precisamente así: con mensajes aparentemente suaves que apelan al sentimiento de pertenencia frente al otro.

Defender a Canarias no debería significar levantar barreras emocionales. Se puede exigir una financiación justa, mejores infraestructuras, políticas adaptadas a la ultraperiferia, mayor control sobre la riqueza propia y más atención del Estado sin caer en discursos que separen a quienes viven en las islas. De hecho, la fortaleza de Canarias siempre ha estado en su capacidad de mezcla, de apertura y de convivencia entre distintas culturas.

Es perfectamente posible sostener dos ideas al mismo tiempo: que Canarias necesita ser escuchada y atendida debidamente desde Madrid, y que todos los que vivimos aquí somos iguales, independientemente de nuestro origen. Ambas cosas no solo son compatibles, o deseables, son necesarias. Un proyecto político moderno debería aspirar a unir a la ciudadanía canaria en torno a objetivos comunes, no a reforzar identidades defensivas.

Por eso, el problema no está necesariamente en las intenciones del nuevo partido, que pueden ser legítimas e incluso compartibles en muchos aspectos. El problema está en un lema que, quizá buscando cercanía emocional, termina enviando un mensaje ambiguo y potencialmente divisivo. Y en política, los símbolos y las palabras importan tanto como los programas.

Canarias necesita más voz y más independencia, sí. Pero también necesita discursos que sumen, integren y eviten sembrar pequeñas fracturas que con el tiempo puedan hacerse mucho más grandes.

P.S.: ¿De qué me suena a mi «Prioridad Nacional»?

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