Opinión | Tropezones
Accidentes sin sentido

Búsqueda de la mujer desaparecida en Sayalonga
Acabo de leer el caso de una mujer de 35 años que en el reciente temporal de Málaga se lanzó al río Turvilla para intentar rescatar a su perro. La mujer fue arrastrada por las aguas y recuperado su cuerpo un kilómetro río abajo, mientras el perro se ponía a salvo por su propia pata.
Es este uno más de esos percances cuyos titulares en los medios suelen pregonar la fatalidad o la coincidencia de casualidades que habían de contribuir al fatal desenlace.
Pues ya está bien, oiga. Son estos accidentes perfectamente evitables, a poco que los protagonistas hagan gala de algo de sensatez. Veamos otros dos ejemplos.
Hace ya unos años murió en accidente de tráfico nuestro admirado César Manrique, que tenía yo el placer de conocer. Las circunstancias de la colisión cuando regresaba de la Fundación a su casa de Haría han sido ampliamente difundidas: que si ese día no tenía el chófer que solía conducir su Jaguar, que si encima en el momento del accidente César se había olvidado sus gafas, que fue embestido por un solitario jeep en un cruce de escaso tráfico, etc. Como ven una «concatenación de casualidades» cuasi predestinadas para encauzar la tragedia que se llevó por delante a nuestro querido amigo. Perdona César, pero la fatalidad poco tuvo que ver con tu falta de obligada cautela en la conducción, ni con lo que me atrevo a presumir tus acostumbradas prisas, dictadas por tu conocida y entrañable vehemencia.
Como tampoco fue único protagonista el destino en el estremecedor accidente del escritor y filósofo Albert Camus en el año 1960. Aunque no lo conociera personalmente, sus escritos me han dejado sin duda una huella de empatía con su visión de la vida muy cercana a una amistad.
En dicha ocasión iba Camus de copiloto en el coche de su amigo y editor Michel Gallimard. En una recta de gran visibilidad por la que circulaba a gran velocidad el sedán deportivo, un reventón del neumático delantero le hizo perder el control al conductor, estampándose el vehículo contra un árbol, partiéndose en tres pedazos, y perdiendo la vida Camus en el acto, con tan solo 46 años.
¿Fatalidad? Tal vez en el inevitable reventón. Pero no en la imprudencia de conducir el lujoso Facel Vega a altas velocidades por una carretera recta sí, pero flanqueada por una recia arboleda a ambos lados de la misma. No me voy a aventurar a una posible demostración de potencia de un coche capaz de superar los 200 kilómetros por hora, pero se sabe que Camus había comentado poco antes, cruel paradoja, que «no conozco nada más idiota que morir en un accidente de coche». Si a esto añadimos que el escritor tenía sacado un billete de tren al que nunca había de subir, y que aunque no se comparara con los éxitos literarios posteriores, su primer libro se titulaba Una muerte feliz, tal vez la divina providencia tuviera algo que ver después de todo en este macabro juego.
Sea como fuere y como confirmación de lo efímero de nuestro paso por esta vida, permítanme cerrar con dos citas.
La primera del propio Camus: «la felicidad es la mayor de las conquistas, la que se enfrenta al destino que nos es impuesto». Y la segunda, en cierto modo corolario de la primera, del poeta latino Horacio, que ya 60 años antes de Cristo proclamaba: «¡Carpe diem!».
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