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albert sáez
¿Puede dar explicaciones Sánchez?

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este viernes a su llegada a un acto en el Instituto Cervantes. / ZIPI ARAGON / EFE
Los físicos definen un fenómeno que llaman desgaste de materiales. El uso, debido o indebido, de un objeto acaba por desgastarlo y pone en riesgo que responda a lo que se espera de él. Las pastillas del freno de nuestros coches son un ejemplo cotidiano. Pedro Sánchez es un material desgastado que da respuestas al continuo de investigaciones judiciales de una manera que ya no provoca el efecto esperado. Del garbanzo negro que fue Ábalos, pasamos a la decepción con Cerdán y a la estupefacción con Zapatero mientras la teoría del «lawfare» (ahora vemos que quizás convertida en práctica por Leire Díez) intenta apaciguar los efectos de las causas contra Begoña Gómez y David Sánchez. Cada nueva explicación deja más en evidencia que la anterior era una mera excusa. Procesos judiciales al margen, el póker de prendas que forman Koldo García, Víctor Aldama, Leire Díez y Julito Martínez ya exigen una explicación de por qué han estado tan cerca del presidente del Gobierno que llegó para acabar con la corrupción y por qué han entrado y salido de la sede del PSOE como Pedro por su casa. Sánchez nunca ha explicado eso, ni a los ciudadanos, ni a sus socios parlamentarios, ni a sus votantes, ni, sobre todo, a los militantes del PSOE que le auparon a la secretaría general precisamente para erradicar a ese tipo de elementos.
El juez Pedraz, poco sospechoso de formar parte de una trama judicial, pone el acento en que las maniobras para desbaratar las investigaciones contra el entorno de Sánchez se pusieron en marcha coincidiendo con aquellos cinco días de reflexión que se tomó el presidente al inicio de la investigación sobre Begoña Gómez. Una consideración con poco recorrido judicial, pero que supondría la mejor condensación del proceder de Pedro Sánchez: cubrir su ansia insaciable de poder con un azucarado discurso sobre la ética política y el acoso de la oposición política y judicial. Aquellos días, quienes escribimos poniendo en duda el gesto, recibimos sobre nosotros toda la ira presidencial y se nos acusó poco menos que de deshumanizar al presidente. Si su retiro no fue espiritual sino material, si su silencio no era reflexivo sino táctico, si usó los recursos del PSOE para montar una «kitchen» que protegiera a su familia, si dilapidó la buena fe de los militantes en beneficio propio, la hiperbólica actuación judicial y mediática no le exime de dar explicaciones y dejar de esconderse en excusas. Los militantes no se lo merecen.
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