Opinión | Ángulo muerto
Patricia Sánchez Ramos
La jugada maestra del azar

Una guagua municipal recogiendo a pasajeros en la estación de San Telmo, en la capital. / José Carlos Guerra
¿De verdad controlas el día? Te levantas, te duchas, apuras el café mirando la pantalla y repasas mentalmente la ruta más eficiente, como si así pudieras domar la rutina. Sales convencido de que tu vida es voluntad: una línea recta entre el «plan» y el «resultado». Das el primer paso fuera de casa y entonces un semáforo en rojo decide por ti.
La realidad es más terquedad que promesa: vivimos rodeados de desvíos que no pedimos. Y, aun así, empeñamos el día en negar esa parte. Hoy la tecnología lo intenta hacer por nosotros. Nos vende una vida sin fricción. Una línea azul brillante que promete evitar el atasco en los túneles de Julio Luengo, esquivar el esqueleto eterno de la MetroGuagua, reducir al mínimo el imprevisto del mapa. Queremos llegar cinco minutos antes como si el tiempo fuera un fallo a corregir, no un tejido que se estira y se rompe.
Esa fe en la optimización es cómoda: te deja caminar sin mirar demasiado alrededor. Y puede ser, en parte, una trampa psicológica. Porque por más perfecto que sea el trayecto, hay un detalle que no encaja: la vida no se anuncia con rutas, ni ocurre en las autopistas que el mapa marca en azul. Ocurre cuando la señal se pierde. En una calle cortada en Vegueta que te obliga a girar sin guion o en el salitre que sube por Guanarteme recordándote que no todo puede medirse en tiempo. Aparece en el encuentro inesperado, en ese semáforo de León y Castillo, donde alguien que no esperabas te devuelve la mirada justo cuando el reloj te apremia. Ahí es donde empieza de verdad tu día. Deja de enfadarte con lo que te devuelve el mundo. Ese «error» —el atasco, el retraso, la vuelta inesperada— no es un fallo del sistema; es el resquicio vital por donde se cuela lo humano, ese espacio donde la vida ocurre.
A veces, lo real no se interpone en tus planes: tus planes estorban a lo real.
Somos adictos al control. Nos incomoda el vacío de un minuto: ese instante en el que la guagua se detiene en San Telmo y no hay nada que hacer salvo mirar a través del reflejo de la ventanilla, hacia uno mismo. Y ahí, justo ahí, empieza lo que no cabe en la ruta: la conciencia de que nada está bajo nuestro mando.
Jorge Luis Borges imaginó un laberinto sin paredes: ese trazado invisible que dibujamos con nuestros hábitos para simular un orden. Siempre hemos vivido así: fuera de nosotros, empujados por la inercia de una ruta que no admite sorpresas. Ese miedo al desvío no es nuevo; es el viejo refugio donde nos sentimos a salvo mientras la vida sucede en otra parte.
Y entonces surge la pregunta incómoda: no es solo que no controlemos el azar, es que, quizá, ¿hemos dejado de querer convivir con él?
Porque el azar no es tu enemigo, no viene a derrotar tus planes; los completa. Sin fricción no hay memoria; sin desvío no hay historia. Cuando eliminamos el imprevisto, eliminamos el relato, y una existencia perfectamente optimizada no está ordenada: está amputada de acontecimientos. No llames «fallo» a lo que, simplemente, es la vida sucediendo a pesar de ti.
Bájate del pedestal: no eres el arquitecto de tu ruta. Nunca fuiste el jugador; eres la jugada. Deja que el azar te gane la partida. ¿Quién sabe? Igual es hoy tu día: ese en el que, por fin, te pierdes para encontrarte. Mientras sigas pegado a esa línea azul que te dicta el siguiente paso, solo recorrerás un pasillo iluminado… pero vacío de mundo.
Hoy el azar te juega. Y tú eres su jugada maestra.
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