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Opinión | Observatorio

Roberto Miño Reig

Las Palmas de Gran Canaria ante su mejor momento

Vista de la playa de Las Canteras, en el entorno de La Cícer

Vista de la playa de Las Canteras, en el entorno de La Cícer / Nacho González Oramas / Turismo LPGC

Durante demasiado tiempo hemos cometido un error colectivo: creer que las ciudades compiten por ser las mejores en todo. Como si el éxito urbano consistiera en tener el mayor distrito financiero, el aeropuerto más grande, el mayor número de rascacielos o la economía más poderosa.

Pero la historia económica demuestra algo distinto. Las ciudades que transforman épocas no ganan por hacer todo mejor que las demás; ganan por descubrir aquello que solo ellas pueden hacer extraordinariamente bien. La Venecia de los siglos XI al XV sabía que no era una potencia territorial inmensa, pero buscó su grandeza en darse cuenta de que podía ser uno de los grandes centros financieros y comerciales del mundo conectando las rutas asiáticas y europeas del momento. La Lisboa del S. XV comprendió que su papel en el mundo era liderar rutas oceánicas en el atlántico convirtiéndose en un centro de referencia mundial de encuentro de mercaderes, exploradores, capital y conocimiento. La Hong Kong del S. XIX, sin recursos naturales con los que competir y en medio de un avispero bélico sin precedentes, supo interpretar cual iba ser su papel en el futuro apostando por ser un centro logístico mundial y por su estabilidad y apertura internacional. O más recientemente la Amsterdam del S. XXI o la San Francisco del S. XX que siendo ciudades industriales durante siglos supieron reinventarse, a partir de su posición en el mundo, apostando por la innovación y el talento convirtiéndose en dos polos tecnológicos y financieros de orden mundial.

Y es que la evolución de las ciudades a nivel mundial demuestra que solo evolucionan las que «se lo creen» y trabajan en identificar las transformaciones globales antes que otras en el marco del entorno social y geográfico en el que viven. El patrón se repite: la prosperidad surge cuando una ciudad comprende el nuevo mapa del mundo antes que los demás. La pregunta, por tanto, no es qué fue Las Palmas de Gran Canaria, sino qué papel puede desempeñar en el mundo que está emergiendo. Y es que si el siglo XXI está desplazando parte de su centro de gravedad hacia el Atlántico, hacia África Occidental, hacia la logística global, la economía digital y las infraestructuras de conectividad, Las Palmas debe dejar de sentir que forma parte de una periferia geográfica global y asumir el reto colectivo e ilusionante de que debe ser un nodo estratégico de envergadura mundial. Las Palmas es,sin dudas, la invitada de honor de una hermana llamada Africa que demanda socios mundiales que puedan ser su backup digital, tecnológico y logístico que garantice su crecimiento y prosperidad. Y es que parte de unas ventajas competitivas, de conectividad y de seguridad jurídica sin parangón en su entorno. Un nodo global que tiene todo para compatibilizar su crecimiento económico sin complejos con seguir manteniendo los valores históricos irrenunciables de esa atrevida ciudad marinera amable con sus ciudadanos y con los que la visitan.

Y es que las ciudades del futuro no competirán en tamaño, sino en inteligencia estratégica, en talento y en amabilidad en su día a día. Porque las grandes ciudades del futuro quizá no sean las más grandes. Quizá sean las más deseadas. Naturalmente, esto no ocurrirá por sí solo. Requerirá ambición. Requerirá políticas de vivienda ambiciosas e inteligentes, infraestructuras modernas, conectividad internacional, apuesta por la innovación y seguridad jurídica. Pero las grandes transformaciones siempre empiezan con una idea previa: creer que algo es posible. Las Palmas no necesita convertirse en otra ciudad. Necesita convertirse plenamente en sí misma. Y tal vez la pregunta correcta no sea si puede ser una de las grandes ciudades del mundo. Tal vez la pregunta sea por qué no habría de serlo.

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