Opinión
Abierta la campaña de 2027

Archivo - El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, durante un desayuno informativo de Nueva Economía Fórum, en el Hotel Mandarin Oriental Ritz, a 5 de marzo de 2026, en Madrid (España). / Ricardo Rubio - Europa Press - Archivo
La primera reacción frente al auto que imputaba al expresidente Rodríguez Zapatero fue la incredulidad. Una incredulidad que comenzó a escupir como un poseído y que ya entonces alguien - uno de los periodistas de las mañanas televisivas contratados por el Gobierno - arrastró hasta la conspiración. Antes de 48 horas se produjo un movimiento extraño. No, no, el auto era muy serio, había indicios muy preocupantes, esto no era lawfare. Gabriel Rufíán abanderó este giro. Rufián es uno de los políticos más estúpidos e ignorantes que ha sufrido la política española - y catalana - en los últimos veinte años, pero muchas parroquias de las izquierdas lo escuchan, tal vez por eso mismo. Nada produce más interés en un imbécil que otro imbécil con capacidad creativa para soltarle infinitas versiones de lo que quiere escuchar. «Si esto es verdad, es una mierda», dijo el prócer progresista desde su escaño del Congreso de los Diputados. Paradójicamente bajó la tensión. Sánchez expresó todo su apoyo al expresidente, pero no mencionó ni aludió a ninguno de los asuntos del auto, entre ellos, la millonaria ayuda a la compañía Plus Ultra decidida en Consejo de Ministros. Contigo en la distancia te amamos, te queremos, te guardamos afecto, te apreciamos bastante. Pero luego llegó el auto del juez Santiago Pedraz, producto de investigación sobre las actividades cloaqueras de Leire Díaz et alii y la autorización para el requerimiento de documentación de la sede federal del PSOE en Ferraz, que culmina, entre otras, en la imputación de la gerente de la organización socialista. Y eso lo cambia todo. Desde el pasado día 27 el Gobierno sanchista formaliza a través de sus terminales mediáticas la emergencia de una conspiración política, judicial y mediática para derribarlo y abrir el camino a la derecha ultraderechizada. El apocalipsis. En el auto de imputación de Rodríguez Zapatero escrito por José Luis Calama no se menciona jamás a Pedro Sánchez. En el auto de Pedraza el actual jefe del Ejecutivo figura siete veces. Siete alusiones directas y otras cinco indirectas. Cúa -cuá ya lo contaba en El País este fin de semana: Sánchez ha llamado a resistir contra los franquistas, los posfranquistas, los retrofranquistas, los neofranquistas, los semifranquistas y los casi franquistas. El agua de todas las piscinas de la élite psocialista se han coloreado de rojo y los cuarentañeros de Más Madrid rediseñan sus parterres con arbustos en forma de hoces y martillos. Ahora mismo cerca de un centenar de talentosos meatintas escriben en La Moncloa una novela colectiva que reducirá a un cuento chino a Libra, del simpar Don Delillo.
Mejor agarrarse, que vienen curvas. Ha empezado la campaña electoral de 2027. Rodríguez Zapatero va a prestar (ahora muy involuntariamente) un último favor al PSOE. Se le ha reservado el papel de mártir de la conjura. Se proyectará su imagen en los mítines. Manifiestos, denuncias en los juzgados, las bestialidades de Óscar Puente elevadas a retórica de partido, movilizaciones sindicales, manifas y paros, Bernie Sanders y Zohran Mamdani mitineando en la Casa de Campo, marchas contra el fascismo, conflictos heroicos con los gobiernos autonómicos del PP y Vox, grabaciones de Feijoo insinuándose a un percebe, una versión de Miguel Ríos del No pasarán, Silvia Intxaurrondo presentando todos los telediarios (incluidos los del fin de semana) y Bob Pop dirigiendo Radio Nacional, una carta diaria a la soberanía sobre el estado afectivo-sexual del presidente, Begoña Gómez candidata al Senado, la mayor subida de las pensiones públicas y del salario mínimo interprofesional a partir del 1 de enero. Todo para impedir que triunfe el mal, es decir, que los ultras no derriben al Gobierno. Lo jodido, claro, es cómo podrían derribar el Gobierno, lo sorprendente resulta esa insólita amnesia sobre los mecanismos constitucionales: si el presidente decide convocar elecciones - solo puede hacerlo él - son los ciudadanos los que decidirían quienes gobernarán los próximos cuatro años. Así ocurre en una democracia parlamentaria, ese cacharro institucional que se ha vuelto odioso y prescindible tanto para el PSOE como para el PP.
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