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La agonía de la verdad

La agonía de la verdad

La agonía de la verdad / La Provincia

Esta mañana comentaba con mi amigo de los paseos mañaneros lo felices y tranquilos que vivíamos en nuestra juventud e, incluso, en nuestra madurez. Evidentemente, no éramos ingenuos; sabíamos que existían infracciones, pero vivíamos confiados. Nuestra sociedad y el mundo en general parecía basarse en unos mínimos pactos morales: aunque debía guardar las formas, el político podía ser ambicioso; aunque el juez pudiera equivocarse, la justicia se respetaba por su imparcialidad; aunque el árbitro favoreciera al poderoso alguna vez, el deporte seguía siendo deporte; el sacerdote era un ser humano y podía pecar, pero a la institución se le mantenía en alta estima. Había fisuras, sí, pero las paredes aún resistían. Había espacio moral en el que confiar y, sin ser perfectos, podíamos ser felices.

También había corrupción, claro: algunos abusos, favoritismos, injusticias e hipocresías. De vez en cuando estallaba un escándalo: un alcalde cobrando comisiones, un empresario comprando licencias, un famoso arruinado por su avaricia, un policía sobornado. Pero precisamente aquel escándalo ponía de manifiesto que aún existía un límite moral. La transgresión se ocultaba porque suponía una vergüenza. Ese era el viejo acuerdo al que esta mañana bautizamos como «el de la mentira encubierta o subyacente»: todos sabíamos que existía, que el mundo no era perfecto, pero rastreábamos y aspirábamos a la verdad.

Hoy eso ha cambiado. La mentira actual ya no se esconde. A esta convinimos en denominarla la «mentira manifiesta o arrogante». Arrogante porque se exhibe con orgullo y porque se convierte en estrategia, en información fidedigna y en identidad. Ya no sólo destruye carreras y trayectorias sino que también las construye. Con la mentira se logran gobiernos, se manipulan elecciones, se fabrican héroes y villanos repentinos. Se exponen titulares falsos, se fragmentan declaraciones, se filtran audios interesados. Se compran voluntades y, todo ello, para destruir al adversario.

La verdadera tragedia está en que antes, el corrupto aparentaba ser honrado y hoy, el farsante se jacta de serlo. Y digo que es una tragedia porque cuando una sociedad pierde la vergüenza de mentir, pierde también la obligación de justificarse. El político ya no dimite al ser descubierto, se defiende acusando a otros de conspiración. Los partidos denuncian exactamente aquello que ellos mismos practican. Los corruptos se presentan como víctimas. Y para más inri se aplaude y encumbra al corruptor: ¿Cuándo nos volvimos tan idiotas?

Y a todas estas, la verdad agoniza. No desaparece de golpe. La verdad languidece lentamente, por desgaste, por cansancio, por burla o por sarcasmo. Ya no es relativa o incómoda: es inútil. Ya no importa si algo ocurrió realmente; ya no importa demostrar, basta con insinuar. En muchos sectores la mentira ha dejado de ser una excepción para convertirse en el lenguaje común. Te la sirven en las bandejas de las redes y los medios ataviada con ropajes de verdad. La mentira significa desinformación y esta no es otra cosa que la manipulación de la percepción pública.

Y entonces, nos preguntamos: ¿por qué seguimos viviendo tan ricamente nuestra normalidad cotidiana en medio de tal degradación moral? Y, entre los dos paseantes concluimos que afortunadamente, siempre nos quedarán espacios afectivos a los que agarrarse y, en nuestra infinita capacidad de adaptación, seguimos confiando en los amigos leales, las familias honestas o los ciudadanos íntegros. Seguimos creyendo en los pocos políticos que cumplen su palabra, en los maestros que enseñan con vocación, en los médicos que trabajan hasta la extenuación, en las madres y padres esforzados, en la gente sencilla ….. Todos ellos son el sostén de la verdad humilde que sigue existiendo, callada y resistente.

Y por eso escuece más el espectáculo público. Duele ver cómo la mentira, cada vez más agresiva y soez, invade los parlamentos, los platós y las redes sociales. Duele comprobar que cuanto más atrevida es una falsedad, más eficaz parece. Y duele, sobre todo, al recordar que hubo un tiempo —tal vez imperfecto, o tal vez ingenuo— en que la verdad todavía conservaba prestigio. Porque antes, aunque existieran corruptos, nadie admiraba la corrupción. Aunque hubiera engaños, nadie los defendía como virtud. Aunque hubiese manipulación, aún se respetaba la idea de honestidad.

La gran debacle de nuestros días no es política ni económica, es moral. Hemos dejado de creer que la verdad merezca ser defendida. Y cuando una sociedad pierde la fe en la verdad, acaba perdiendo también la fe en la justicia, en la honradez, en las instituciones y, finalmente, en el prójimo que le rodea. ¿Les suena de algo?

No obstante, repito, incluso en esta agonía, la verdad conserva una extraña resistencia. Puede ser derrotada, ocultada, ridiculizada o aplazada, pero nunca eliminada del todo. Porque en nuestro ADN llevamos el convencimiento de que una sociedad sólo puede sostenerse sobre una creencia compartida en la verdad.

Esta mañana, cuando mirábamos atrás, hacia aquella vida aparentemente ingenua, nos sobrecogió llegar a la conclusión de que no éramos felices porque el mundo fuese puro, sino porque todavía creíamos que la verdad importaba.Final del formulario.

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