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Discurso y realidad

Fernando Clavijo preside la reunión del Consejo de Gobierno.

Fernando Clavijo preside la reunión del Consejo de Gobierno. / Acfi Press

De vez en cuando uno escucha y sobre todo lee cosas rarunas. Generalmente la expresión anomalía, sobre todo en política, se utiliza derogatoriamente. Pero a veces no es así y es cuando mayores sospechas hermeneúticas caben. A propósito del discurso pronunciado por el presidente Fernando Clavijo con motivo del Día de Canarias se ha podido leer desde que es una gamberrada independentista hasta que supone la expresión natural de una extendidísima (sic) conciencia nacional canaria. Lo primero es lo suficientemente chusco para no ser tomado en cuenta. Pero lo segundo se me antoja realmente pasmoso porque si algo deja claro que no existe tal conciencia nacional es, precisamente, los resultados electorales de las opciones nacionalistas, sea el (mayoritario) nacionalismo de centro derecha de CC como el (minoritario) nacionalismo de centro izquierda de Nueva Canarias. Desde luego los canarios saben que viven en islas y es de agradecer que se nos reconozca la suficiente lucidez como para darnos cuenta. También hablamos un dialecto definido, comemos gofio, nos emocionan nuestros paisajes, somos mar, salitre y lava y todo el etcétera benitocabreresco. Pero esos elementos sentimentales no constituyen una conciencia nacional en ningún sitio. Como mucho alumbran o confirman un regionalismo lacrimal y ensimismado. La otra gran evidencia que demuestra la irrealidad de la conciencia nacional canaria es que no existe la nación canaria. Porque la nación deviene obra deliberada de la conciencia nacional y no al contrario, como explica magníficamente Ernest Gellner. Canarias representa un caso muy claro de modernidad frustrada y desde esa frustración se entiende la tardanza, fugacidad y –a menudo – la incoherencia de las intentonas políticas para construir un movimiento nacionalista sólido enraizado en una sociedad civil menesterosa. Sin burguesía no crece y madura ningún nacionalismo y en Canarias a burguesía fue, hasta anteayer, esclerótica, dependiente, conformista. Existe un pacto histórico más o menos diáfano entre el bloque de poder en Canarias (los grandes propietarios agroexportadores) desde el siglo XVI y la monarquía española: libertades económicas y fiscales a cambio de lealtad política e institucional. No parece un territorio precisamente fecundo para que germine una fuerza nacionalista potente y ambiciosa y con instrumentos para legitimarse social, cultural e ideológicamente. Para ver los primeros brotes (al cabo fallidos) se debió esperar hasta finales el siglo XIX

Desde un punto de vista electoral (a escala autonómica) la totalidad del nacionalismo canario mantiene una fuerza semejante a la de hace un cuarto de siglo: entre 26 y 27 diputados poco más o menos. Y es uno de los reproches que cabe hacer justificadamente a Coalición y a NC: su gestión de gobierno, con aciertos y fallos, con éxitos y fracasos a menudo entrelazados, no ha estimulado sensiblemente el crecimiento, no digamos la galvanización, de una conciencia nacional. También pueden argumentar que se dedicaron prioritariamente a gestionar los intereses generales, pero la respuesta es poco satisfactoria. Son recuerdo un momentum en el que durante cierto instante (entre 2012 y 1014) pareció coagularse una suerte de respuesta protonacionalista bastante mayoritaria: cuando decenas de miles de ciudadanos se manifestaron en todas las islas contra las prospecciones petrolíferas de Repsol en aguas cercanas a Fuerteventura y Lanzarote. Lo que impide el crecimiento del nacionalismo canario hasta obtener una cuasihegemonía político-electoral es la disgregación partidista, las insuficiencias en articular más y mejor y más valientemente un proyecto de país y, muy singularmente, la orfandad de no contar con élites empresariales dispuestas a exigir sin ambages lo necesario – financiera, programática, jurídicamente – a Madrid para encaminar las reformas imprescindibles de la economía canaria bajo las premisas de la viabilidad, la cohesión social y la diversificación. El último artículo de Pedro Alfonso, presidente de la CEO tinerfeña, es un buen ejemplo de no mencionar Madrid aunque sea San Isidro.

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