Opinión
Pablo Frade Perdomo
De la estupidez a la conciencia ética

Protesta contra el Gobierno de Benjamín Netanhayu en Israel. / Europa Press
Lamberto Wägner nos sorprendió el pasado mayo publicando en este periódico el artículo Anatomía de la estupidez, a raíz de la teoría de Dietrich Bonhoeffer; me alegro de que en esta ocasión se haya ocupado de temas menos anecdóticos y más sociales, ojalá esa tendencia se mantenga.
En su artículo, el autor se hace eco, punto por punto de un vídeo muchas veces reenviado sobre el tema, haciendo una valoración personal, comparando la estupidez, que como decía Bonhoeffer no es precisamente falta de inteligencia, con actitudes de personas cercanas; estoy deseando leer el artículo en que ha prometido hablar de su antídoto.
En su época, Bonhoeffer pensaba en las causas del ascenso del nazismo en Alemania, sobre todo le preocupaba cómo personas inteligentes fueron capaces de renunciar a su juicio propio para entregarse a un líder, a un grupo o a una ideología.
Pero la clave de esta teoría, perfectamente aplicable hoy en día, es la actitud acrítica frente a la uniformidad del grupo, si no por una ideología política o religiosa, como destaca L. Wägner, también hay que añadir que su causa hoy en día puede estar en la adaptación, el conformismo y la falta de responsabilidad sobre cuestiones tan importantes como la injusticia y la falta de coraje para defender los Derechos Humanos, a lo que colabora nuestra aburguesada forma de vivir, todo ello alentado por la caja de resonancia de las redes sociales, con la tendencia a creer y divulgar múltiples bulos y especialmente por la irrupción de la Inteligencia Artificial, que nos acomoda de tal forma que ahorra poderosamente el esfuerzo de buscar información y de pensar por nosotros mismos frente a la opinión de la mayoría; pero el problema principal, como siempre, es del poder que maneja estas redes y esta IA; es un peligro muy cierto el que se nos viene, pues las tentaciones antidemocráticas andan al acecho y ese campo de cultivo les beneficia poderosamente.
Bonhoeffer planteó una ética movida por un ideal cristiano comprometido; frente al silencio y el conformismo, exaltó la responsabilidad por el prójimo y el mundo, incluso en situaciones extremas, sufriendo directamente sus consecuencias; pero, como tantos otros pensadores de la historia, como Sócrates, Kant, Marx, Nietzsche…, nos dejó su compromiso en su obra para siempre.
Hoy en día podemos observar múltiples ejemplos de su teoría; la Ética no pasa por su mejor momento, incluso desaparece como materia de los currícula educativos en España, todo un síntoma del valor que se le da en la sociedad actual; cuestiones como la responsabilidad, el compromiso por los derechos humanos, el respeto a la dignidad humana, parecen diluidos en un mundo marcado por la guerra y la dominación; la crítica de Bonhoeffer al antisemitismo nazi hoy choca con la actitud intolerante e imperialista del gobierno de Netanhayu frente a los pueblos de los territorios ocupados, como Gaza o Cisjordania; la invasión de Ucrania por el gobierno de Vladimir Putin, las múltiples amenazas y las acciones del gobierno de Trump.
Frente a todo ello, sorprende positivamente la actitud valiente y comprometida del Papa León XIV, que en su encíclica Magnifica humanitas, publicada el 25 de mayo de 2026, de una enorme trascendencia actual, advierte de los peligros del tecnofascismo, por lo que hace un llamamiento a los Estados a intervenir para su regulación, llegando a fijar su posición contraria a la teoría de la «guerra justa» invocada por la Casa Blanca. Advierte del peligro del posthumanismo y del desprecio a la verdad, reivindicando la memoria histórica y advirtiendo, como ya hizo Hanna Arendt, de que el desinterés por la verdad conduce inexorablemente al totalitarismo, cuyo caldo de cultivo está sobre todo en «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)».
La clave, pues, está en nuestra actitud ante todo lo que nos rodea; está muy bien disfrutar de lo bueno que nos da la vida, pero si eso se convierte en una actitud de permanente conformismo, en un antifaz para no mirar más allá, hacia el verdadero contexto del mundo en que vivimos, si nos negamos a enfrentar la realidad completa, no circunscrita a nuestro reducido entorno, si cerramos los ojos ante cuestiones tan reales como la pobreza, la inmigración, los pueblos oprimidos por la guerra, la desigualdad, la injusticia, la soledad no deseada, si renunciamos a la verdad y al diálogo sincero frente al escapismo o al enfrentamiento, entonces perdemos nuestra verdadera naturaleza, nos convertimos en presa fácil de los poderes oligárquicos y, con el tiempo, dejamos de «ser humanos».
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