Opinión | Observatorio
Josep Borrell
El peor crimen

El estrecho de Ormuz, el termómetro del precio internacional del petróleo. / ARCHIVO
Llevamos semanas pendientes del estrecho de Ormuz. Lógicamente, el petróleo y los fletes marítimos nos afectan directamente al bolsillo. Cualquier cambio de expectativa hace temblar los mercados financieros. Pero apenas dedicamos una ráfaga de telediario a la peor guerra de nuestro tiempo que desde hace ya tres años se libra a pocos miles de kilómetros de Ormuz y ha producido la mayor crisis humanitaria del planeta.
En Sudán, dos señores de la guerra iniciaron una descarnada lucha por el poder que ha dejado ya unos 400.000 muertos, según estima el Gobierno de Estados Unidos, 12 millones de desplazados y 21 millones en situación crítica de inseguridad alimentaria.
Campos de refugiados bajo asedio, colapso hospitalario de hospitales, epidemias de cólera y sarampión descontroladas y violencia sexual como arma de guerra. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU denuncia el riesgo de una violencia genocida extendida. La guerra se alimenta con el oro y el petróleo qué produce el país y el partido que toman los países vecinos por uno u otro bando.
¿Por qué Sudán ha desaparecido de nuestra agenda mediática y política casi por completo? Quizás porque la impotencia nos justifica la indiferencia. Pero esta se vuelve escandalosa justo cuando el mundo rico ha decidido, de forma casi coordinada, reducir la ayuda a los países más pobres, siguiendo la política de Trump. Desde el principio de su mandato ordenó suprimir de raíz la Usaid, la agencia estadounidense de cooperación al desarrollo. Y Elon Musk se encargó con entusiasmo de desmantelar lo que durante décadas fue el principal instrumento de ayuda exterior de la primera potencia mundial, que distribuía 40.000 millones de dólares anuales en asistencia sanitaria, alimentaria y humanitaria en más de cien países.
Recuerdo cómo de niño bebía leche en polvo que llegaba a mi pueblo en grandes barriles marcados con US AID. Sin esa leche decenas de miles de niños morirán. Los hombres más ricos del planeta habrán matado de hambre y enfermedad a los niños más pobres de la tierra. No es retórica calificarlo de crimen. The Lancet, una de las revistas médicas más rigurosas del mundo, estimó que esos recortes podrían causar 14 millones de muertes adicionales, entre ellas cuatro millones de niños menores de 5 años, de aquí al 2030. La débil respuesta a la epidemia de ébola es un ejemplo concreto y directo de lo que está ocurriendo.
Pero sería un error cómodo y peligroso presentarlo como un problema exclusivamente estadounidense o trumpiano. Reino Unido, Alemania, Francia, los Países Bajos, Bélgica, y Suiza han recortado también, y de forma significativa, su ayuda oficial al desarrollo. Y no han sido solo los gobiernos de derechas: la coalición liderada por el socialdemócrata Scholz en Alemania y el laborista Starmer en el Reino Unido siguieron, incluso iniciado, la misma tendencia, con el argumento del déficit fiscal y el gasto en defensa.
En Gran Bretaña la ayuda caerá al 0,24% del PIB en 2027. Francia ha reducido su ayuda en más de un 40% desde 2021, y para 2026 la devuelve a niveles de hace una década. La propia Comisión Europea ha previsto recortar un 35% los fondos destinados a los países más pobres para el periodo 2025-2027. En conjunto, la ayuda cayó casi un 25% en 2025. Una cuarta parte, en un solo año. Con una excepción honrosa: España ha mantenido e incluso incrementado levemente su aportación, resistiendo la presión del recorte generalizado. No es poco mérito en este contexto.
¿Por qué importa esto más allá de la solidaridad? Porque la ayuda al desarrollo no es una limosna ni una carga presupuestaria prescindible. Es, sobre todo en estos tiempos, una inversión en estabilidad. La pobreza y los Estados fallidos engendran conflictos, y estos crean redes criminales de todo tipo y flujos de refugiados que tanto agitan nuestra política interior. Las pandemias no respetan fronteras, como aprendimos a un coste enorme hace apenas unos años. El hambre y la desesperación son el mejor caldo de cultivo para el extremismo. Abandonar la ayuda al desarrollo y en particular a Sudán, Yemen o el Sahel, nos hace vulnerables además de responsables.
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