Opinión | Retiro lo escrito
Lealtad genuflexa

El ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres. / ZIPI / EFE
La propuesta de dictamen de la comisión de investigación sobre la compra de material sanitario durante la pandemia del covid mueve, sobre todo, a la melancolía. Desde un punto de vista documental no existe resquicio para la duda. Las comisiones de investigación que se abren en los parlamentos tienen como objeto dilucidar si existen responsabilidades políticas en una gestión pública incorrecta, gravosa, ajena al cumplimiento de los trámites y procesos administrativos de acuerdo a la legislación vigente. Como es obvio no dictan sentencias. Para eso están los tribunales. Es clarísimo que si se pierden cuatro millones de euros en una operación de legalidad sumamente dudosa para la adquisición de mascarillas sanitarias en medio de una pandemia que no llegaron jamás, existen responsabilidades políticas. Sin mover un dedo las responsabilidades políticas de los jerarcas del Servicio Canario de Salud son inmediatas. Pero si además esta fraudulenta compraventa contó con el conocimiento e incluso la intervención del consejero de Sanidad la responsabilidad política se amplía. Respecto, concretamente, al presidente Ángel Víctor Torres, la propuesta dictamen resalta como merecidamente dura. Los documentos y grabaciones obtenidos por la UCO demuestran palmariamente que Torres mintió tanto en el Senado como en el Parlamento de Canarias en lo relativo a su personalísimo y recalcitrante interés en los contratos con las empresas Soluciones de Gestión y Megalab. En un país medianamente civilizado Torres debería haber dimitido hace ya bastante tiempo. Claro que este no es un país medianamente civilizado y Torres no es ese santo varón que evita afeitarse a diario para no avasallar con su deslumbrante rostro de panadero honrado. Torres es un político profesional con más de un cuarto de siglo entre pecho y espalda – la última vez que cogió la tiza fue en 1999 -- el colmillo retorcido y un afiebrado instinto de supervivencia. El presidente socialista no perteneció a ninguna trama ni se metió un céntimo en el bolsillo, pero su infinita disponibilidad hacia sus superiores jerárquicos – básicamente el secretario de Organización y su mantecoso asesor – lo llevó a actuar más allá de toda prudencia, algo que demuestra, por cierto, que Torres no tiene nada que envidiar en punto de ambición política.
El PSOE, previsiblemente, se negó a admitir una comisión de investigación en la pasada legislatura. Se negó, incluso, a admitir que la propuesta para crear la comisión fuera debatida y votada en el pleno parlamentario. Si no existía comisión no se podría siquiera hablar de responsabilidad política y sin responsabilidad política no había nada de nada. En estos dos últimos años, en cambio, los socialistas se han visto obligados ridículamente a negar cualquier responsabilidad política en el Gobierno de Torres, y lo ha hecho con una jactancia entre grotesca y repulsiva. Fue extraordinario el desfile de personajes y personajillos que desfilaron por la comisión: desde directores de Emergencias que no tenían idea de nada pero te contaban que les habían dado una medalla hasta exconsejeros que se creen más listo de los muy listos que son y eludieron cualquier respuesta, pasando por empresarios bobalicones que se metieron con periodistas (un servidor, por ejemplo) porque no les gustaba lo que escribían, por no hablar de ese ternero bien cebado, Víctor de Aldama, o por un sobrado José Luis Ábalos, al que estos ojos que se han de comer la tierra vieron saludar, con golpecitos de cariño incluidos, varios diputados socialistas. Toda esta trama es complicada y liosa y hasta inextricable en varios aspectos, pero no es excepcionalmente oscura, gracias, en buena parte, al diligente trabajo de la policía judicial. No existe nada muy misterioso. No existe nada particularmente oscuro e incomprensible. Fue en Canarias donde la trama delictiva de Ábalos, Koldo García y Aldama y sus cuates consiguieron más receptividad, más comprensión y, al fin y al cabo, más facilidades operativas. Y todo, simplemente, a causa de un servilismo ramplón y genuflexo, para mantener contenta a la superioridad.
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