Opinión | Retiro lo escrito
Nosotros (y el papa)

El Papa León XIV bendice ambulancias con ayuda humanitaria para Ucrania
Esperamos al papa como se espera al cordero de Dios que quita el pecado del mundo, esperamos al papa como si esperásemos a Madonna para confirmar que existimos aunque ya nos crujan las caderas, esperamos al papa como al representante de Dios en la tierra que por eso mismo cuenta con los servicios de la mejor lavandería, esperamos al papa para vender algunos centenares más de ejemplares o aumentar las audiencias de los programas de radio y televisión, esperamos al papa como a una esperanza ecuménica o a una broma celestial, esperamos al papa como a un facha, como a u progre, como a algo que está por encima de esas miserias ideológicas, esperamos al papa como a un jefe de Estado o un líder religioso, esperamos al papa con nervios o con bostezos, esperamos al papa vaticinando lipotimias y aplausos, esperamos al papa como quien espera un castigo o un milagro. En nuestras pequeñas ciudades, que en realidad son grandes pueblos, todo lo del papa, por supuesto, es anecdótico, como lo que escuché el otro día, en un bareto cercano al puerto, pronunciado casi en voz baja:
– ¿Sabes que el papa está mosqueado?
– Nooo. ¿Por qué?
– Porque ha visto el recorrido que le han puesto en Santa Cruz y es el mismo que el del entierro de la Sardina…
Los dos borrachitos convulsionaron por las carcajadas. Como me descubrieron observándoles uno de ellos sacó un mechero del bolsillo, lo encendió y lo agitó a la altura de la cabeza. Siguieron riéndose hasta que la camarera cincuentona los mandó a callar con un aullido:
– ¡Ordinarios! ¡Nada de vacilones con el papa!
– Tú nunca has sido de curas, Mary – se defendió el más borracho.
– No es un cura –gruñó la mujer-. Es el papa, que no es lo mismo.
En el futuro, dentro de unos años o varias décadas, quedará perfectamente archivado lo que dijo León XIV en su visita a Canarias, como quedará grabado lo que dijeron Fernando Clavijo, Ángel Víctor Torres o hasta Carlos Tarife, al que seguramente Dios tendrá en su gloria. Lo que no va a quedar registrado atesorará, sin embargo, lo más interesante: aquello que hayan dicho, expresado, imaginado o callado los grancanarios, los tinerfeños, los isleños en general y en particular. Una de las grandes novelas latinoamericanas del siglo XX, muy poco leída hoy fuera del continente, se titula En noviembre llega el arzobispo, del gran Héctor Rojas Herazo. En un pueblo del caribe colombiano esperan la anunciada visita del arzobispo, acontecimiento que al cacique local, una bestia incomparable llamada Leocadio Mendieta, le produce a la vez orgullo y desprecio. Mendieta es uno de los grandes personajes de la narrativa escrita en español el pasado siglo. La luz de su crueldad es deslumbrante, como las metáforas de Rojas Herazo. La novela es un collage de relatos, situaciones, atmósferas y personajes con una fuerza expresiva excepcional que nada tiene que envidiar a Gabriel García Márquez, amigo y compañero de Rojas Herazo en varios periódicos y revistas. Toda la humanidad de ese bullente pudridero camino al Caribe queda consignada por la fuerza de un lenguaje todopoderoso. La visita del arzobispo simplemente funciona como un pretexto para desencadenar esa pasión creativa de contar un microcosmos hasta sus últimas consecuencias de lo bello y de lo atroz. Yo lo echo de menos aquí. Echo de menos que seamos incapaces de sentir la suficiente curiosidad por nosotros mismos. No formamos parte como extras aplatanados de la visita de un jerarca ilustre que previsiblemente nos tratará como a niños ligeramente tontorrones e irresponsables, como hizo el pontífice con los diputados y senadores el pasado lunes. Como recibiremos al papa habla mucho más de nosotros –nuestras expectativas, nuestra novelería, nuestro humor frustrado y nuestra religiosidad– que del pontífice. Prestar atención al fondo de nosotros mismos, dijo el maestro Eckhart, es prestar atención a Dios. O algo así.
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