Opinión | Visita de León XIV a Canarias
¡Chacho, vaya papa tenemos!
En tiempos de discursos calculados y personajes fabricados, su perfil humano resulta tan refrescante como esperanzador

Miguel Rodríguez
Hay visitas institucionales que se resumen en una vacía fotografía donde muchos meten codos para no quedarse fuera de plano. Otras, arrojan cientos de titulares de todos los colores. Y luego están aquellas que, sin pretenderlo, acaban convirtiéndose en un acontecimiento colectivo único, de dimensión histórica, que trasciende en el tiempo y se instala en la memoria de un pueblo 'sine die'.
La visita del papa a Canarias ha sido, sin lugar a dudas, la mayor promoción internacional de las Islas de su historia reciente. Una campaña de proyección impagable, imposible de diseñar desde ningún despacho, que ha vuelto a situar al Archipiélago en el epicentro del universo.
Pero por encima de eso, la presencia del León XIV ha sido una gran oportunidad para mostrar al mundo la Canarias que somos y la que no queremos ser, los valores que nos definen como sociedad abierta, solidaria y plural. Durante dos intensas jornadas, el planeta orientó la mirada, gracias al papa, hacia este rincón del Atlántico, en muchas ocasiones relegado al olvido y menosprecio.
Lejos de la imagen distante y solemne que muchos asocian al cargo, el vicario de Cristo ha demostrado ser un hombre con un lenguaje universal, natural y directo. Sin ambages. Capaz de hablar de las grandes cuestiones sin esconderse detrás de fórmulas vacías. Un líder espiritual que se expresa como habla la gente corriente, que incomoda y demuestra que la autoridad no consiste en elevarse sobre los demás, sino en caminar a su lado.
El sumo pontífice ha refrendado con sencillez un potente mensaje que trasciende el ámbito religioso y donde pide recuperar el sentido de compromiso colectivo, vivir en unidad con diversidad y recuperar la empatía de la humanidad.
Quizá por eso conecta incluso con quienes no comparten su fe, su ideología o su sacramento. El papa transmite autenticidad a raudales. Porque parece, sencillamente, un tío normal. Le gusta el deporte. Le gusta la música. Disfruta del contacto con la gente. Sonríe, bromea, escucha, se emociona y se deja interpelar al margen de absurdos protocolos. En tiempos de discursos calculados y personajes fabricados, su perfil humano resulta tan refrescante como esperanzador. Se podrá estar más o menos de acuerdo y ser muy crítico con algunas posiciones y acciones de la Iglesia. Se podrá discrepar, como es natural en una sociedad plural. Pero sería injusto negar la dimensión humana de un pontífice que ha hecho de la humildad una forma de liderazgo y de la empatía una herramienta para acercarse a creyentes y no creyentes.
Su visita deja una huella que va más allá de lo protocolario. Ha servido para recordar que todavía existen figuras capaces de reunir a personas muy distintas alrededor de ideas tan elementales como la convivencia, la solidaridad y la esperanza.
El único reproche que podría hacérsele a este misionero agustino, si es que cabe alguno, es que ya podría ser del Atleti o de la UD Las Palmas. Pero tiempo al tiempo, Robert. Pese a ello, ¡chacho, vaya papa tenemos!
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