Opinión
Javier Morán
Veinte mil vidas y mil hogueras

Ilustración del papa León XIV / Fernando Montecruz
León XIV ha realizado una defensa casi sin fisuras del primer principio que la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) expone acerca de la migración. Hay también un segundo principio del que también hablaremos aquí y que en el presente obscurece lo que haya de venir en pocos años para decepción de la esperanza cristiana, la única que queda tras el derribo de la esperanza marxista (el paraíso comunista), de la capitalista y liberal (mediante la «mano invisible/negra» de Adam Smith), o la postmoderna (liberarse de las cosas es más importante que adquirirlas, al modo aproximado que formula Zygmunt Bauman).
Pero vayamos a ese primerísimo principio, consistente en el derecho inalienable de todo individuo para desplazarse con el fin de mejorar sus penosas condiciones de vida. A decir verdad, si a cualquier persona se le planteara elegir entre permanecer en una vida insufrible o mejorar las condiciones propias y de su familia, elegiría lo segundo.
Dado que la DSI tiende a equilibrar sus postulados, tiene que negociar con realidades casi invencibles, la Iglesia también propone que es derecho de los estados articular que dichos procesos de inmigración se realicen ordenadamente. Aquí es donde comienzan los problemas. Décadas de inmigración desordenada, por ejemplo creando guetos que o bien han sido aislados por sus entornos o han tendido a su auto aislamiento, como ha sucedido en París y otros mucho núcleos de Europa, o entrando en espirales de pobreza, o haciendo imposible el acceso a la vivienda (problema agudizadísimo en los últimos años), han conducido a una situación extrema en la que naciones como Estados Unidos o varias europeas han determinado expulsiones masivas de inmigrantes.
Hasta la fecha, España se ha mantenido alejada de esa tendencia. Es indudable que ha destinado recursos públicos para paliar en buena medida una situación compleja, pero basta con leer cada año los informe de Cáritas o de la Compañía de Jesús acerca de los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros), para hallar denuncias sobre violaciones de derechos humanos sobre carencias sangrantes.
Añadidos a estas circunstancias, los brotes de xenofobia, a veces impulsados por colectivos diversos o posiciones políticas no proporcionan perspectivas esperanzadoras.
Este jueves precisamente, el papa León XIV escuchaba en el muelle de Arguineguín la narración del capitán de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, Tito Villarmea, con 18 años de experiencia en este organismo público, quien aseguró que junto a su equipo ha rescatado a «más de 20.000 personas» durante ese tiempo.
Sin embargo, casi paralelamente, los medios de comunicación recogían las hogueras que envolvían edificios y vehículos en Belfast, donde se habían producido acciones violentas contra la inmigración.
Al sur de Europa, en el Mediterráneo y en la fachada atlántica, los mares se han convertido en «cementerios sin lápidas», como advirtió el propio pontífice. Es indudable el compromiso y acción de la Iglesia católica en tares de acogida y atención a los inmigrantes, pero empezando por el papa y siguiendo por el voluntario más modesto, el cristianismo se enfrenta hoy a corrientes sociales y políticas que no auguran la mejora de las condiciones de vida, según la deseable Magnifica Humanitas.
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