Opinión
Una historia de violencia

Las viviendas presidenciales más famosas del mundo
Eso que llaman el “nuevo orden mundial” parece sustentarse en algo bastante viejo en lo que se refiere a imponer una jerarquía de poder: el miedo, la violencia. La guerra fría se basó durante más de cuarenta años en el terror a la aniquilación instantánea a partir del poder nuclear. Un miedo a la fuerza, ejercido tanto por violencia directa como estructural o cultural. Es cierto que, desde una mirada antropológica, las relaciones sociales desde los homínidos se han visto determinadas por el peso del ejercicio de la violencia o sus contrapesos. Es obvio también que la leña que hoy se reparte no parece muy distinta en el fondo a las que se han dado durante los últimos siglos, si acaso mediadas por algo más de conciencia cívica en una mayoría y a la vez por un desarrollo tecnológico que afina el alcance, la potencia de fuego o la crueldad. Pero hay algo en el fondo de todo esto que parece llevarnos a un tiempo pasado, entre la añoranza y la justificación, como si la metáfora del cowboy y las generaciones de hombres que se criaron aprendiendo que los puños marcaban la diferencia hubieran vuelto para contar la historia y enseñarla a los jóvenes. No ya en forma de películas de Ford o Peckinpah que invitaran a interpretar o contextualizarla en la historia americana o global, simplemente una vuelta a lo primitivo y brutal como forma de aceptar el mundo.
Algunas de las estancias y jardines de la Casa Blanca fueron diseñadas por el arquitecto exclavista James Hoban con la idea de intimidar a otros mandatarios nacionales. Al visitar a la nueva nación libre, el sentimiento que debían tener no era el de admiración o de envidia, sino cierta congoja ante un poder inmenso. Esa idea era totalmente opuesta a buena parte de la Declaración de Independencia y sus diez primeras enmiendas como derechos fundamentales a preservar. En este nuevo orden, no es de extrañar que en esos exteriores se celebren ahora veladas de MMA (artes marciales mixtas) en honor al ochenta cumpleaños del nuevo César, él cual cita también (por supuesto en segundo lugar) precisamente al 250º aniversario de dicha Independencia como motivo de la organización de estos combates en la residencia presidencial.
Si alguien ha visto un combate entero de MMA (no duran mucho dado el nivel de daño infligido), incluso siendo un forofo de esta disciplina, admitirá que es posiblemente el “deporte” (sobre esto hay otro debate) más violento que existe y con bastante diferencia del boxeo u otras luchas. Cuesta no pensar en el grave daño crónico que esta práctica ocasionará a quienes participan. La explicitud de los golpes y la sangre forman parte de la liturgia habitual. Lo que a mí me sugiere que esto se organice en un lugar como este es justo la idea de la violencia simbólica que Bourdieu conceptualizó, especialmente en el punto en el que hablaba de que para que esta se ejerza debe contar la con la complicidad de quienes la sufren (y no me refiero precisamente al luchador caído que se agencia una buena bolsa).
Al lado de donde ahora vuela la sangre y se honran los golpes, Martin Luther King tuvo un sueño y congregó a más de 250.000 personas proclamando algo sideralmente distinto a estos nuevos juegos romanos. Formaba también parte del poder simbólico y nuestra historia de violencia global, pero por motivos y objetivos opuestos. Puestos a repartir hostias como forma de organización del mundo, mejor mantener la esperanza en las que se dan en los viajes papales a las fronteras de la dignidad humana.
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