Opinión | RETIRO LO ESCRITO
Hasta el fin

Imagen de archivo / Andrés Gutiérrez
Desde el interior de la biblioteca, a través de un ventanal, veo como se acerca lentamente, el pelo gris, el lento andar apoyado en el bastón, el gabán como tiritando sobre los hombros. Se detiene y después de alguna duda, como si no reconociera algo, pasa por fin por la puerta, y un bedel lo acerca a la mesa donde estoy leyendo –para mi sorpresa– Empresas políticas o idea de un príncipe político cristiano, de don Diego de Saavedra Fajardo. Usted casi se deja caer en la silla pero sonríe y se dirige a mí con la voz dubitativa que he escuchado en docenas de entrevistas.
– ¿Está muy bien, no? Yo lo leí por primera vez siendo un chico, en Madrid, y me gustó mucho.
– Está muy bien escrito.
– Sí, me parece que sí, aunque, bueno, los consejos a los príncipes son a veces un poco sonsos, pero está muy bien escrito, con ese laconismo sentencioso, con esa brillantez en la condensación verbal. Admirable.
Me animé de improviso.
– ¿Cómo puede saber lo que estoy leyendo? Usted…
Volvió a sonreír.
– Ahora puedo ver los libros y puedo leer. Pero me dedico a releer y a descubrir textos del pasado, siempre generoso. Llego hasta libros publicados en el 55, no más.
– Como antes.
– Como antes, sí. Nunca entendí la obsesión por las novedades. Quizás porque las novedades no ofrecen nada nuevo. Aunque ustedes viven de eso, ¿no? Es su trabajo.
– ¿Nosotros?
– Los periodistas. La premisa de su oficio es que todos los días ocurren cosas importantísimas que deben ser contadas al modo de novedades asombrosas con el máximo número de detalles, porque lo contrario sería imperdonable.
– ¿Cómo sabe a qué me dedico?
– Usted sabe muchas cosas de mí. ¿No le parece una descortesía que yo no pueda saber nada de usted?
Nos reímos.
– Todos los días ocurren cosas importantes.
– Desde luego. Fallece un padre. Se enamora usted y crea una de sus fracasadas religiones. Se reúne con amigos para hablar de lo de siempre. Se maltrata a una mujer o niños mueren de hambre en una guerra atroz. Pero no sé por que incluir en el resumen las declaraciones de un ministro, que solo dice tonterías. Si no dijeran tonterías, ¿cómo iban a ser ministros?
– Ministros o consejeros.
– Da igual. Son variaciones de lo insignificante…
Se escuchó un estrépito prolongado que procedía del piso de arriba.
– Creo que están haciendo obras en la Biblioteca Nacional…
– ¿La Biblioteca Nacional? Esto es la biblioteca del TEA.
– No, es la Biblioteca Nacional, en la calle Méjico…
Volvió a sonreír.
– Un lugar, dos bibliotecas. Costumbres binarias. Dígame, ¿todavía existe la Argentina? ¿Existirá un día Canarias?
En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. No estoy en ninguna biblioteca y usted, Borges, murió ahora hace cuarenta años. Mi devoción y mi vanidad pueril han armado torpemente una escena imposible. Así será (me digo) pero pronto yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y se desintegrarán las memorias y de algún modo será justo afirmar que una tarde hablamos de Saavedra Fajardo en la biblioteca del TEA y que leímos juntos hasta el fin.
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