Opinión
El chollo del corruptor

Lucía Feijoo Viera
Repitan conmigo: es muy injusto que Víctor Aldama no pise la cárcel por la decisión del Supremo de dejar sin efecto la condena de cuatro años por el llamado caso mascarillas. Pero no lo repita una vez, porque no basta. Debe repetirse constantemente porque presentar el lugar de Aldama en la sentencia como una atrocidad incomparable sirve para no hablar que ha quedado probado que en el Ministerio de Transportes y varias empresas públicas se incrustó una trama criminal dirigida por José Luis Ábalos, quien además se valió de su influencia como secretario de Organización del PSOE para hacer caja, en su departamento, pero también en Canarias. En Canarias, además, mucho, porque Soluciones de Gestión fue tratada como un hermoso milagro. Es imposible no quedarse atónito al escuchar a dirigentes socialistas canarios hablar, con la misma furia impostada de sus compañeros peninsulares, de los millones que amasó Aldama, la bien pagá, sin reparar que una cuota parte nada desdeñable de ese pastizal la hizo gracias a los encargos del Gobierno de Canarias, presidido por Ángel Víctor Torres - y vicepresidido, por cierto, por Román Rodríguez, consejero de Hacienda en el aterrador año 2020, que se las ha arreglado para no salir en esta hedionda crónica-. No vale la pena recordar los acuerdos de la Fiscalía Anticorrupción con un sujeto como José Luis Penas, gracias a cuya información pudieron conocerse datos esenciales de la operativa de la red Gürtel. Ocurrió hace pocos años, es decir, cuando los dinosaurios dominaban la tierra y Félix Bolaño parecía un individuo con un fisco de vergüenza. La decisión del Supremo por Aldama ni es arbitraria ni obviamente conculca la legalidad. En todo ordenamiento jurídico se alberga la posibilidad de disminuir sustancialmente las penas de privación de libertad o las multas si el delincuente colabora con la administración de justicia. Pero además Aldama ha gastado ya la bala de plata de la colaboración y ni siquiera puente contar con tener plenamente garantizada en el futuro la evaporación de los cuatro años y medio en sus restantes aventuras procesales.
Aldama no podrá disfrutar de nuevas suspensiones de condenas porque ya arrastra (graves) antecedentes penales. A partir de ahora evitar el trullo se le pone extraordinariamente difícil. Si sigue colaborando judicialmente lo que podrá obtener a cambio seguirá siendo valioso para su persona, pero bastante más modesto: algunas reducciones de la condena sustituidas parcialmente por multas muy elevadas, una libertad condicional anticipada, un trato de protección durante su encarcelamiento, instalándolo en módulos especiales o en penitenciarías poco conflictivas. Es decir, el rendimiento de su colaboración como corruptor y acusado es decreciente. Los 3.700.000 euros que conserva de sus tropelías pueden esfumarse - quizás pueda decirse que lo harán sin duda - si finalmente se aplican las durísimas multas que inevitablemente le caerán en el caso hidrocarburos (más de 148 millones de euros de fraude en el IVA y blanqueo de capitales en el extranjero). Víctor de Aldama está acabado, personal y profesionalmente, y su futuro es tan lúgubre como el de José Luis Ábalos o Koldo García: solo se ha librado del infierno para habitar un simulacro de normalidad tal vez un año, quizás un año y medio. Lo debió pensar después de escuchar a su listísimo y muy competente abogado: lo menos es ahora mismo lo más. Pero que no lo vendan como un delincuente que se haya garantizado un pacífico y glamuroso futuro por oscuras órdenes del PP. Es una sombra que seguirá huyendo por los juzgados destruido para siempre como empresario y ciudadano.
Pedro Sánchez ha aclarado que seguirá. Carbonizará a la izquierda hasta reducirla a cenizas. Para explicar las razones de su continuidad anunció un montón de cientos de millones de euros para dependencia que nadie sabe de dónde saldrán porque no existen presupuestos. “No puedo marcharme”, traduzco, “porque se me acaba de ocurrir algo buenísimo para ustedes, la gran mayoría”. Déjenos votar, presidente, para ver si sus improvisadas bondades nos hacen gracia a la mayoría.
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