Opinión | El lápiz de la luna
Parece normal

Archivo - Archivo.- Ansiedad, depresión, tristeza, salud mental. / INTERNATIONAL SOS - Archivo
Llevo un tiempo observando algo inquietante. Antes era una mera espectadora, sin embargo, desde hace un tiempo, yo también me he sumado a esa especie de veneración milagrosa que representa la normalidad. Esa nueva virgen que celebramos cada vez que se nos aparece lleva el manto de «Bien. Parece normal». Así, tal cual. Tal vez les parezca una estupidez, pero si analizamos lo que hay detrás de tres palabras aparentemente inocuas, a mí, personalmente, me dan escalofríos. Esta frase aparece en conversaciones sobre parejas, amistades, trabajos e incluso sobre personas que apenas acabamos de conocer. «¿Qué tal el chico?» -le pregunté a una amiga después de su primera cita con el muchacho al que estaba conociendo- «Bien. Parece normal», -contestó. Y ahí queda. Como si fuera un elogio. Como si la normalidad se hubiera convertido en una virtud excepcional. Lo mismo ocurre cuando alguien empieza en un nuevo trabajo: «¿Qué tal la gente?» «Bien, parecen normales». Es una respuesta tan habitual que apenas reparamos en ella. En cambio, encierra algo inquietante: hemos llegado a un punto en el que la normalidad ya no se da por sentada. La celebramos. La buscamos. La agradecemos. Y eso debería hacernos pensar. Porque lo normal no debería ser extraordinario. Lo extraordinario debería ser encontrarnos con personas manipuladoras, agresivas, egoístas, histriónicas o incapaces de convivir con los demás. Pero da la sensación de que hemos invertido los términos. Vivimos rodeados de relatos donde el conflicto permanente se confunde con personalidad, donde la falta de límites se interpreta como bondad y donde el ruido suele recibir más atención que la serenidad. Las personas equilibradas rara vez generan titulares. No suelen protagonizar escándalos, ni incendiar conversaciones, ni convertirse en fenómenos virales. Son discretas. Funcionan. Construyen. Cuidan. Y precisamente por eso pasan desapercibidas. Mientras tanto, hemos desarrollado una extraña tolerancia hacia lo caótico. Nos acostumbramos a relaciones donde las discusiones se disfrazan de pasión. A jefes que gobiernan desde la amenaza. A figuras públicas incapaces de asumir responsabilidades. A líderes que convierten el insulto en estrategia y la impulsividad en espectáculo. Lo preocupante no es solo que existan estas conductas. Siempre han existido. Lo preocupante es la naturalidad con la que convivimos con ellas. Nos sorprende encontrar una pareja emocionalmente estable. Nos sobrecoge estar en un entorno laboral respetuoso. Nos maravilla descubrir personas que cumplen su palabra. Nos tranquiliza ver dirigentes sensatos. Y cuando algo tan básico nos atrapa, quizá el problema no esté en la excepcionalidad de esas personas, sino en el nivel de deterioro que hemos normalizado. Tal vez hemos pasado tanto tiempo expuestos al exceso que la calma nos parece aburrida. A lo mejor hemos consumido tantas historias de conflicto que hemos olvidado que la salud psicológica suele ser silenciosa. No necesita exhibirse. No necesita demostrar constantemente quién es. La normalidad no debería ser una rareza. Una persona que respeta, escucha, cumple con sus compromisos y trata bien a los demás no debería ser vista como una excepción afortunada. Debería ser el estándar. Porque una sociedad empieza a perder el rumbo cuando deja de señalar como problemático aquello que daña y comienza a considerar extraordinario aquello que simplemente funciona. Puede que haya llegado el momento de recuperar una idea sencilla: lo raro no es la bondad. Lo raro no es la estabilidad. Lo raro no es el respeto. Lo raro debería seguir siendo la crueldad, el abuso, la manipulación y el caos. Y hasta que volvamos a situar cada cosa en su lugar, seguiremos creyendo una aparición mariana la normalidad.
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