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Resiste

Frontis del Parlamento de Canarias.

Frontis del Parlamento de Canarias. / Parlamento de Canarias

Bajo y subo por las escaleras del Parlamento de Canarias cansinamente, como uno se mueve en las pesadillas, sin llegar a ninguna parte. En realidad me siento como Peter Sellers en una de las entregas de la Pantera Rosa: el estúpido detective entre en una habitación a oscuras y camina y camina durante varios minutos. “Caramba”, se dice, “esta habitación es enorme”. Sigue caminando, tal vez ya un poco cansado, y de repente se enciende la luz y Clouseau descubre que está caminando sobre una cinta de correr, y del susto se cae, y nos partimos de risa. La información parlamentaria - no se diga la crónica parlamentaria - es caminar en una habitación a oscuras sobre una cinta y procurar no caerte y llegar hasta el final. Quizás sirva para todo el periodismo. Antes he recorrido los pasillos. Como saben mis cuatro lectores y medio periodistas encuentras muy pocos. En su mayoría son compañeros tocados por la fortuna que trabajan para el Gobierno o para los grupos parlamentarios o algo así de bienaventurado o terrible. El parlamento está lleno de habitaciones - como una carísima casita de muñecas - donde periodistas y asesores y consultores y coleguitas de toda condición siguen los debates parlamentarios por el circuito de televisión. Porque el parlamentarismo - al menos el parlamentarismo canario -- es ya una actividad plenamente onanista. Los diputados solo se hablan entre ellos, y para eludir la molestia intermediación del periodismo, los grupos parlamentarios se han transformado en pequeñas productoras de píldoras audiovisuales para X, TikTok e Instagram. Claro que, ¿quién entra en las redes sociales para ver y escuchar durante veinte segundos lo que ha proferido un diputado o consejero del Gobierno? Obviamente otro diputado o consejero del Gobierno. O más probablemente el mismo. Los medios de comunicación les traen absolutamente sin cuidado, salvo que no guarden los silencios debidos o no les envíen flores. Ahora observo a través de uno de los ventanales a la oposición socialista. No hace demasiado una diputada, en medio de un pleno, me preguntó por dónde andaba, que no me veía. Le expliqué que la tribuna de prensa está encima de los escaños de la izquierda. Llevaba casi ocho años en la Cámara y no lo sabía. Y es de lo mejor que ha tenido el PSOE en sus filas.

¿Cómo resistirse a la conclusión de que vivimos en una democracia simulativa - a un par de pasos apenas de un simulacro de democracia - tal y como la describe Ingolfur Blühdorn? Sufrimos la fase posmoderna de la democracia parlamentaria, que ha perdido la capacidad real de cumplir su función representativa y ha aprendido a convivir con problemas y heridas estructurales, porque el margen de las reformas es estrechísimo. ¿Cómo hacer entonces periodismo parlamentario sin reducirlo a otro simulacro? ¿De veras vale la pena este sube y baja por las escaleras del viejo conservatorio de música? ¿A quién le importa ya todo esto?

Salgo al exterior y en la misma esquina del edificio de la Cámara con la calle del Castillo descubro una flor blanca, quebradiza y diminuta, apenas visible, que ha brotado milagrosamente entre las junturas del pavimento. Sin duda es el azaroso producto de las lluvias de primavera que se prolongaron hasta anteayer mismo. A su alrededor transitan día y noche miles y miles de personas sin descubrirla. Es tan frágil y tan resistente como cualquier vida en cualquier tiempo y recuerdo sin remedio un poema de Lola Mascarell:

En el margen derecho de la senda

Se yergue solitaria

Una flor cuyo nombre nadie sabe.

Su lucha vertical es la lección

Más limpia que conozco:

Crecer para el olvido

Con esa dignidad que es ignorancia.

Resiste, me oigo musitar. Resiste, levántate y sigue creciendo un rato más para el lejano olvido.

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