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Opinión | Otra mirada

Ana María Díaz Santana

La belleza del lenguaje contra el discurso de odio

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, durante la inauguración del Foro contra el odio.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, durante la inauguración del Foro contra el odio.

Uno de los pilares fundamentales de la Constitución Española de 1978 es la libertad de expresión y opinión, garantizada en su artículo 20. Esta constituye la aportación más beneficiosa para la transparencia administrativa y política, la producción intelectual y cultural y, sobre todo, para garantizar la convivencia y la protección del bien común. Por esa razón, su mal uso o descrédito nos perjudica y empobrece. Como medida de protección ante este perjuicio, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó en 2021 que el 18 de junio de cada año se conmemorara el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio.

Actualmente, la importancia de esta fecha adquiere una significación especial al observar cómo, en ocasiones, los representantes públicos han sustituido en las Cortes Generales el discurso inteligente y creativo de los inicios de la democracia por el insulto y el chiste fácil, que resulta, a veces, de mal gusto. No tengo claro si esta rebaja de categoría verbal se introdujo en el hemiciclo por imposición de la verborrea callejera o si fue esta última la que se identificó con el parlamentario de turno. Ninguna de las dos opciones tendría mayor trascendencia si no fuera porque este deterioro entorpece la evolución positiva de nuestra lengua en democracia, un periodo en el que el lenguaje político había recuperado su dignidad y su valor como herramienta de consenso.

Esta alarmante realidad actual contrasta radicalmente con el escenario de mi infancia: el tardofranquismo.

Nací en medio de una paz silenciosa en la que todos expresaban una opinión coincidente con la oficial. Nunca fue tan fácil educar a un niño como en aquellos años, porque todos los ámbitos —escuela, hogar, medios de comunicación y, sobre todo, manifestaciones artísticas como la literatura, el cine o el teatro— coincidían en su mensaje para crear, mantener y fortalecer conciencias. Eran núcleos sociales sometidos a una autocensura, ya fuera aprendida o impuesta, que callaban y no opinaban porque «lo que no se decía, no existía».

Crecí en un mundo que giraba en torno a la familia y los allegados: parientes, vecinos y amigos. Desde ahí, los jóvenes enriquecíamos nuestra experiencia y adquiríamos un espíritu crítico, ya que la «globalización» o las «redes sociales» no existían y las fronteras de nuestro saber estaban limitadas. Para mi generación, las ideologías eran temas que cerraban el programa del curso escolar y a los que, por falta de tiempo, difícilmente llegábamos.

Atravesé el umbral de la adolescencia con el final de ese silencio, en una España retocada y barnizada que se empezaba a desmaquillar con voces que devolvían al lenguaje las palabras que se habían ido apagando hasta convertirse en murmullos o disfraces. En aquel periodo iniciado en 1975 y culminado en 1978 con la Constitución Española, iniciamos el proceso de desnudar el lenguaje. Hasta ese momento, habíamos adoptado nuevos matices para designar conceptos prohibidos: no se hablaba de «Constitución», sino de «Leyes Fundamentales»; adjetivábamos la «democracia» como «orgánica» y olvidábamos vocablos como «amnistía», «exilio» o «huelga». Con la Transición, empezamos a desprendernos de consignas que mantenían en el limbo conceptos como el divorcio o la homosexualidad para proteger la conciencia colectiva. Y, como un adolescente que despierta al mundo adulto, el Estado de derecho transformó la voluntad general, impulsada por el desarrollo económico de los años sesenta y los ecos de libertad que nos llegaban desde Europa y traspasaban nuestras fronteras.

Proteger la victoria conseguida con la recuperación de estas palabras nos obliga a rechazar con firmeza cualquier discurso de odio que pretenda despojar de su dignidad a los más vulnerables. No podemos dar un paso atrás ni permitir que el lenguaje —que logró iluminar los términos oscuros y olvidados de otra etapa de nuestra historia hasta convertirlos en libres y transparentes— vuelva a ser una herramienta de exclusión y desprecio. El gran logro de nuestra democracia fue desnudar los conceptos para que nombraran y analizaran la realidad de frente y sin miedo. Mantener esa conquista significa cuidar el uso de las palabras y lograr que cada una de ellas, entrelazadas, siga siendo expresión de entendimiento y conciliación, y nunca un arma de segregación que nos devuelva al silencio.

Si en mi infancia el poder utilizaba el mutismo impuesto para anular el pensamiento, hoy las Cortes Generales se aproximan al ruido y llegan, más veces de las deseadas, al discurso de odio para destruir el espacio común. Porque tanto la censura de aquellos años como la violencia verbal de nuestros días coinciden en impedir que la belleza del lenguaje sirva para entendernos.

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