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Opinión | Isla martinica

Filosofía del escroto

El exministro de Transportes, el valenciano José Luis Ábalos.

El exministro de Transportes, el valenciano José Luis Ábalos. / Levante-EMV

En plena canícula estival, hay momentos en los que el sopor genera situaciones absurdas, directamente ridículas. En una de esas mañanas en las que el calor apretaba de firme, un servidor, poco acostumbrado a las altas temperaturas, se puso a juguetear con Alexa, el aparatito que nos acompaña en casa como si fuera un convidado de piedra. Testigo de todo y aprendiz de nada, siempre está ahí para prestar sus servicios. Uno, curioso por naturaleza y en ocasiones entregado a la peor de las travesuras para superar el hastío, le preguntó inocentemente a la máquina: “¿cuál es la medida del miembro de José Luis Abalos?”. Alexa, seguramente bien aleccionada por la inteligencia artificial, contestó con cierta celeridad «no comprendo cómo te puedo ayudar con eso». Un poco decepcionado, pero todavía con una sonrisa maliciosa en la boca, insistí de nuevo en la demanda de información con nulo éxito. Al margen de la extraña inquietud, el subconsciente freudiano me estaba alertando de algo que más pronto que tarde se me revelaría. Y así fue.

En estas semanas, se ha conocido la esperada sentencia del caso Mascarillas -aunque otros lo denominan el caso Ábalos-, repartiendo penas de cárcel entre los implicados. El Putero Mayor del Reino, y Dios me perdone, ha sido uno de los principales encausados y, en consonancia con las calificaciones emitidas en su momento por la Fiscalía Anticorrupción, al mando del inquebrantable Alejandro Luzón, la condena no ha defraudado. Sin embargo, en el mismo instante de la comunicación oficial del orden de sentencias, me imaginé una escena propia del marqués de Sade, al que en cierto modo emuló el valenciano, en la que Ábalos mantenía una intensa conversación con el miembro alojado en la entrepierna, al igual que el argumento desarrollado por el belga Henri Xhonneux en la cinta Marquis (1989). En realidad, y según vaticinaban las malas lenguas, el político habría de estar privado de libertad tantos años como centímetros alcanza la verga enhiesta del sujeto, un tiempo en el que intentaría comprender lo que le ha llevado hasta allí. Por fortuna para él, el cómputo definitivo no ha rivalizado ni de lejos con el portento fálico del exministro.

Dejando a un lado la trastienda política, lo relevante para Ábalos, desprovisto del aura y prebendas del cargo ocupado en el gobierno de Sánchez y la propia organización socialista, es llegar al entendimiento de la filosofía del escroto, de la que se ha revelado como un cualificado representante, digno heredero del autor de Los 120 días de Sodoma o la escuela de libertinaje (1785). Ya dio pistas antes de entrar en prisión, reivindicándose como uno de los pocos hombres en España que tenía sexo de manera fluida y constante. Es más, se enorgullecía del ejercicio diario e íntimo con mujeres de pago a cargo del erario público para satisfacer un apetito pantagruélico que, en vez de menguar con la edad, crecía y crecía como el ego del personaje.

En la narración imaginaria, mantenida cara a cara entre Ábalos y su prepucio, éste le consolaba por su decidida apuesta por el tocador de Venus, mientras que el cerebro principal -eso dicen, aunque Freud disienta desde la tumba- le afeaba la conducta libertina que le ha condenado a la privación de libertad. En fin, el valenciano, presa de la desazón ocasionada por la sentencia del Tribunal Supremo, se mostraría remiso a darle la razón al pequeño cabezón, origen y causa de sus males. Pero, el pijo arremetería donde más le duele, aquello que al Abalos de las señoritas de compañía -las mismas que, llegado el caso, certificarían sin género de dudas la medida del portento del Turia- le producía un placer fuera de lo común. Aunque el vicio carnal le condujera a las puertas del infierno, él jamás lo vería como tal, sino, más bien al contrario, como la antesala del paraíso celestial.

En recto seguimiento de la filosofía escrotal, Ábalos termina por reconocer que la vida tiene por principio el enunciado por su antecesor, el marqués de Sade, quien dejó dicho que «todo es bueno cuando es excesivo». El que fuera todopoderoso ministro de Fomento y Transportes, amén de Secretario de Organización del PSOE, lloró en las Salesas en los inicios del juicio que le ha conducido a Soto del Real, mas, después del mazazo de la condena, sonríe en el interior de la celda, dulcemente asido al miembro viril que tanto placer le ha concedido. Como se espera de Leire Díez un libro de fontanería que tarda ya en aparecer, el que seguro no decepcionará será el texto que pergeña Ábalos sobre el pene mágico del sanchismo.

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