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Opinión | Observatorio

Nacho Ortiz Palacio

El Polisario tras Abdelaziz: desgaste y realidad en Tinduf

Miembros del Frente Polisarion en los campamentos de refugiados de Tinduf.

Miembros del Frente Polisarion en los campamentos de refugiados de Tinduf.

La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz, hijo del histórico líder del Frente Polisario de similar nombre, ha vuelto a activar en España un reflejo singular dentro del contexto europeo. Existe un ecosistema político, mediático y asociativo afín al Polisario con una capacidad de amplificación difícil de encontrar con la misma intensidad en otros países de nuestro entorno. Marruecos aparece como agresor absoluto, el Polisario como víctima pura y el dirigente fallecido como una figura envuelta en épica, casi en un relato de martirio político.

Este episodio exige contexto político, no solo emoción prefabricada. Lahbib Abdelaziz no puede separarse de la estructura de poder que lo proyectó. Una cosa es reconocer la dimensión humana de cualquier pérdida y otra aceptar sin distancia crítica el marco propagandístico de una organización armada que lleva décadas administrando el dolor saharaui, controlando Tinduf y presentándose ante la opinión pública española como una causa sin zonas oscuras.

Lahbib Abdelaziz ha sido descrito estos días como alto dirigente, comandante militar y posible futuro líder del movimiento. También se ha recordado la figura de su padre, Mohamed Abdelaziz, máximo dirigente del Polisario durante cuarenta años. El resultado ha sido una consagración sentimental del personaje, poco menos que un ser de luz alcanzado por la maldad de Rabat.

El problema empieza cuando se mira la estructura política de la que procedía. Lahbib Abdelaziz no emergía de una organización abierta, plural y democráticamente renovada. Su ascenso se producía dentro de un aparato marcado por la falta de alternancia real, el peso de los apellidos, la cooptación interna y una gerontocracia que ha convertido el relevo generacional en una promesa siempre aplazada. Mohamed Abdelaziz dirigió el Polisario y la RASD desde 1976 hasta 2016, cuatro décadas al frente de un movimiento que habla de liberación mientras en su interior nunca permitió una verdadera competencia política.

No se trata de una acusación fabricada desde Rabat. Hace años, voces críticas saharauis hablaban ya de clientelismo, nepotismo y tribalismo en la cúpula del Polisario. También se denunció que determinadas instituciones funcionaban como propiedades privadas de una élite instalada en el poder. Incluso desde posiciones próximas al propio movimiento se ha reconocido la incapacidad de la generación fundadora para producir un relevo efectivo. Es una grieta interna que la dirección lleva años intentando cubrir con consignas.

Ese mismo mecanismo opera en el terreno militar. Desde noviembre de 2020, cuando el Polisario declaró roto el alto el fuego tras los incidentes de Guerguerat, sus medios oficiales han difundido más de un millar de partes de guerra. El último parte numerado localizado con seguridad corresponde al comunicado militar número 906, publicado en noviembre de 2023.

En esos textos se repiten fórmulas como «bajas mortales», «pérdidas humanas y materiales», «destrucción total de equipos», «pérdidas en su arsenal» o «golpes contundentes» contra las fuerzas marroquíes. Ya en noviembre de 2020, el parte número dos afirmaba haber causado bajas mortales al Ejército marroquí tras ataques en Bagari, Mahbes y Guerguerat, sin ofrecer otros detalles. En 2021 y 2022 se mantuvo el mismo patrón, casi siempre sin balances concretos ni pruebas proporcionales.

La cuestión de fondo es que, si se tomaran literalmente sus propios comunicados, la cuenta resultante sería descomunal. Bastaría con aceptar que cada parte que habla de «bajas mortales» o «bajas en sus filas» implica al menos un muerto para situarnos ante centenares, e incluso más de un millar, de soldados marroquíes abatidos desde la ruptura del alto el fuego. De ser cierta esa contabilidad triunfal, un ejército tan precario y obsoleto como el del Polisario habría atravesado ya el muro, alterado el equilibrio regional y estaría poco menos que llamando a las puertas de Rabat.

Esa «cuenta de la lechera» bélica no encuentra correspondencia en la realidad verificable del conflicto. No hay un balance independiente proporcional, ni reconocimiento oficial equivalente, ni transformación visible del equilibrio militar sobre el terreno. Lo que sí hay es una épica diaria de comunicados, propia de una propaganda anclada en otros tiempos, donde el parte sustituye a la evidencia y la repetición pretende ocupar el lugar de los hechos.

La muerte de Lahbib Abdelaziz introduce una paradoja difícil de esquivar. Durante años, el Polisario ha tratado de sostener el relato de una guerra reactivada, constante y eficaz. La realidad apunta en otra dirección. Marruecos mantiene el control del terreno, domina el espacio aéreo, dispone de capacidad tecnológica muy superior y ha convertido los drones en una herramienta decisiva para vigilar, localizar y golpear movimientos del Polisario en zonas sensibles. La guerra que el Polisario presenta como desgaste progresivo de Marruecos está mostrando la vulnerabilidad creciente de sus propios cuadros militares.

A esa crisis interna se suma el cambio del entorno internacional. El Polisario ya no se mueve en el tablero de los años setenta ni en el marco diplomático de los noventa. La propuesta marroquí de autonomía ha ganado peso entre actores internacionales relevantes. La ONU insiste en una solución política, realista, negociada y mutuamente aceptable. En ese contexto, la insistencia en una guerra de baja intensidad funciona más como instrumento propagandístico que como estrategia viable.

Ahí entra otro elemento incómodo. En España sigue existiendo un pensamiento casi automático sobre el Sáhara. No se trata de una sensibilidad extendida con la misma fuerza en el resto de Europa, sino de una singularidad española alimentada por décadas de activismo político, asociaciones, medios, universidades y redes militantes que han convertido el relato del Polisario en una especie de reflejo moral heredado. Cualquier mirada que no encaje con ese relato es presentada como propaganda marroquí, blanqueamiento o provocación.

La muerte de Lahbib Abdelaziz puede ser leída como una tragedia personal, como una baja militar y como un golpe interno para el Polisario. También debería servir para mirar con más frialdad el relato que se ha construido alrededor de esta guerra. Una guerra que el Polisario «gana» a diario en sus comunicados, pero que no parece ganar ni en el terreno, ni en la diplomacia, ni en la renovación interna de su propia estructura.

El tiempo del parte heroico y de la consigna automática se está agotando. Marruecos ha impuesto una superioridad militar cada vez más visible. La diplomacia internacional se mueve hacia soluciones realistas. La cúpula del Polisario envejece, pierde margen y sigue atrapada en un lenguaje que ya no convence fuera de sus círculos más fieles. El satélite político-mediático del Polisario en España puede seguir contando esta historia con la plantilla sentimental de siempre. El problema es que la realidad, tarde o temprano, termina desmintiendo al relato.

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