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Meryem El Mehdati

Hijos del algoritmo

Hijos del algoritmo

Hijos del algoritmo / Adae Santana

Hay una cuenta de Instagram que sigo desde hace tiempo sin saber muy bien por qué, quizá porque tiene algo de experimento involuntario, de documento en tiempo real sobre lo que le ocurre a una niña que nació prácticamente en directo y que ahora, con tres años, ya sabe posar. No en sentido metafórico: la criatura gira la cabeza hacia la cámara con una naturalidad que no corresponde con su edad, y lo hace sin que nadie se lo haya enseñado de manera explícita. Como quien aprende un gesto antes incluso de saber nombrarlo a base de observar cómo se repite en su entorno. Ese entorno incluye, desde el primer día, un objetivo apuntándole a la cara. La conversación habitual sobre los niños y la tecnología va por otro lado: las pantallas, el tiempo de exposición, si el iPad en la cena es señal de dejadez o de supervivencia de unos padres que no llegan a todo. Ese debate lo conocemos. Este es diferente y más incómodo, porque va sobre los niños que no consumen contenido sino que lo son, los que protagonizan el canal familiar sin haberlo decidido y sin entender qué significa decidir. Personas que un día tendrán dieciséis años, buscarán su nombre y encontrarán sus primeros pasos, sus rabietas, sus noches de fiebre, todo archivado con título optimizado para el algoritmo y entre cuatro mil y doscientas mil reproducciones según el día que tuvieran.

La pregunta que nadie formula es esta: ¿a quién pertenece esa infancia? Esta etapa de la vida siempre ha sido, en parte, un relato construido por los adultos con álbumes de fotos, vídeos en VHS y anécdotas que los padres repiten hasta que el hijo aprende a salir de la habitación antes de que lleguen a esa parte. Lo que resulta nuevo es la escala, la permanencia y el modelo de negocio que organiza todo lo demás, porque las fotos de antes se quedaban en el cajón mientras que las de ahora generan engagement, tienen analíticas y se optimizan para el horario de mayor tráfico. Así, el niño deja de ser el sujeto de un recuerdo para convertirse en el activo principal de una pequeña empresa de contenidos. Son miles las familias que facturan cifras considerables con esto: viajes pagados, ropa patrocinada, colaboraciones con marcas que descubrieron lo rentable de asociar su producto a una familia feliz y fotogénica. Todo razonable desde una lógica de la economía de la atención. El problema llega más tarde en forma de pregunta que Francia ya tuvo que responder con una ley el año pasado, reconociendo el derecho de los menores a exigir la retirada de ese contenido. ¿Qué sucede cuando el niño crece y descubre que no quiere ser ese personaje, que su identidad pública lleva años construida sin su participación y que desmantelarla exige un esfuerzo que no le corresponde?

Ya existe una primera generación que vivió esto y empieza a hablar: los hijos de los primeros youtubers familiares que cumplieron dieciocho años y encontraron sus vidas documentadas en archivos que no controlan. Algunos dicen llevarlo bien; otros han pedido que se cierren los canales, lo que ya dice bastante sobre el tipo de consentimiento que manejamos. Sin embargo, quizá lo más preocupante no sea el caso extremo de la cuenta con cientos de miles de seguidores, sino la versión cotidiana y sin monetización: el padre que sube cada cumpleaños, cada primer día de colegio, cada disfraz de carnaval, sin ánimo de lucro pero con la misma lógica de exposición, porque la diferencia entre ambos casos es de grado y no de naturaleza. Tanto en el primer caso como en el segundo, alguien toma decisiones sobre la identidad digital de quien todavía no puede tomarlas, decisiones con las que esa persona tendrá que convivir mucho después de que quien las tomó haya olvidado haberlo hecho. Lo que no puedo olvidar es la imagen de esa niña girando la cabeza hacia la cámara, no por el gesto en sí, que es inocente, sino por lo que revela: que ya aprendió, que ya sabe que la pantalla importa y que hacia allí se mira. Los niños aprenden por imitación. La pregunta es, quizá, qué les estamos enseñando exactamente a imitar.

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