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Un rescatista observa escombros en una zona afectada por los terremotos, este domingo, en Catia La Mar (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R

Un rescatista observa escombros en una zona afectada por los terremotos, este domingo, en Catia La Mar (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R / Ronald Peña R / EFE

No me parece ocioso poner ejemplos comparativos en la experiencia histórica de una nación. Venezuela es, por razones geológicas estudiadas largamente, una tierra proclive a los seísmos. La interacción de dos placas tectónicas -la del Caribe y Sudamérica- desencadena una inestabilidad casi continua. Toda la historia y la protohistoria venezolana, desde el virreinato al siglo XXI, está atravesada por terremotos a veces modestos, otras cataclismáticos. ¿Cómo han reaccionado los gobiernos de las distintas épocas? Intento explicarlo mejor y, como la experiencia acumulada es tan rica, podemos incluso citar el comportamiento de una dictadura y el de una democracia. En ambos casos su reacción ante la catástrofe resulta superior a la que se ha podido ver durante el régimen chavista en la catástrofe de Vargas en 1999 y en los dos terremotos que han causado miles de víctimas desde el pasado día 26 (ayer por la mañana se registraron de nuevo temblores en la amplia zona afectada).

El terremoto que azotó Caracas en 1925 no fue especialmente mortífero, pero aterrorizó a los habitantes de una ciudad que apenas empezaba a serlo. Gobernada entonces Venezuela Juan Vicente Gómez, quien, a través de varios procedimientos, sujetó las riendas del poder entre 1908 y 1935. Gabriel García Márquez lo utilizó como principal inspiración -no la única- para amasar al dictador protagonista de El otoño del patriarca, su peor y aun así magnífica novela. El caudillo Gómez era ignorante, astuto, frío, cruel, zafio, supersticioso y taimado. Cuando casi al mediodía temblaron los edificios en Caracas, Macuto, Guarenas y otras localidades Gómez contactó con todos los destacamentos militares y distribuyó órdenes precisas para tomar la ciudad, asegurar el orden público y garantizar el tráfico y sacó presos políticos de la cárcel para las labores de reconstrucción (y luego los encarceló de nuevo). El caudillo coordinó los esfuerzos militares, civiles y religiosos y se saltó tramites administrativos para tomar decisiones policiales, económicas y materiales. Al año siguiente dictó una nueva normativa para reformar los permisos de construcción en la capital. El ejemplo de gestión democrática corresponde al terremoto de 1967. Gobernaba el presidente Raúl Leoni, tal vez el mejor presidente que ha dirigido Venezuela jamás. Murieron unas 300 personas, más de 2.000 quedaron heridas, varias decenas de miles perdieron sus hogares. Las primeras 48 horas el Gobierno se vio sobrepasado por las circunstancias. Entonces comenzó a llegar una amplia ayuda internacional que se canalizó rápida y eficazmente. La reconstrucción fue rápida. Leoni arbitró créditos blandos avalados por el Estado para adquirir viviendas y facilitados por el Banco Obrero y el terremoto aceleró esta política y hasta cierto punto la reorientó a favor de los damnificados. En cuatro años se construyeron y entregaron más de 153.000 viviendas. Rafael Caldera continuó el programa y durante su mandato presidencial construyó casi 100.000.

El contraste con lo que está ocurriendo ahora aterroriza a cualquiera. Es muy curioso: un régimen infausto que lo fio todo al Estado y demonizó la iniciativa privada destruyó el Estado. Puede decirse que el Estado se devoró a sí mismo. El Estado, hace ya tiempo, son únicamente ellos, la maldita oligarquía chavista, ahora al servicio de los instintos más rapaces de los Estados Unidos, y la pequeña piara que gruñe atemorizada y come angustiosamente sus sobras. No funciona absolutamente nada. Las Fuerzas Armadas y la inteligencia militar persiguen a los que pretenden donar agua, alimentos o medicinas: todo debe canalizarse a través del Partido Socialista Unido de Venezuela. Ayer me contaron una historia terrible. Veinticuatro horas después de los terremotos. Entre los escombros aparece un adolescente que se dirige a un grupo de policías. «Mi madre está enterrada ahí al lado, señor, ayuda». El poli le pregunta: «¿Cuánta plata tienes?» El chico se queda mudo, temblando. Los polis se pierden en una nube de polvo. Yo no puedo creerlo esto. Por favor, ayúdenme a no creerlo.

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