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Opinión | Lágrimas de las lluvias

Los jueves, milagro

Los carteles que los comercios han colgado para anunciar su cierre.

Los carteles que los comercios han colgado para anunciar su cierre. / EFE

El pasado jueves terminé de cerrar un lugar cercano, vacío desde hace mucho por el paso del tiempo y el adiós de sus moradores. A veces la vida de la gente se acaba y solo quedan recuerdos en aquellos lugares donde pudiste ser feliz. Al salir y ejercer una especie de elegía solitaria y silenciosa me crece una desesperanza íntima. La panadería del barrio y de la que familiarmente también te despides acoge en su puerta un nuevo cartel que reza: «Cierre definitivo del negocio por no encontrar personal»... La frase suena a agotamiento a la vez que se convierte en una oda al absurdo. Es como si una pareja amiga te dijera que se separa por amarse demasiado o un músico joven se retirara por ser demasiado bueno e inspirador. Luego recuerdo una noticia de hace semanas que leí en este períodico y mencionaba al Servicio Canario de Empleo. El titular decía: «El SCE solo consigue empleo a dos de cada cien trabajadores canarios». Y entonces todo encaja a la hora de ver el mundo como si fuera una cena de idiotas o una película de Fellini.

Al entrar a despedirme para clavar algo más hondo el puñal de los recuerdos, una imagen en la TV presenta a un equipo de rescate que, de repente, saca vivo de debajo de los escombros a un niño más pequeño que cualquiera de los ladrillos que lo sepultó tras el terremoto en Venezuela. Ileso tras días bajo tierra y agarrado por la muerte. Una señora muy mayor a quien no conozco ve la escena conmigo por casualidad y dice: «ahora si que es una vida que merece la pena vivir». Me mira, sonríe y se marcha con su pan en el bolso y soltando a la propietaria un «no sé si nos veremos», que suena entre épico e hiperrealista. Al instante siento que es ese un momento que merecerá la pena recordar.

Para Berlanga la presentación de los milagros era una metáfora de la sociedad española. Mitad picaresca y mitad excusa de sus vergüenzas, sobre todo autocrítica de una sociedad mediocre y ensimismada hasta tal punto que a veces ni entendía lo que intuía debía censurar. Sin embargo no era para nada un pesimista, en todo caso un “fanfarrón negativo” condenado a sobrevivir desde la irreverencia. Cincuenta años pasan ahora desde aquel retrato nacional desternillante en torno a una vaquilla.

Hoy cerramos negocios al no haber personas para currar porque están haciendo cola en el paro. Lloramos por la tragedia ajena mientras miramos en el móvil baratijas que no necesitamos para comprar compulsivamente. Creemos a «los nuestros» y mantenemos la fé buscando un milagro para que todo mejore, cuando sabemos que la mayoría resiste en ese credo solo por mantener sus privilegios y salvar el culo. Más allá de las ideas están las miserias como motores de nuestro día a día.

Pero en este momento me detengo, me acuerdo del bebé entre la ruina, de esa señora mayor a quien seguramente no vuelva a ver, de sus frases líricas hasta para reírse de la desgracia o de una misma. Quizás los milagros de Berlanga consistían en hacer reír entre los escombros de la vida. A veces un jueves cualquiera el guión te lo escribe alguien como él, incluyendo las líneas de una secundaria de lujo que te da algo para la eternidad y te hace sonreír.

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