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Opinión | El lápiz de la luna

El olor del verano

Niños participando en las actividades de verano de CaixaProinfancia.

Niños participando en las actividades de verano de CaixaProinfancia. / Alvaro Cabrera

De niña me encantaba saber de cuánto tiempo disponía para jugar o para no hacer nada, y el verano era mi época favorita para sacar esas cuentas. Por aquel entonces un día no eran solo veinticuatro horas. Era una extensión del universo en la que perderte y encontrarte cientos de veces. Las obligaciones eran escasas: deporte por la mañana y una hora de cuadernillo Santillana por la tarde. El resto del tiempo se dilataba hasta que me aburría de jugar o me vencía el sueño. Aunque las vacaciones oficialmente empezaban el veintidós de junio, para mí el verano no llegaba hasta que el viento me traía su aroma. Y no. No era el olor a protector solar ni a salitre. Era -y es- un olor diferente. Un perfume que llega de repente: al abrir una ventana, al doblar una esquina, al bajar una calle. No es una esencia cítrica ni dulzona y no se suele repetir en todo el estío, por eso es tan importante para mí estar atenta y percibirlo cuando llega con ese aire espeso, casi caliente. Un viento arrogante que no pasa desapercibido y que lleva consigo todos los atardeceres de mi estación preferida, el soplo de una vela y un deseo contenido, sobremesas largas bajo un toldo y conversaciones que nunca se dan por concluidas. Sueños, el olor del verano viene cargado de sueños, y de paseos nocturnos bajo el silencio de la ciudad mientras juego a adivinar las vidas de los que habitan detrás de los balcones encendidos. Por encima de la casa de mi infancia había un solar. De pequeña solía jugar en él y tumbarme en la hierba -por aquel entonces no era tan escrupulosa como ahora- a mirar las nubes desplazarse por el cielo y a pensar. No sé en qué pensaría a mis siete años, pero sí recuerdo que me gustaba buscar espacios de soledad en los que poder hacerlo. Creo que fue en una de esas incursiones en las que descubrí que el verano tiene su propia esencia. A bienvenida, a comienzos, a calma, a siestas largas y despertares llenos de besos. A soltar el control y a dormir tarde, aunque siga madrugando para no perderme la belleza de la mañana. Hoy salí de casa temprano y mientras me dirigía al coche lo olí. Me paré en medio de la acera, cerré los ojos y una sonrisa se dibujó más que en mi rostro, en mi alma. Allí estaba, cálido, suave, preciso como quien conoce todas sus virtudes y no duda de ellas. Me despeinó. Jugó con los vuelos de mi blusa y me pellizcó el cachete. Ahora sí llegó el verano y yo siento que camino más ligera.

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