Opinión | Observatorio
Resiliencia, dos siglos después de Bolívar

Lucía Feijoo Viera
Después del terremoto que destruyó Caracas en 1812, Simón Bolívar pronunció una de las frases más conocidas de nuestra historia: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca.» Durante más de dos siglos la hemos leído como una declaración de voluntad. Bolívar hablaba desde el dolor de una ciudad devastada y desde la convicción de que un desastre no podía decidir el destino de un pueblo. Ha llegado el momento de volver a conversar con aquella idea, no con Bolívar el Libertador, sino con Bolívar el pensador.
Cada vez que una tragedia golpea a una sociedad también aparecen historias que casi nunca ocupan los titulares. Mientras las cámaras buscan edificios derrumbados y los equipos de rescate intentan abrirse paso entre los escombros, miles de ciudadanos empiezan a ayudar. Un hombre sale de su casa con una pala. Otro carga un machete para despejar una carretera. Una mujer prepara café, reparte las pocas botellas de agua que aún conserva en su nevera y pone una olla sobre la estufa para cocinar arroz, sopa o cualquier otra cosa que alcance para quienes pasan frente a su casa. No sabe si alcanzará para todos. Solo sabe que no puede quedarse inmóvil. Podría parecer que la diferencia la hacen una pala, un machete o una olla. Pero nunca estuvo en las herramientas. Estuvo en la voluntad de no esperar a que alguien más resolviera el problema.
El huracán María golpeó Puerto Rico. La DANA hizo lo propio con Valencia en octubre de 2024. En ambos casos ocurrió algo parecido: muchos redescubrieron a sus vecinos. Vivían puerta con puerta desde hacía años y, sin embargo, sabían muy poco unos de otros. Bastó que la tragedia interrumpiera la rutina para descubrir que detrás de aquella puerta había alguien dispuesto a compartir un generador eléctrico, un plato de comida, una botella de agua o simplemente compañía.
Esa vecina, sin embargo, no siempre vive en la misma calle. A veces está al otro lado del océano organizando una colecta, llenando una caja con alimentos o enviando ayuda a un lugar que nunca ha visitado, pero cuyo dolor siente como propio. También así se construye comunidad. Ninguna sociedad debería necesitar una tragedia para descubrir el valor de quienes tiene cerca ni de quienes, estando lejos, deciden acompañarla. Sin embargo, una y otra vez ocurre.
Tal vez por eso confundimos resiliencia con resistencia. Resistir es indispensable, pero no suficiente. La resiliencia aparece cuando una comunidad transforma la experiencia en mejores decisiones. Cada simulacro y cada plan de emergencia cuentan la historia de una tragedia anterior que alguien decidió no olvidar. Los pueblos también incorporan esas lecciones. Lo hacen a través de sus instituciones y de una memoria colectiva que convierte el dolor en conocimiento.
Ese proceso exige también hacer preguntas. Después de toda gran tragedia llega el momento de evaluar qué funcionó, qué falló y qué debe cambiar antes de la próxima emergencia. Una sociedad madura no gana mucho repartiendo culpas, pero puede ganar muchísimo asignando responsabilidades. La naturaleza no tiene culpas. Los gobiernos sí tienen responsabilidades. No pueden evitar que la tierra tiemble ni que un río se desborde, pero sí prepararnos mejor para convivir con esos riesgos y responder mejor cuando vuelvan a presentarse.
La solidaridad salva vidas. La responsabilidad consiste en aprender de ella para que, cuando llegue la próxima emergencia, haya menos vidas que salvar y menos familias que volver a pasar por el mismo dolor.
Quizá esa siga siendo la conversación que vale la pena sostener con Bolívar. Hoy sabemos que nunca conseguiremos que la naturaleza nos obedezca. Pero sí podemos decidir cómo responder cuando vuelva a recordarnos nuestros límites.
Tal vez la próxima tragedia no sea únicamente un terremoto, un huracán o una inundación. Tal vez consista en descubrir que aquella vecina que preparó café para el barrio, repartió las últimas botellas de agua que quedaban en su nevera y cocinó con lo poco que encontró en su despensa ya no está. O que el hombre que salió con una pala ya no tiene fuerzas para hacerlo.
Si ese día seguimos esperando que otros hagan por nosotros lo que ellos hicieron, significará que no fuimos capaces de convertir su ejemplo en una forma de vivir y lo habremos reducido a un recuerdo.
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