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Opinión | Tropezones

Lamberto Wagner

Lambertadas

Hindenburg

Hindenburg / La Provincia

Mi añorado socio y gran amigo F.P.V. solía asignar a ciertas conductas mías el calificativo de «lambertadas», utilizando para ello sin ningún miramiento mi nombre de pila.

No voy a entrar en el detalle del concepto que para él merecía tal denominación. Al fin y al cabo mi comportamiento no tiene suficiente entidad para convertirse en fenómeno viral, y mucho menos en «trending topic». Y además que mi propósito no es descubrir más flaquezas propias de las ya exhibidas en este foro, sino hablar del fenómeno general de aparición de nuevas palabras para objetos, conceptos o actitudes cuyo origen está en el nombre de una persona. Normalmente no en su nombre de pila sino más bien en su apellido.

Porque mi teoría es que los inspiradores de tales nuevas denominaciones no creo estén muy satisfechos con tal línea de aprovechamiento de sus apelativos familiares.

Veamos, al Dr. Guillotin no creo que le hiciera gracia haber pasado a la posteridad dándole su nombre a la siniestra guillotina . Aunque contrastando la información resulta que fue Antoine Louis el inventor del expeditivo artefacto. Guillotin se limitó a recomendar algún método de ejecución más rápido y menos doloroso que los de entonces. Vaya, Ud. perdone Monsieur Guillotin.

Como tampoco me parecía inverosímil que Monsieur Bidet estuviera muy conforme con dejar bautizado para siempre el higiénico artilugio para las abluciones íntimas de sus semejantes. Lo que pasa es que no existe tal apellido, sino que va Google y me informa que la palabra “bidet” proviene del francés antiguo, utilizada para designar un caballo pequeñito, supongo que lo que hoy llamaríamos un pony. De ahí la lógica de un aparato sanitario que se cabalga para su uso. Retiro pues lo de Monsieur Bidet. Vamos bien.

Y quería hablar de Lord Sandwich, cuyos descendientes tendrán que soportar alguna cuchufleta cuando por ejemplo encarguen unos bocadillos, y al revelar el nombre de quien hace la comanda le espeten si todavía cobra royalties por su invento. Y en realidad sí era un descubrimiento pues a base de emparedar el relleno del canapé con dos rebanadas de pan, se evitaba uno mancharse los dedos, sobre todo si como John Montagu, cuarto conde de Sandwich se compaginaba el comer con el juego de cartas. Aquí también me estoy columpiando, pues está claro que en la tienda proveedora de sándwiches, nadie asociaría a la familia Montagu con cualquier tipo de bocadillo. Mis disculpas de nuevo.

Otro suponer; el inventor alemán Ferdinand von Zeppelin, que tras la dantesca tragedia del zepelín “Hindenburg” que sucumbió envuelto en llamas en el aeropuerto de Lakehurst en 1937, más bien agradecería que tal denominación fuera cayendo en desuso, en favor del más aséptico «dirigible». Aunque bien mirado tampoco hay que sacar conclusiones, pues los zepelines siguieron prestando servicio durante muchos años, salvándose el problema de posibles incendios sustituyendo el hidrógeno de sustentación por el helio.

Vamos que tampoco en este caso me encaja del todo la realidad con mis sesudas suposiciones.

Si les parece, por qué no bautizar este modo de transformar la nuda realidad en otra menos fiel pero más entretenida. Una tentación a la que no es inmune el que esto escribe.

Pues para que conste, yo no tendría el menor inconveniente en cederles mis «lambertadas».

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