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Opinión | Retiro lo escrito

Vito Quiles en busca y captura

Quiles acusa a Sánchez de orquestar una "cacería judicial" por preguntar a Begoña Gómez

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Me parece que debe aceptarse la premisa básica: Vito Quiles no es periodista. Es, lo admito, una premisa inútil. Ser periodista se ha convertido en un derecho elemental, indiscutible, terminante. Es periodista quien desee serlo y simplemente por desearlo. Pibes que vociferan imbecilidades en televisiones locales, podcastistas que han alcanzado la sabiduría vendiendo colchones o preguntado a los políticos donde prefieren dar de vientre, zumbados que te explican lo que está ocurriendo gracias a un móvil en el sobaco. Cuando se ponen astutos argumentan que no son periodistas, sino comunicadores, como si se tratara de una variación semántica sin consecuencias. Por supuesto, no es así. Para Arcadi Espada, uno de los que más y mejor ha reflexionado en España sobre la profesión, los periodistas y los comunicadores se dedican a cosas opuestas. La actividad del periodista se define esencialmente en tres rasgos: el periodista trabaja con hechos y datos contrastados y busca la verdad fáctica, el periodista trabaja desde una metodología para describir la realidad e identificar los hechos verdaderos; el periodista no trabaja para agradar al lector, al oyente o al televidente, no pretende confirmar sus sesgos y sus preferencias, sino simplemente –por decirlo así -informarle lo mejor posible. Los espadistas – un servidor es espadista – veneramos una definición perfecta del maestro: el periodismo es objetividad y la objetividad demanda deber y capacidad para explicar y narrar lo que ocurre con independencia de las convicciones y sentimientos personales del periodista. Conozco compañeros que aseguran, después de tres meses o treinta años en el oficio, que la verdad no existe. No sé qué hacen por aquí. El periodismo no puede actuar si no admite que encontrar y contar la verdad no es, al menos, su principal deber aspiracional.

Vito Quiles no es un valiente reportero, como asombrosamente le escucho a personas con dos dedos de frente. Es como mucho un bizarro activista político que se dedica a la provocación. Verán, si un periodista pregunta a un político por uno o varios casos de corrupción en su ministerio o en su partido le pregunta por los hechos. Este pibito con pinta de escuadrista pijo le insulta y le pregunta por su moral después de hacerlo condenado: «¿No le avergüenza a usted pertenecer a un partido de corruptos?». O bien: «¿por qué no reconoce usted la verdad y denuncia a sus compañeros como corruptos, tiene miedo que le descubran algo?». Un periodista no se dedica a eso. No hace acusaciones burdas maquilladas groseramente como preguntas. No persigue a un supuesto objetivo informativo por la calle. Si el objetivo te dice que no hará declaraciones, puedes insistir hasta cierto punto. Si repite lo mismo y deja taxativamente claro que no va hablar, ahí ha acabado la entrevista frustrada. Te largas y punto. No es buena educación: es una elemental praxis profesional. No sé si Vito Quiles está en posesión de un título académico o no, pero eso es absolutamente indiferente. Lo esencial consiste en la actividad a la que se dedica. Perseguir a gente por la calle, amedrentarlos con una cámara, insultarlos o descalificarlos, evidenciar la intención de reventar ruedas de prensa: nada de eso guarda ninguna relación con el ejercicio de la profesión periodística. Seguir a la esposa del presidente del Gobierno español hasta una cafetería y pretender violentar su intimidad cuando compartía una reunión privada con varias amigas es acoso. Cuando te dedicas a todo esto y te ponen denuncias y querellas no puedes descartar que en algún momento la policía vaya a detenerte.

Incluso puedes encontrar entre periodistas justificación a la persecución, el acoso y la calumnia, por razones ideológicas o de otra índole. A menudo son profesionales que también practican tales actividades sobre otros periodistas a cambio de pasta, en ocasiones de muchísima pasta, a veces más de dos millones de euros en una legislatura, por poner un ejemplo. Ni siquiera cabe llamárseles mercenarios; nada de abusar de la literatura. Solo son golfos envilecidos, como Vito Quiles.

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