Opinión | Isla Martinica
Teologización y violencia política

Archivo - El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen de archivo / Daniel Heuer/ZUMA Press Wire/dpa - Archivo
Un nuevo atentado al presidente de los Estados Unidos de América, Donald J. Trump, afortunadamente frustrado por el FBI, y ya van cuatro en apenas dos años de mandato, y se vuelve a repetir la respuesta de ciertos sectores de la izquierda radical, tanto en aquel país como en el resto de las naciones occidentales, por no hablar de los estados que se oponen abiertamente a los designios del republicano. Se ha dicho que la violencia política está creciendo en las democracias liberales, y ello es cierto, pero con una importante salvedad. En la mayoría de los casos, la polarización de las sociedades es fruto de la acción del gobierno de turno o, en su alternativa, de determinadas formaciones que ven así mejorar las expectativas de un rédito electoral en un futuro más o menos cercano. No obstante, sea por la acción del ejecutivo, sea por los partidos políticos, lo común a todos ellos es que el factor determinante de la estrategia es acabar con el opositor, reducir su credo ideológico a la nada, hasta el extremo de jibarizar al que piensa distinto, al disidente.
En los Estados Unidos, existe una completa división entre los votantes de una opción y los de la otra, entre demócratas y republicanos. Y reconocerse como seguidor de un bando es tanto como situarse en la diana del que defiende la posición contraria. Si a esto se le suma la posibilidad de acceder legalmente a las armas de fuego, el conflicto está servido, concluyéndose que únicamente es cuestión de tiempo el que la tensión se dispare hasta provocar una tragedia. Afortunadamente, el monopolio de la fuerza en España reside en el Estado, reduciendo en muchos puntos la aparición de un ajuste de cuentas con trasfondo ideológico. Sin embargo, la distancia entre nuestro país y USA no es tanta cuando se analizan las fuentes del conflicto. A partir de la pandemia, la polarización ha subido hacia cotas peligrosas a ambos lados del Atlántico. Al coincidir con el auge de las fuerzas conservadoras o patrióticas por todo el hemisferio norte, justo donde se había extendido el discurso progre o woke, al que venía a combatir, las formaciones de izquierda, especialmente las radicalizadas, entendieron que su lucha tendría que ir un tanto más allá, incluso fomentando el enfrentamiento directo en las calles a través del acoso al disidente. La continua victimización de la ideología radical, amparada en la convicción de saberse en el «lado correcto de la historia», favoreció la conversión del progresismo en una religión de masas. Ya no era una forma como otra de pensar el mundo, sino que éste debía pensar según el criterio expuesto y razonado por los teólogos de la izquierda reaccionaria.
Como cualquier teología nacida del radicalismo, habría de contar con sus mártires, individuos señalados por el líder o las mismas circunstancias. Pero, nadie reparó en que, de este modo, la izquierda, de ser una concepción más del hombre y la vida, pasaría a convertirse en un serio peligro para la convivencia entre iguales, porque, conforme al «ideario antifascista», ya no existiría ni siquiera tal posibilidad, al dividirse la sociedad entre «los buenos» y «los malos», construyéndose entre ambos un muro de intolerancia, haciendo imposible el pensamiento en libertad o negando la deseable independencia de criterio. En definitiva, desaparecería el yo y, por extensión, el sujeto que discierne sería suplantado por la doctrina del rebaño. El psicólogo alemán Erich Fromm lo explicó con una rotundidad que ahora asombra en su obra clásica El miedo a la libertad (1941): «Piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que él debe pensar, sentir y querer; y en este proceso pierde su propio yo» (edición española de Paidós, página 359).
Tal es así que la izquierda siente que la verdad está con ella, como el Dios de los judíos o los cristianos –y, por supuesto, los musulmanes– con sus siervos. No hay margen de libertad para el individuo: o crees o no crees. Te salvas o mueres. El cielo o el infierno. Esta medievalización de la ideología resulta chocante en pleno siglo XXI, pero, insisto, la extrema polarización a la que se asiste en la actualidad la ha favorecido en grado sumo. El reciente atentado a Trump, los despiadados ataques a las formaciones conservadoras, en Estados Unidos o en la Vieja Europa, son el ejemplo palmario de esta realidad. La persistente campaña de deshumanización del disidente y la consecuente jibarización personal o intelectual del sujeto que piensa distinto son una clara muestra de la irresponsabilidad en que se incurre al señalar al que no sigue a la manada progre. No me canso de decirlo, aunque parece que con escaso eco, el peligro cierto que hoy corren las democracias en el mundo proviene de la izquierda radical, y a las pruebas me remito.
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