Opinión | Otra mirada
Ana María Díaz Santana
El veraneo de Canarias: de la baraja a lo digital

Turistas en sus hamacas en una playa de Canarias. / LP / DLP
Al periodo estival que estrenamos hace unos días le acompaña siempre un pensamiento que, año tras año en estas fechas, se disuelve en el ambiente: «... y llegan las vacaciones». Se trata de una idea que, a lo largo de las últimas generaciones en Canarias, ha ido transformando el arraigo de sus costumbres y los espacios elegidos para disfrutarlas.
Muchas familias identificaban esta etapa con una mudanza temporal: las playas cercanas a la vivienda habitual —como El Burrero o Arinaga para los vecinos de Ingenio y Agüimes; Ojos de Garza y Melenara para los de Telde; o Las Canteras para los de Las Palmas de Gran Canaria— se convertían en el segundo hogar desde el inicio del verano. El propósito no era otro que descansar y exprimir el mar en toda su oferta: baños, pesca, sol, paseos en barquilla y mariscar entre las rocas. Al caer la tarde, llegaba el momento del encuentro y de esa conversación pausada que evoca a los que ya no están y abraza a quienes se incorporan a la vida, siempre alrededor de una mesa donde jamás faltaban el licor de la tierra y la baraja.
Esta pausa a mitad de año se esperaba con la ilusión de volver a escenas conocidas: los días de marea baja, cuando confluían las parrandas de la chiquillería en la orilla, o el corro de las mujeres compartiendo anécdotas mientras se protegían del aire fresco y húmedo que llegaba con el atardecer. Se buscaba, sobre todo, el disfrute sin expectativas: gozar del presente, despertar el deseo del diálogo y entregarse a escuchar al otro.
Emergía así el ansiado instante de frenar el ajetreo laboral, los estudios o, simplemente, la rutina que marcaba el ritmo el resto del año. Era el tiempo de propiciar el reencuentro familiar y la vecindad, de rescatar esa paz interior tan anhelada y de encontrar respuestas a inquietudes dormidas en los libros acumulados; volúmenes pendientes de hojear o, simplemente, páginas dispuestas a ser recorridas por el puro placer de dejarse llevar.
Hoy en día, estas estampas han quedado relegadas a la categoría de fotos antiguas. El capitalismo tardío también desembarcó en nuestras islas y con él adoptamos otras formas de vivir el descanso como un producto de consumo más. Vacacionar pasó a entenderse como un tiempo de «recarga física y mental» para seguir produciendo con mayor agilidad ante las exigencias laborales venideras; una inercia que, de paso, nos arrebata el derecho a practicar el arte de «no hacer nada» porque nos dispone a habitar ese tiempo libre con un propósito determinado.
Actualmente, en la fase previa al viaje, la publicidad y las redes sociales nos preparan. Ellas se encargan de estimular nuestra imaginación mostrando parajes y destinos donde se nos promete la ausencia de inquietud y el desapego de la ansiedad. Hacia allí nos dirigimos tras exprimir los ahorros de todo un año con un único objetivo: conquistar una calma ajena a la bulla y al ruido digital. Sin embargo, la fascinación que nos embarga es tal que, autoengañándonos en el último momento bajo el pretexto de cualquier supuesta urgencia, renunciamos a dejar el móvil atrás. Así, la estancia perfecta para retomar fuerzas desemboca en el estrés de capturar el mejor escenario, la mirada más feliz o el bronceado que certifique el objetivo cumplido. Necesitamos evidenciar que, incluso en tregua, somos capaces de alcanzar el exigente listón que la sociedad nos impone.
Sin saberlo, tememos y renunciamos a ese aburrimiento estival que nos viene a la mente cuando recordamos el verano tradicional en las segundas viviendas de la playa; en su lugar, optamos por propuestas comerciales hinchadas de diversión, aventura, romanticismo y, sobre todo, organización. Ya no hay espacio para la improvisación. Sentimos miedo a las horas desocupadas, perdiendo de vista que aquel viejo concepto del ocio, lejos de ser un enemigo, era y es el motor indispensable para la creatividad y el autodescubrimiento.
Al preparar las maletas, deberíamos tener presente que el verano es un recordatorio de la temporalidad. Es la estación que nos advierte, con sus días progresivamente más cortos, que —al igual que en la vida— ha llegado el momento de dialogar con uno mismo, retomar recuerdos, revisar y analizar. Las vacaciones nos ofrecen el momento y el espacio idóneos para ceder en nuestra resistencia al cambio. Porque el éxito de este tiempo no se mide en kilómetros recorridos, hoteles visitados ni fotografías almacenadas en la nube. Se mide en la capacidad de existir y ser; en comprender que, dentro de un mundo que camina agitado a velocidad de vértigo, el acto más revolucionario hoy por hoy es, simplemente, atreverse a parar.
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