Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Risas y fiestas

Fea o guapa

Fea o guapa

Fea o guapa / Adae Santana

Una cosa que yo antes siempre deseaba cuando me tocaba pedir un deseo de cumpleaños: ser guapa. Que quienes me miraran me consideraran guapa. No pedía ningún rasgo físico especial, sino los que ya tenía pero revestidos por esa especie de espumita innombrable que es la belleza: un no se sabe qué, pero, sin ninguna duda, algo que se sabe que. Creo que, en el fondo, lo que deseaba era un poco de certeza. ¿Esa cosa estaba en mí o no estaba en mí? ¿Yo tosca y pasables los ojos por encima, yo alguna forma de mover una mano que se queda enganchada a una memoria ajena un poquito? Si la belleza que yo ansiaba no era, como decía, un rasgo físico especial, tampoco era cuantificable, y su presencia sería por siempre una eterna duda, porque no era percibible desde dentro: muchas cosas de nosotres son invisibles para nosotres mismes, y solo la generosidad del relato ajeno puede mostrárnoslas, y eso es a la vez hermoso, tranquilizador, y absolutamente terrorífico.

¿Por qué? ¿Por qué el ansia de ser guapa? ¿Por qué gastar la oportunidad de lanzar al aire de un garaje, a ese aire estancado y lleno de polvito de risis y en ese instante de humito de vela de mala calidad pero solo hecha para estar brillando unos segundos de indecisión, un “que haya paz en el mundo” o un “que mi madre viva para siempre” en favor de una idea tan frívola, tan vergonzosa, tan abstracta? Este por qué por qué por qué tiene unas patas muy largas de mosquito picón: si miramos a cualquiera, en algún gesto o en alguna mirada podemos verle esa vulnerabilidad tan concreta de la necesidad de comprender y controlar la belleza propia. De saberla como se sabe une su propia fecha de nacimiento: yo soy guapa, yo no lo soy, pues a seguir viviendo palante con el dato que se quede quietito, fosilizado, pero es como una cama de agua, como te botes encima a descansar te mareas y no se mantiene la estructura porque si te mueves aunque sea un fisco ya la alteraste y hay que reconstruirlo todo si quieres volver a la postura exacta de antes. No existe la postura exacta de antes. Por eso, creo, la primera intimidad que podemos descubrir de alguien al estudiarle un rato en secreto es que se mira en los escaparates y en los cristales de los coches: también se estudia elle.

Por qué, me preguntaba: toda una industria, lo sabemos, se aprovecha de esa incerteza y ese deseo loco capaz de tapar muchas otras cosas. El sistema capitalista nos quiere insegures, pues de nuestra inseguridad nace la golosina de su promesa de darnos la certeza. Provocarnos el halo de belleza. Provocarnos, regalarnos, mantenernos, la belleza. Por supuesto, el estímulo marketiniano constante puede ser un porqué. Está claro que muchas de nuestras sensaciones vitales secretas y vergonzosas son sociales y políticas. Sin embargo, es posible que haya unos cuantos más. Uno mío: quizá mis ganas de ser guapa son ganas de ser vista. Repito que no tiene nada que ver con un cambio, ni siquiera con una aspiración a la normatividad: el peligro, de hecho, está un poco en que, incluso cuando nos despojamos del ansia de coincidir así exactas pieza de puzzle perdida con la belleza canónica, seguimos sintiendo ese impulso irrefrenable que entonces pasa a generarnos una culpa extrañísima. Y, a fuerza de pensarlo y pensarlo para deshacerme de esa culpa, he entendido eso. Otres, véanme.

Hay un punto muy confuso para mí moviéndose entre la neutralidad corporal (no pedirle al cuerpo que cambie, asumir que nos merecemos habitarnos aunque el sistema nos diga que nosotres no) y la expresión honesta, y Fun poco loca a veces, de nosotres mismes. No es importante la belleza pero es importante poder embellecernos de la forma que más nos apetezca y más nos narre. Yo no quiero una vida en la que tenga que “corregirme”, “arreglarme”, pero sí quiero una vida en la que pueda divertirme con la ropa, pintarme las pestañas de naranja, estregarme estrellitas brillantes en los pómulos. A veces, creo que sé qué es el humito ese de guapura que deseé al soplar doce velas: que lo encontrado en la mirada hacia mí coincida conmigo misma, que de alguna forma los colores interiores se vuelvan exteriores, que sea un poco fácil entender quién soy deprisa. Que sea un poco fácil quererme deprisa, sentir interés por lo interesante de mí deprisa. Poco tiene que ver esto, como decía, con ser de tal o cual manera. Y creo que este impulso limpio se funde, como decía, con lo que nos hace en la cabeza este vendecompra, este opresoresorpimidos, en el que vivimos. Lo que me tranquiliza es pensar que la belleza que ansiamos puede parecerse mucho a la belleza que tenemos, y lo que necesitamos es mirada amable y autoexploración y libertad de jugueteo.

Tracking Pixel Contents