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La calma lectora

Seis consejos imprescindibles para aficionarse a la lectura

Seis consejos imprescindibles para aficionarse a la lectura

Es raro el año que no me inviten a una docena de clubes de lectura no solo en Gran Canaria, sino en el resto del archipiélago y aun en distintos pueblos de la península. En este último caso, me reclaman de modo telemático por alguna de esas plataformas virtuales en las que te reúnes con quince o veinte rostros que no dejan de sonreírte desde sus salones o desde sus cocinas. Son encuentros gratísimos en los que departes con lectores ávidos, comprometidos y sobre todo muy competentes. No crean que se trata de un ejercicio de devoción sin límite solo porque tú seas el autor del libro que van a comentar, los asistentes únicamente son adeptos a la literatura. Si han de elegir entre ella y tú, tienes las de perder. En cualquier caso, siempre he dicho que la crítica viene en el sueldo del artista, seas escritor, director de cine, músico o acuarelista. Una vez que decides exponer tu obra (exhibirla, publicarla, mostrarla, todos términos que aluden a desnudarse ante los otros) has de apencar con lo que los otros opinen. Si no aceptas esa ley mosaica, mejor que guardes tu trabajo en la gaveta, la cierres con llave y te olvides de todo. Asumo y aprendo a diario de las críticas de los lectores, no les voy a decir con humildad (parecería el Papa León), pero sí con propósito de enmienda. No se me caen los anillos por replantearme la profundidad de un personaje, darle vueltas a la construcción de una trama o reflexionar sobre un final precipitado con tal de mejorar y crecer en las próximas novelas. Dicho esto, de lo que quiero hablar este lunes en mi vagón de cola es de la tipología de los participantes de estos clubes. Hay de todo, como en botica, pero el perfil de estos grupos suele ser bastante homogéneo. La mayoría son mujeres de más de cuarenta y cinco años, profesionales de distintas ramas (desde una jueza de distrito a una arquitecta, desde una profesora jubilada a una médico forense), que se reúnen en torno a su pasión. Normalmente, tres o cuatro hombres salpican la sala, no más de un 25%, vete a saber si porque son reacios a compartir emociones o juega el Madrid en la Champions esa tarde. No obstante, a quienes de veras echo de menos en esos encuentros es a los lectores más jóvenes. Participo en un club de mi universidad con un título precioso que fue el que me animó a sumarme al proyecto, “La calma lectora”, y aún espero ver en la biblioteca a un estudiante. Uno solo, una sola me devolvería algo de fe. Tal vez la clave esté en ese concepto, el de la calma, algo de lo que mis alumnos, “o tempora, o mores”, no andan lo que se dice sobrados. Porque la lectura necesita sosiego, concentración, paciencia. Y todo eso resulta difícil si cada diez segundos al lector le suena el cascabel de un nuevo guasap que, para más INRI, no conoce lo que es un signo de puntuación y suele estar lleno de machanguitos y faltas de ortografía.

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