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Opinión | Aula sin muros

La mano de Dios

La mano de dios

La mano de dios

Maradona tuvo un final de juguete roto. Sin embargo, sus fanáticos lo recuerdan y admiran hasta el esperpento de construir altares con la cabeza coronada, entre nubes a modo de un Dios. El mismo nombre que los medios nombraron cuando el genial futbolista marcó un gol ilegal en un salto que el árbitro no vio (no había Var). Lo hizo con la mano. Desde entonces, “la mano de Dios”. De la misma forma y mano que fue de Dios la del jugador francés Henry que impidió un gol o pena máxima durante el partido de clasificación para el Mundial de Sudáfrica. El perjuicio fue para la selección de Irlanda del Norte con mucho menos pedigrí e influencia sobre los mandamases de la FIFA. Luego, el astro argentino, marcaría otro gol antológico gambeteando, como si el balón fuese una extensión, prótesis incorporada a sus piernas, a varios contrarios que provocó el histerismo, a voces, de los narradores que retumbó en toda la República Argentina. El propio Maradona, en un gesto que le honra, declaró que “los ingleses son muy nobles”. Ningún jugador lo había tumbado al piso como cualquier entrenador o periodista de parte consideran, hoy, como un lance necesario del juego. Sucedió en el Mundial de 1986, en Ciudad de México, que sirvió (opio del pueblo) a las enfervorizadas masas de gente argentina para vengar la derrota del ejército argentino en Las Malvinas contra la “pérfida Albión”. Todavía la televisión se refiere a las islas como una provincia más cuando informan del tiempo. Salió la albiceleste, por juego, campeona. Lo había sido ocho años antes en Buenos Aires por maniobras truchas del gobierno, la federación y un más que posible soborno. Un escándalo de goleada al equipo peruano que, prácticamente, desistieron de jugar en el segundo tiempo. Mientras las masas gritaban de euforia y lanzaban serpentinas que envolvían a todo el graderío y al pasto, los presos políticos eran torturados en la Escuela Naval y sacados a la calle forzados, para sumarse a la algarabía de campeonar. Hay fotos de carceleros y prisioneros abrazados, por una vez juntos, para celebrar el triunfo. La memoria histórica fue pronto recuperada por la Justicia del país cuándo condenaron al general Videla y sus compinches a penas perpetuas por sus crímenes. En España Franco murió entubado en una habitación del palacio del Pardo fotografiado por unos desvergonzados adláteres del dictador que luego vendieron las fotos a las revistas. Ni siquiera los largos gobiernos socialistas se han atrevido a reparar la memoria de los vencidos desalojados del poder por un golpe de Estado. La FIFA, en este mundial, aumentó el número de naciones participantes con el rastro de olor al vil metal. Se presentan las selecciones con sus himnos, banderolas y estandartes de seguidores que pueblan las grades. Identificadas las escuadras balompédicas, para proporcionar fuerza a los suyos y miedo al contrario con nombres de animales depredadores de sus respectivos países. Los leones del Atlas o las selvas, leopardos de las llanuras, elefantes o los tiburones azules que habitan mares bravíos. Emociones de risas por triunfos o lágrimas de derrotas que las cámaras enfocan a niños desconsolados envueltos en llantos. Por cierto, el alto precio de las entradas, como nunca, parece desistir a los espectadores de extracción popular. El futbol patrocinado por la publicidad de grandes empresas que así se suman a la fiesta cada vez más se convierte en un espectáculo para privilegiados. Antaño, al menos, existía el “gallinero”. Y en Las Palmas fuera del Estadio Insular, en lo alto, Las Arenas. La exclusión de los pobres a la multitudinaria convocatoria no ocurría ni en tiempos de los emperadores romanos que sobrevivían antes de ser asesinados con el eslogan creado por el escritor Juvenal de “pan y circo”. Fastuosa inauguración, en este mundial, sin mención alguna, mucho menos una triste placa, a los setecientos muertos provocados en la construcción de los nuevos “circos” para los millonarios “gladiadores” del balón en el anterior mundial celebrado en tierras de petróleo dirigidas por jeques de fortunas tan ingentes como mentalidad retrograda de cualquier centuria del medievo. Para mayor oprobio el presidente mundial de la cosa le concede un premio de la paz ad hoc al megalómano y estulto mental Trump. La paz, (ironía si no fuese infamia) un homenaje a la guerra, el genocidio y los muertos. El fútbol no tiene fronteras, es planetario. Por eso la FIFA ha visto el negocio y están presentes naciones que la mayoría no saben situar en el mapa. Es un espectáculo “de los ojos que lo miran y del cuerpo que lo juegan”, escribe Eduardo Galeano. Coincide con otros escritores y sociólogos en que es una religión. Cada uno, de acuerdo con su credo, en el pasillo, antes de ingresar al pasto, se santigua o realiza un gesto, abriendo la palma de las manos, invocando al Dios de la Biblia o Alá. Ya es una costumbre generalizada de los jugadores que provocan el que “el balón bese las redes”, culmen emocional de una hazaña individual, que no sería posible sin la ayuda del colectivo, señalen al cielo como gesto de acción de gracias, y dedicación a alguien muy querido del que se tiene la certeza que lo ve y escucha en cualquier clase de cielos. Ocurrió cuando las masas celebraban la conquista del último mundial de la albiceleste por las calles de Buenos Aires. Dos fanáticos, así se llama en Argentina a los aficionados, se encontraban colgados de la rama de un árbol o farola a la espera de ver cumplido su sueño. Se les ocurrió la temeridad de caer con la idea de ver de cerca a sus ídolos. Uno tuvo la suerte de caer dentro de la guagua de los jugadores y se encontró con Messi. El otro tuvo la mala suerte de caer al piso y estuvo a pique de ver a Maradona. Para los dos: “el cielo puede esperar”.

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